La Tierra se está convirtiendo en un árido azul,
un borde suspendido donde olvida su peso,
aquel lugar firme, es ahora la arista mínima donde el mundo respira por lo bajo,
ese punto que apenas existe y, sin embargo, sostiene.
Allí, en ese filo que casi no es,
el cuerpo aprende a sostenerse como una sílaba que aún no encuentra su palabra,
y el aire pasa como un animal tímido que no quiere dejar huella.
El horizonte, tan lejos,
parece una cuerda tensada por manos invisibles,
y cada paso es un pacto con lo que podría deshacerse.
En ese azul que no promete,
la mirada se afina,
se vuelve una aguja que cose lo que queda del día,
y el silencio abre un corredor estrecho donde el tiempo se adelgaza.
A veces, desde ese borde,
la vida parece una piedra que flota sin saber por qué,
otras, un resplandor que se sostiene solo por costumbre.
@ Fabiola Rubio Gil.
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