miércoles, septiembre 2 2026

PRETÉRITO (I) by Daniel Cuñarro

     —¿Te lo puedes creer? —Su padre grita tan alto que parece estar en la habitación de Kristen y no en la de al lado—. ¡Llevaba puesta la jodida sudadera!

     Su madre musita una respuesta que Kristen no alcanza a entender.

     —¡Estúpida! —dice su padre. Y se oye un golpe seco, rotundo—. ¿Lo ves? Siempre me haces enfadar. ¡Siempre! —Otro golpe más fuerte que el anterior. Su madre calla, y ese silencio es peor que los golpes. Significa sumisión, la aceptación de un destino que le han hecho creer que es inevitable. Tras un último golpe, su padre sale del dormitorio que debería compartir con su madre y se detiene frente al suyo. Kristen ha cerrado la puerta con el pestillo y no puede verle, pero siente su presencia al otro lado, un peso de oscuridad que empuja la realidad. Su padre da una patada a la puerta y Kristen se sobresalta. Por suerte, es lo único que hace antes de bajar las escaleras y salir de casa. Aliviada, Kristen se tumba sobre la cama. La sudadera que tanto molestó a su padre sigue tirada en el suelo. Es gris, con capucha y una U pintada en la espalda.

     En la habitación contigua su madre empieza a llorar. Un murmullo ahogado por el dolor y la vergüenza. A Kristen no le cuesta imaginársela sentada en una silla, apretándose la boca con las manos para contener los sollozos, la nariz sucia de sangre y los pómulos enrojecidos. No sería la primera vez que la encuentra así.

     Kristen cierra los ojos y se toca la mejilla. Hace horas que su padre la abofeteó y aún le duele. Se concentra para respirar solo por la nariz, siguiendo el flujo del aire a través de su cuerpo. A cada inhalación, el presente tiembla y varía su disposición en el tiempo. Con cada exhalación, ese mismo tiempo se modifica, transformándose en el instante que necesita recuperar, en el momento exacto grabado en el pasado que desea alcanzar. Lo respira con suavidad y lo hace regresar al mundo. Aspira una última vez y contiene ese tiempo necesario antes de soltarlo. Siente el sabor que le recuerda al de la plastilina. El brazo derecho sufre una convulsión y golpea la mesita de noche sin que Kristen pueda controlarlo. Tampoco abre los ojos, limitándose a respirar, a olvidar los ruidos del presente hasta que el tiempo la absorbe y la arrastra hacia el hueco del ayer que reclama. Su piel tintinea y se desfragmenta para armarse de nuevo. El dolor la hace gritar y se ancla a él porque es lo único que la evita perderse, que la une consigo misma. Siente la presencia de la cama, un peso que la oprime la espalda. Espera a que la realidad gire, a que su cuerpo vuelva a ser el que descansa sobre la cama y no al revés. Se masajea los párpados antes de abrirlos. Ahora solo le duele la cabeza. El ardor de la mejilla ha desaparecido y su madre ya no llora. Ni siquiera está en la habitación de al lado. Puede escuchar los ruidos de la calle: el canto de los mirlos y el constante rumor de la autovía. Se gira hacia la ventana y observa la luz del día. La brisa hace oscilar las cortinas y parecen estar bailando.

     Atenta al mareo y a las nauseas que no tardarán en llegar, se incorpora. Contiene el aliento; siente que es ella quien rueda alrededor del mundo. Apoya las manos sobre la cama y se aferra al edredón. Tiene una arcada y procura no moverse. Si consigue mantenerse quieta y tranquila, el malestar desaparecerá. Otra arcada la sacude, tose y los ojos se le llenan de lágrimas. Un pájaro picotea el alfeizar de la ventana y Kristen se concentra en su sonido: dos golpes y una pausa. Dos golpes y una pausa. Sería hermoso pensar que escribe un mensaje.

     Se pone de pie y el frío del suelo la sorprende. No recuerda haberse descalzado. Descubre los calcetines tirados bajo la silla, formando una T irregular. Se los pone y luego se calza las viejas Converse. Ya lleva puesta la sudadera gris y no lo encuentra extraño. Se siente algo mejor y respira hondo para darse valor antes de abrir la puerta y salir al pasillo.

     La casa está en silencio. La luz del salón es la única encendida; la ve desde el hueco de la escalera.

     —¿Mamá? —dice. Y sus palabras son inseguras y vacilantes.

     —Estoy abajo —dice su madre.

     Kristen desciende las escaleras tanteando la consistencia de la realidad y de sus propios pasos. El aire huele a pegamento.

     Su madre está sentada a la mesa del salón, con las gafas puestas y la lámpara de pie encendida. Como siempre, la persiana está bajada y la ventana cerrada. El calor es agobiante y Kristen suda bajo la sudadera. Su madre la observa por encima de las gafas y deja la pieza de cartón piedra con la que trabaja sobre la mesa. Sonríe con la mueca triste que el tiempo y su marido ha conseguido envejecer. Kristen la besa en la mejilla y la nota húmeda de sudor. En la mesa, una réplica del Taj Majal construida en cartón piedra va tomando forma. El pegamento que utiliza para unir las piezas está abierto a su derecha. Es de última generación en colas: incoloro, instantáneo y duradero, incluso puede ligar bajo el agua. Pero, por lo visto, nada puede hacerse para mejorar el olor.

     —¿Estás lista? —dice su madre. Se quita las gafas y las deja colgando de la cadena. Mantiene las tijeras abiertas junto a las piezas que acaba de cortar. Kristen las cierra.

     —Lista y preparada —dice. Y vuelve a besarla.

     —No digas ni hagas nada que pueda molestarle, ¿vale? —dice su madre. Kristen asiente y se inclina sobre el Taj Majal.

     —Vaya —dice—. Parece de verdad. —Los árboles semejan plantas diminutas y casi espera ver el agua agitarse por el viento. Orgullosa, su madre sonríe y coloca las manos sobre el regazo. Viste su camiseta de tirantes negra de siempre. La piel expuesta está pálida y húmeda de sudor. Repara en la sudadera de Kristen y su rostro se contrae, confuso, como si un pensamiento hubiera tocado el botón equivocado.

     —¿Y esa sudadera? —dice.

     Kristen sigue mirando la maqueta.

     —De una amiga —miente—. ¿Puedo coger el pegamento? —Sabe que es la parte más delicada, el momento en que todo puede estallar. Su madre se agita en la silla y se frota los brazos como si quisiera arrancarse la piel. En el piso superior, un objeto de cristal explota. Suena como un trueno quebrándose en mitad de su propia furia. Y aparece ése zumbido que sólo vibra en los dientes de Kristen. Su madre se pasa una mano por la cara y del ojo izquierdo le cuelga una lágrima enorme. Se desliza por sus arrugas como cera fundida. No parece haber escuchado nada.

     —Claro —dice. Pero no habla con su tono de voz. Kristen retrocede medio paso y un espino le acaricia las paredes del estómago. Mira las tijeras que, de alguna manera, vuelven a estar abiertas. Brillan bajo la luz de la lámpara como el resquicio de una puerta hacia otro lugar. Su madre acerca las manos a ellas, despacio, sin apartar los ojos de Kristen. Sonríe y lo hace solo con un lado de la cara.

     —Mamá —dice Kristen.

     —Claro —repite su madre—. Las tijeras. Te daré las tijeras. —Cierra los dedos sobre ellas y la frente se le llena de un sudor que huele a podredumbre. Las paredes del salón se alargan y se inclinan sobre Kristen. Imitan olas a punto de romper. Su madre se levanta con tanta brusquedad que tira la silla. No rebota en el suelo, hundiéndose en la alfombra—. Kristen, Kristen. Toma las tijeras. —Kristen sacude la cabeza para despejar la mente y expulsar las impurezas de su interior. Todo tiene un precio. Y el tiempo también exige el suyo. Cierra los ojos y empuja esa suciedad desde la oscuridad que la habita hasta hacerla desaparecer. Cuando abre los ojos, su madre está sentada en la silla y la mira preocupada. Las tijeras vuelven a estar cerradas y apuntan hacia la puerta —. Estás pálida, hija. ¿Te encuentras bien? —Se levanta y se acerca a Kristen.

     —Es el calor —dice Kristen—. Deberías abrir las ventanas. Hace demasiado calor aquí.

     Su madre observa la ventana con la expresión de un pájaro al que le asusta volar.

     —¿Cuánto hace que no sales de casa? —dice Kristen.

     —Qué cosas tienes —dice su madre. Coge el pegamento y lo tapa antes de dárselo. El tubo es de metal y el logo de la marca blanco y amarillo. Ha gastado un tercio y lo ha ido enrollando desde la base para aprovecharlo mejor.

     —Tienes más, ¿verdad? —dice Kristen.

     —Claro que sí —dice su madre. Deja el pegamento entre las manos de Kristen y no lo suelta—. Por supuesto que tengo más. Mucho más.

     Kristen tira del tubo con fuerza y su madre lo suelta con un suspiro.

     —Deberías quitarte la sudadera —dice—. Hace demasiado calor. Y seguro que a tu padre le molesta. Ya sabes que a veces… —Se frota las manos contra los muslos, incapaz de encontrar la palabra adecuada.

     —Va a llover —dice Kristen. Guarda el pegamento en el bolsillo trasero del pantalón. Su madre suelta una carcajada alegre.

     —¿Llover? Anda, ve y no llegues tarde.

     Kristen la besa por última vez.

     —Te quiero, mamá —dice. Sale de la casa antes de que su madre pueda contestar.

          Continuará…


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