
Es anochecido, un martes cualquiera; sin embargo, mi cabeza lleva ya algunas horas dándole vueltas a algo un poco “loco”: aunque al mismo tiempo se dibuje una cierta sonrisa en mi rostro. No es algo fuera de lo común, pero tiene algo de “odisea”; sin pretender, de ningún modo, compararme con Odiseo o Ulises. No obstante, como podrán descubrir más adelante los lectores y lectoras, algo del texto de Homero se podría rastrear en estas líneas que estoy escribiendo.
Sé que mi hija va a viajar a París durante las vacaciones de Semana Santa. De repente – sin saber muy bien cómo sucede – me veo mirando un montón de páginas, quizás para viajar yo también, dos o tres días, y darle una sorpresa que la dejará completamente descolocada. De ahí, esa sonrisa que se dibujaba en mi rostro, cuando esos pensamientos comenzaban a ocupar mi cabeza. Me voy a dormir tarde, como hago de manera habitual, sin saber todavía si voy a dar el paso que he estado tejiendo en mi cerebro.
A la mañana siguiente, decido ponerme manos a la obra. Me sorprendo a mí mismo, por la eficacia y rapidez con la que estoy logrando ir cerrando todos los aspectos del viaje. Y son varios, porque no voy a viajar en avión, que sería lo más rápido y conveniente. No me gustan los aviones; y no me gustan hace ya más de medio siglo; no obstante, no voy a entretenerme ahora en explicar el por qué de ese rechazo a volar.
He comenzado por ir sacando los billetes que cuestan menos: la exposición de Rosseau “le Douanier”, que no querría perderme por nada del mundo; y luego los distintos trayectos en tren hasta llegar a París. Primero, el Madrid-San Sebastían, en R.E.N.F.E.; después, el Hendaya-París y el París-Hendaya, en la S.N.C.F., francesa. La vuelta desde San Sebastián a Madrid, no puedo hacerla en tren porque la correspondencia con Francia hace que no pueda coger el último tren que parte hacia la capital de España. Sin embargo, encuentro un autobús que sale hacia Madrid, a pesar de que mi llegada a Hendaya pueda poner en peligro ese transbordo. En cualquier caso, tengo que jugármela: no queda otra. Llevo a cabo toda esa estrategia – dejando la reserva del hotel para el final – porque no perdería demasiado dinero, si al final me echara para atrás. Algún pensamiento en esa dirección atraviesa velozmente mis neuronas, una vez que he adquirido todos esos billetes. A pesar de ello, decido dar el último paso: reservo el hotel, muy cerca de donde va a estar alojada mi hija, y así no tener que recorrerme toda la ciudad para poder encontrarme con ella. Y ahí, las cosas no salen bien del todo en el primer intento. Me estoy refiriendo al hecho de que el maldito algoritmo que hace todo ese trabajo de búsqueda, acaba cambiando las fechas que yo le había indicado. Lo afirmo con rotundidad, porque he visto con mis propios ojos las fechas de entrada y salida; sin embargo, al hacer el pago final, como esas páginas operan “on-line”, todo el tiempo – porque es como un mercado que fluctúa de manera permanente – me rebaja el precio que había visto al principio y, con ello, también las fechas que yo le había indicado. Cosas de la AI tan pedestre que aún padecemos. Ya llegarán los humanoides, para hacer que todo eso cambie: en todos los aspectos de la vida de los seres humanos.
Menos mal que después de algunas llamadas al hotel – en las que sufro, por mi pésimo francés, que he perdido casi totalmente, por la interferencia que produce otra lengua que conozco muy bien – consigo que me pongan las fechas originales, aunque me advierten que tendré que pagar más que lo que había establecido la página donde había contratado la habitación. ¡Qué más da!, acepto lo que ellos me ofrecen; de otro modo, todo se vendría abajo: Rousseau, los billetes de tren, el autobús, y – sobre todo – la sorpresa que le quiero dar a mi hija. Ahora si que ya no puedo echarme atrás, pienso; aunque sé perfectamente que, si quiero, podría hacerlo: tampoco supondría mi ruina económica.
Cuando voy a despedirme de mi hija, esa misma tarde, porque ella también viaja con su madre el mismo jueves – en avión, por supuesto – no tiene la menor idea de que al día siguiente nos vamos a encontrar en París. Pensar en ese encuentro, completamente inesperado, me sigue produciendo una enorme felicidad: me parto de la risa, literalmente, cuando estoy ya tumbado en la cama.
El despertador suena demasiado temprano: a las 5:15 horas. ¡Qué le vamos a hacer!, mi tren parte a las 7:20. El periplo está a punto de iniciarse, a pesar de que lo vaya a hacer con un retraso de una hora, debido a una absurdez técnica, que comporta la rotura de una aguja (que deberán acabar de arreglar a mano, como en los viejos tiempos) en la vía donde se haya estacionado mi tren. A nadie se le ocurre echar hacia atrás el convoy, y hacerlo llegar a cualquiera de las otras vías donde las agujas parecen funcionar de manera perfecta, ya que se ven partir, y entrar trenes, en ellas. Esto de las decisiones – como se puede ver por lo que estoy relatando – hace naufragar un sinfín de acciones políticas, que tienen que ver con la vida de los seres humanos. Como sabemos, a veces, la falta de voluntad política – las decisiones – dan al traste con el bienestar general; sin embargo, esa sería otra historia.
Mi tren en Hendaya parte hacia París a las dieciséis horas, así que tengo margen suficiente para poder comer en “donosti”, que es lo que quiero hacer, antes de penetrar en territorio francés. Sin embargo, al final, el retraso va aumentando, haciendo peligrar mi sentada culinaria en la capital donostiarra.
Amo San Sebastián desde hace ya muchas décadas; he llegado, incluso, a residir durante varias semanas en esa ciudad; sin embargo, de eso hace ya mucho tiempo. Pero en una cierta época de mi vida, esa bella villa formaba parte de ella. Ya he escrito – no hace mucho – sobre ello.
En los últimos años, siempre que recalo en la ciudad por algunas horas, mis huesos acaban dando con un restaurante que conozco bien, en la zona cercana a la calle Prim. Esta vez, me esperan unas más que apetecibles alubias negras con berza, y unas sardinas del cantábrico a la plancha que hacen mis delicias. La simpatía de la camarera, a la que recuerdo bien de la última vez, hace casi dos años, completan de manera perfecta la sentada.
El Euskotren (el “topo”) – después de treinta y cinco minutos de recorrido, en el que atraviesa localidades industriales de esa zona – me deja a escasos metros de la gare de Hendaya, ya en territorio francés, lo cual facilita el viaje. He hecho este trayecto decenas de veces, lo que hace que me sienta un poco como en casa. Para la gente que prefiere viajar en avión (lo cual me parece perfecto, puesto que es una decisión personal) les diré que el viaje en tren hasta París, tampoco tiene una duración excesiva: cinco horas; si bien, puedo comprender que en los tiempos que corren: donde la velocidad y la rapidez son casi consustanciales a nuestro devenir, tal vez – esas cinco horas – a la mayoría les resulte insoportable. Yo, en cambio, disfruto siempre de un viaje en tren, en el que pudo leer placenteramente, e incluso conocer a gente diversa. De hecho, suele pasar: sucede, también, en este largo viaje que he iniciado en Madrid.
En Hendaya, somos poquísimos los viajeros que subimos a bordo del tren; está claro que cuando lleguemos a Saint-Jean de Luz, Biarritz, Bayonne, Dax, pero sobre todo a Bordeaux – que será la última parada, antes de recalar en la estación de Montparnasse, ya en París – el tren se irá llenando.
En esta ocasión – como hago siempre – cuando el tren recala en Biarritz, hecho pie a tierra durante los escasos minutos que dura la parada. Lo hago, porque esa ciudad costera del País Vasco francés – que conozco muy bien – me trae numerosos recuerdos. Proceder a esa liturgia, hace que la sienta cerca, a pesar de que hayan pasado ya ocho años desde que pude disfrutar – la última vez – de su belleza y del mar. Demasiado tiempo, pienso; habría que remediarlo lo más pronto posible.
He conocido, por casualidad, en el viaje desde Madrid a San Sebastián, a una profesora de francés – originaria de Francia – que lleva más de treinta años viviendo en España, porque acabó casándose (me lo cuenta ella misma) con un español al que había conocido en un viaje, por la costa levantina, con sus amigas, cuando era muy joven. Le propongo que me de clases de francés, para – de ese modo – recuperar mi maltrecho francés, y ella se muestra dispuesta a hacerlo. Me parece una persona inteligente, por la postura que mantiene sobre ciertas cuestiones – políticas y de otra índole – que salen en las conversaciones que mantenemos de manera intermitente.
Mi compañera de asiento – en ese trayecto – es una joven actriz española, que responde al nombre de Andrea Lareo, de la que yo no he oído hablar jamás: nada de extraño en alguien que no consume – ni está al tanto – del cine español. Me cuenta su paso y su experiencia en Hollywood, y del conocimiento que ya posee de la lengua inglesa, después de muchas clases y de un estudio intenso. Llego a saber que, incluso, tuvo una pequeña aparición en la hollywoodiana – y muy famosa película – La La Land. Acude a “donosti”, sólo para la prueba de maquillaje: el rodaje de la serie, o película, no comienza hasta la siguiente semana. Esto del cine, es algo que siempre me ha sorprendido sobre manera. Sobre todo, sus maneras y protocolos, hasta que todo se materializa en una cinta, que luego podemos ver en una sala cinematográfica, o en una pantalla de televisión.
No sé por qué – ahora no lo recuerdo – sale a la palestra que yo escribo. Cuando le digo que lo hago sobre un sinfín de cosas y de asuntos, se muestra receptiva. Tanto que, desea que le de la referencia de la página en la que suelo publicar mis textos: Masticadores. Toma nota con absoluto interés y me asegura de que me leerá.
Me he reencontrado en el TGV – el tren de alta velocidad que me lleva hasta París – con la profesora de francés. Habíamos hablado de que nos veríamos en él. Ella se ha ido hasta Irún – final del trayecto del tren español – tras declinar mi invitación de comer juntos en San Sebastián. Ahora, viaja en la parte superior del convoy, y yo en la de abajo. Comprendo que no se siente muy predispuesta – al pretender viajar, de momento, en esa parte de arriba, que está completamente vacía, a su lado – cuando me dice que más tarde bajará a buscarme, para tomarnos un café en el vagón predispuesto para ello. Por supuesto, no insisto. Pasado Biarritz – una vez que he vuelto a mi asiento, después de poner pie en el andén, como decía antes – la veo asomar por la escalerilla que da acceso a la planta baja donde yo viajo. Charlamos animadamente sobre diversas cosas, incluso personales. Nos damos los teléfonos, como habíamos previsto, de cara a las posibles clases de francés – en septiembre, una vez pasado el verano – pero yo ya sé que ella no está interesada en proseguir el contacto. A estas alturas de mi vida, detecto enseguida cuando sí, y cuando no, hay interés por dar continuidad a un contacto fortuito, o no, que se pueda producir entre dos personas: mucho más, si son dos personas de genero distinto. Me viene a la cabeza el comentario de una asistente en una conferencia reciente, en el Ateneo de Madrid – a la que yo asisto también – sobre la amistad. Esa mujer, en su comentario, afirma que “sólo puede haber amistad entre un hombre y una mujer, si desaparece la tensión sexual que siempre va a existir entre un chico y una chica”. Me muestro más o menos de acuerdo, cuando la escucho en esa conferencia. Ahora, en el tren, pienso en sus palabras.
Cuando llegamos a París – en un tren que se ha llenado por completo en Bordeaux, como había previsto – nos encontramos en el andén. Vamos juntos hasta el vestíbulo donde me indica lo que debo de hacer para llegar hasta el metro de Voltaire, que es la parada más cercana a mi hotel. Se despide de mí, diciéndome que le escriba un mensaje en septiembre, si quiero clases. Cuando le escribo un mensaje por WhatsApp, dándole las gracias y diciéndole que me ha parecido una persona encantadora, ya sé que jamás va a contestar a ese mensaje. ¿La tensión sexual, de la que hablaba aquella interviniente en el Ateneo? Podría ser. Decido olvidarme de mis clases de francés. Sobre todo, porque considero que hay que responder a los mensajes, aunque sea sólo por un asunto de cortesía.
Son las nueve de la noche pasadas; no demasiado tarde. Sin embargo, aunque decido bajar las escaleras mecánicas para llegar al metro – de las pocas que existen en la red metropolitana de París, a estas alturas del siglo – enseguida me arrepiento, y vuelvo sobre mis pasos. Bueno, eso de volver sobre mis pasos es decir mucho. Y lo es, porque acabo perdiéndome en la telaraña intrincada de la estación de Montparnasse. Subo y bajo, giro a derecha y a izquierda, y la indicación que había visto anteriormente de la parada de taxis ha desaparecido. Estoy algo perdido; tal vez, haber madrugado tanto – y el largo viaje – esté empezando a pasarme factura. Pasan diez minutos, al menos, hasta que consigo dar con ella. La zona donde están dispuestos, es como la escena de uno de esos filmes distópicos y apocalípticos. De verdad, que no estoy exagerando. Pillo un taxi; el señor, de media edad, me parece poco amable cuando le comunico la “rue” donde está el hotel y el nombre de este. No tengo la sensación de que ha comprendido – en mi mal francés – las indicaciones que le he hecho llegar. Me exaspera la lentitud con la que se mueve por unas calles sin apenas tráfico, llegándose a situarse – incluso – detrás de las bicicletas de esos precarios, y super explotados, trabajadores que llevan comida de un sitio a otro de la ciudad, tal vez queriendo que el taxímetro marque el máximo de euros posibles. Atravesamos calles que conozco bien, porque he estado en Paris en más de veinte ocasiones. En un cierto momento, la ciudad – a través de las ventanillas de ese taxi que renquea de manera premeditada – se me aparece extrañamente decadente y desconocida.
El recorrido se me hace eterno; tengo la sensación de que nunca voy a llegar a las inmediaciones del boulevard Voltaire, que es donde se encuentra mi hotel. Me impaciento tanto, que exclamo en español – en voz alta – mi descontento con su forma de conducir por la ciudad. Cuando me indica los kilómetros que aún restan para llegar – cinco – mi indignación crece. Oscila de un lado a otro, como dando trompicones. Nunca he tenido una experiencia igual en ningún taxi – de ninguna ciudad – que haya podido coger. Pienso en Marco Aurelio: ¡paciencia!; pero, sobre todo, pienso en la sorpresa que estoy a punto de darle a Alma.
Finalmente, el taxi se detiene delante de un hotel que tiene que ser el mío: la escasa luz que ilumina malamente una calle algo desolada, me impide reconocer la fachada que he visto el día anterior en una de las fotografías de la página en la que había reservado habitación.
Me entiendo malamente con el recepcionista del hotel: ¡me salen frases en italiano!, lamentable. Es la lengua que siempre interfiere cuando trato de hablar en francés. ¡Que le voy a hacer! Sin embargo, esto es completamente baladí frente a la sorpresa que me voy a llevar cuando abra la puerta de la habitación que me han asignado. Nada más entrar, me encuentro con una estancia lamentable, con mala “pinta”. Pero lo que me deja anonadado es el tremendo olor a tabaco que hay en el ambiente. Cuando penetro en la zona de la toilette – si es que puede recibir ese nombre el habitáculo que me encuentro – descubro sobre una repisa un paquete de cigarrillos abierto. Me asalta a la cabeza la idea de que el hotel pueda ser un lugar de encuentros en los que se paga por ciertos servicios. Es más, por el olor a tabaco que percibo, ese posible encuentro debe haberse producido unos instantes antes. Habro un poco la ventana que hay en la zona del retrete y veo que da sobre una especie de estrecho patio siniestro, que parece salido de una de las novelas de Philip Dick. Decido abandonar la estancia a toda prisa, dejándome llevar por el delicioso pensamiento que me va a llevar hasta la puerta del apartamento donde mi hija está a punto de llevarse una sorpresa inesperada. Lo de la habitación, ya veremos cómo logro solucionarlo; ahora, eso no me preocupa lo más mínimo. Yo he venido a París, a lo que he venido.
Camino por la rue Servant, que es donde está mi hotel. Aparte de algunos apartamentos que oteo – que me hacen pensar que estoy en Londres, en lugar de París – la calle, como había ya intuido al bajarme del taxi, es oscura y desolada; veo algunos indigentes que duermen en el hueco de un local que exhala por una turbina una fuente de calor: hace bastante frío. Al final de la calle, hay un grupo de jóvenes que – como comprobaré en días sucesivos – se reúnen allí para tomarse unas birras y fumarse unos porros: el olor del hachís es inequívoco. Al doblar la esquina, todo cambia. La rue de la Roquette está muy animada; un sinfín de locales, restaurantes y demás, hacen que eso sea posible. Hay bastante gente joven en esos locales. Enseguida llego hasta las inmediaciones del boulevard Voltaire, donde observo que se haya la entrada a la estación del metro, del mismo nombre. Es de noche, y no logro ver más allá de lo que observo a mi paso, pero sé que la plaza de la Bastille está a unos doscientos metros de allí. Camino con paso ligero, porque estoy deseando llevar a cabo la sorpresa. Mi corazón se va acelerando poco a poco. Unos minutos antes – mientras descubría esa estancia tan cutre que me han asignado en el hotel – mi hija me había llamado. Muy rápidamente, le digo que la llamo en unos minutos, que acabo de llegar a casa; en Madrid, claro está.
Cuando estoy a la altura de la fachada del edificio donde ellas van a residir, puedo comprobar que hay una ventana que emite luz hacia el exterior, en el piso donde Alma me ha dicho que están ubicadas. En ese momento, decido llamarla; enseguida responde al teléfono. Todo nervioso, le digo que han intentado dejarles un paquete de bienvenida, pero que como el transportista no sabe exactamente el piso para poder hacerlo, ha decidido dejarlo en la puerta. Mi hija no entiende nada; incluso, piensa que me estoy refiriendo a la puerta de la casa de Madrid. Como me doy cuenta que la confusión se apodera de ella, le digo que se asome a la ventana para que pueda ver dónde está ese paquete. Entonces – yo estoy situado, justo en la acera de enfrente – me ve y se queda petrificada. Espero que baje a abrirme, pero pasados unos instantes me da la clave de acceso al interior y subo hasta el piso donde ellas están. Al abrirse la puerta, nos abrazamos con fuerza. Su madre – cuando me ve – tiene una cierta expresión, entre la perplejidad y la indiferencia: al menos, es lo que a mi me parece. Alma no acaba de entender cómo su padre ha sido capaz de hacer todo ese largo viaje hasta París: se muestra incrédula, pero está feliz. Hablamos del asunto de mi habitación en el hotel. En un cierto momento – al saber que no logro comunicarme de manera eficiente con mi interlocutor de la recepción – se le ocurre que utilice el traductor de Google, que yo no he usado en mi vida. Me muestra la aplicación y comprobamos que yo la tengo también instalada en mi teléfono. De hecho – es tan solícita – que me escribe todo el comentario de la queja que debo mostrarle al recepcionista. Tras pasar un rato con ellas, superadas ya las emociones del primer momento, decido volver a mi hotel y ver qué consigo; no me apetece – en absoluto – dormir en esa habitación, con ese olor a tabaco y con tan mala pinta en todo su conjunto. Cuando llego, me encuentro con un joven distinto al que he visto a mi llegada. Saco mi teléfono y accedo al traductor, porque ya hemos visto que ninguno de los dos tenemos un idioma común en el que poder comunicarnos. Enseguida me doy cuenta de su buena predisposición a lo que le estoy planteando. Llega – incluso – a hablar con alguien que debe de ser un responsable del hotel: a esas horas, casi media noche, sólo está él, de guardia, al frente del hotel. Capto alguna frase en la que interpreto que la persona que hay al otro lado de la línea acaba de darle el plácet para que me pueda hacer el cambio de habitación, que es lo que le he solicitado. En todo momento, su actitud es muy empática: muestra una sonrisa cada vez que tiene que dirigirse a mí. Sigue usando el ya famoso traductor del que he hablado. Al final, me comunica que va a darme – sólo para esta noche – una habitación triple, sin que tenga que pagar ningún tipo de suplemento, y que al día siguiente tendré que pasar a la habitación 401, situada en la misma planta en la que me habían dado la 403. Veremos lo que sucede por la mañana. Insisto para que me acompañe a la habitación, donde he dejado mis pertenencias, para que pueda verificar que no le he estado mintiendo. Me acompaña y comprueba que todo lo que le había dicho es completamente cierto; si bien, al haber dejado algo abierta esa ventana que da a una especie de ratonera entre dos fachadas, el olor a tabaco ha disminuido. Le hago ver dónde está el paquete de cigarrillos y lo coge para llevárselo consigo. Me acompaña hasta la sexta planta – que es la última del hotel – donde me hará entrega de la tarjeta que me permite acceder a esa nueva habitación. Nada más entrar, ya veo que el paisaje cambia por completo: es una habitación enorme, con una cama de matrimonio, y otra individual, y un baño más que decente. Le doy las gracias, antes de cerrar la puerta. En una de las zonas de la habitación –el techo es algo abuhardillado, aunque no demasiado – dos ventanas dan directamente a una de las calles en las que está situado el hotel. Finalmente, voy a poder dormir como se debe. No obstante, cuando ya estoy en la cama y apago las luces, una especie de parpadeo brillante me deslumbra. Así no voy a poder dormir, pienso. Enseguida identifico de dónde demonios procede esa luz tan molesta, que en un principio he llegado a pensar que sería alguna especie de luz de seguridad, pero que enseguida descarto, al ser tan fuerte y tan brillante. No, esa luz la emite un aparato de aire acondicionado que hay situado en la parte más alta del extremo de la pared donde está situada mi cama. Parpadea continuamente, y no sé qué hacer para anularla. Enseguida me viene a la cabeza que en el neceser que he traído conmigo hay bastantes viejas tiritas que llevan ahí ni sabe el tiempo. Me pongo manos a la obra, y saco algunas. El aparato está algo inaccesible – los techos son bastantes altos, menos en la zona abuhardillada que he indicado anteriormente – por lo que tengo que situar una especie de taburete para poder llegar hasta él. Aún así, no logro llegar bien del todo, pero lo suficiente para colocar hasta tres tiritas que – aunque no reducen a “fundido en negro”, la maldita luz parpadeante – opacan bastante esa luminosidad no deseada. Ahora sí que voy a poder dormir a pierna suelta.
El despertador de mi teléfono móvil suena a las nueve en punto, que es a la hora en la que había fijado la alarma; estos aparatos, son los mejores despertadores del mundo. He quedado en la rue de la Roquette a las 10,30, para comenzar la jornada. Al descender hasta el vestíbulo, con mis pertenencias, me encuentro en la recepción con una señora que por suerte habla algo de español: debe de ser la misma con la que hablé por teléfono desde Madrid, para tratar de solucionar el desaguisado de las fechas que el algoritmo me había provocado. Me dice que no tendré que pagar ningún tipo de suplemento: ¡faltaría más!, pienso. Le doy las gracias, aunque – como ya he relatado – el simpatiquísimo muchacho de la noche anterior ya me lo había hecho saber. Me hace colocar mis pertenencias en una sala prevista para ello, y me confirma que la 401 – que estará disponible a partir de las quince horas – será mi nueva habitación.
Desayuno en una boulangerie cercana, donde el precio de un té verde y una mísera “brioche” dispara el precio hasta los 6,40 euros; las cosas de París. No obstante, cuando llego hasta el apartamento donde ellas están acabando de tomar su desayuno, se sorprenden por ese precio que he pagado. Da igual, a mí todo me da igual: estoy feliz de estar en París, porque está mi hija.
Salimos en dirección a la Place de la Bastille, que está ahí al lado, a unos cientos de metros. De hecho, desde la rue de la Roquette puedo ver cómo se va acercando esa columna verdosa que conozco bien. Las cosas en aquel lejano – muy lejano – 14 de julio de 1789, iban a cambiar de los pies a la cabeza: Francia ya nunca volvería a ser la misma. Nos separamos en la plaza, donde su madre nos hace una fotografía con esa columna detrás de nosotros. Ellas van a introducirse – a través del Canal Saint-Martín – en el Marais. Yo tengo la entrada para ver, en el Musée de l’Orangerie, la exposición de mi admirado Henri Rousseau, le “Douanier”. Mi entrada es a las 12:30; tengo hora y media, de por medio, y decido ir caminando hasta allí. Sé que el recorrido es largo, pero no me importa: estoy entrenado, gracias a mis caminatas por Madrid.
Avanzo por la rue Saint-Antoine, hasta encontrarme con la rue Rivoli, que – mucho más adelante, llegando casi a la Place de la Concorde – se qué pasa delante del museo al que estoy dirigiendo mis pasos. Sin embargo, me espera un largo trayecto; no importa. La temperatura en París es más bien fresca, casi la misma que he dejado en Madrid. Voy bien pertrechado en mi “trenca” azul marino, y además llevo paraguas por si la lluvia empezase a arreciar. Conozco muy bien toda la zona: voy reconociendo edificios ya en la rue Saint-Antoine, por la que he transitado en otras ocasiones. El museo Picasso está muy cerca, al lado. Cuando entro en la rue Rivoli, me encuentro con el impresionante Hotel de Ville, es decir, el Ayuntamiento de la ciudad. Por una de las calles que atravieso, reconozco – a lo lejos – los tubos coloreados del museo Georges Pompidou, que siempre me ha parecido una refinería. El espléndido edificio, diseñado por los arquitectos Renzo Piano y Richard Rogers, en 1977, es un icono indiscutible de la arquitectura moderna. A mí, siempre me ha interesado este espacio único. Sé que está temporalmente cerrado al público por obras de acondicionamiento. Da igual, lo he visitado en decenas de ocasiones. En esta ocasión – con solo dos días en París – me basta con l’Orangerie y Rosseau. No obstante, me haré un regalo algo inesperado; aunque todavía no lo sé.
La decadencia, y la sordidez, que he creído captar a través de las ventanillas del taxi la noche anterior, empiezan a disiparse: aún lo harán de manera más contundente al día siguiente.
Mientras deambulo por un París que conozco muy bien, me voy deteniendo en algunas zonas imprescindibles. Me detengo en uno de los puentes que atraviesan el Sena – justo el que está al lado de la Sainte-Chapelle, para poder divisar, a cierta distancia, la renovada Notre Dame. No obstante, en ningún momento pienso en acercarme y plantarme ante su fachada. La he visto – antes de incendiarse – unas cuantas veces. Incluso, hace dos años, estuve lo más cerca que se podía, cuando aún estaba protegida – en parte – por las vallas que la habían rodeado durante todo el proceso de restauración que estaba a punto de finalizar.
Zigzagueo, y, en ese zigzaguear, voy entrando y saliendo de la rue Rivoli, que me había planteado como un tiralíneas perfecto que me llevaría sin prisa, pero sin pausa, hasta l’Orangerie. Diviso a lo lejos la Place Saint-Michel, donde el arcángel San Miguel, espada en mano, somete al ángel caído y el Dragón; si bien, ahora aparecen completamente cubiertos, como si el artista Christo hubiera llevado a cabo una de sus instalaciones. También diviso desde la zona derecha del río donde me he situado, el pequeño callejón de la rue des Grands Augustins, donde tenía su residencia y estudio Pablo Picasso, en la época de la realización del Guernica. He estado delante de la verja de la entrada a ese edificio unas cuantas veces, pero nunca he logrado entrar: ni tan siquiera al patio, para – al menos – poder otear la filigrana metálica del pasamanos de la escalera en la que aparece retratado el artista junto a una de sus esculturas que representan un búho. No obstante, esto es una de mis paranoias.
Prosigo con calma, mientras las nubes dejan entrever algunos rayos del sol que desaparecen a la velocidad del rayo. El espléndido edificio “Nouveau” de las galerías “Samaritaine”, que conozco perfectamente, quedan a un lado; mientras, el rótulo que indica que estoy ya en el Pont-Neuf, hace que mi cabeza se vaya a la vieja película de Leos Carax Les Amants du Pont-Neuf, con una Juliette Binoche bellísima que tiene apenas veintisiete años. Está muy difusa en mi mente, pero creo recordar que plantea de manera resuelta lo que implica enamorarse. A día de hoy, podría afirmar con rotundidad que la clave (todas las claves) está en eso: en enamorarse. Pero eso sí que sería otra historia.
Tengo ya a la vista el viejo Palais Royal, esto es: Le musée du Louvre. Como salgo – una vez más – a la rue du Rivoli, veo a cierta distancia la pirámide del museo que tanta polémica causó cuando fue proyectada por el arquitecto Leoh Ming Pei, en 1984, después del encargo que le había hecho el presidente de la república francesa, Francois Mitterrand. El paso de los años, ha hecho que esa estructura de cristal aparezca perfectamente integrada – y casi subsumida – en uno de los patios centrales del viejo palacio real, cuya inmensidad empequeñece cualquier otra cosa que pueda situarse a su lado. Pero en aquel momento, ríos de tinta desbordaron los diarios parisinos; y no sólo.
El mármol rosáceo de las columnas del Arc du Carrousel, cada vez que paso delante de él, me parece que se apropia de toda la estructura. En esta ocasión – extrañamente – lo veo todo rosáceo. Sin embargo, lo que quiero ver, es lo que quiero ver siempre, es decir: situarme en su arco central, y verificar – una vez más – esa perspectiva perfecta en la que en ese ojo del arco se sitúa en su centro exacto el obelisco de la Place de la Concorde, y a su vez, éste, en el centro del Arc de Triomphe. Esa alineación es tan perfecta como la conjunción que también vemos – en la mítica película de Stanley Kubrick 2001 a space odyssey – entre el misterioso monolito, el sol, la tierra y la luna.
Me introduzco de lleno en el jardín Des Tuileries, pero veo que no voy a llegar nunca. Vuelvo a salir a la rue Rivoli, pero enseguida vuelvo a entrar en el jardín. Quedan menos de quince minutos para la hora que marca mi billete para entrar a ver la exposición de Rousseau. Acelero, y me doy cuenta que ese espacio ajardinado es inmenso: me sorprendo, cómo si fuese la primera vez que recalo en él. Sin embargo, me doy cuenta que esta mañana no controlo bien, ni la distancias, ni los tiempos. Bueno, tampoco hay que exagerar. Como crece mi impaciencia, me veo subiendo y bajando las escalerillas que me sitúan en la parte alta (donde está l’Orangerie y el viejo Jeu de Paume) y otra vez en los jardines, porque creo que avanzo más deprisa. Al final, diviso una larga fila y sé que ya estoy a punto de llegar. Esa enorme cola es la de gentes que quieren entrar a ver la exposición, pero que no tienen billete. Cuando muestro el código de barras, de mi ticket, a uno de los vigilantes, éste me abre una de las cintas que impiden el paso al museo y me veo – finalmente – dentro. ¡Por fin, lo he conseguido!
Estoy ansioso por recorrer las salas donde están los cuadros del viejo “aduanero”. Están en la planta de abajo. No miro, ni a izquierda, ni a derecha. Voy como una ráfaga, o como una flecha. No me voy a detener a relatar lo que me parece la exposición de Rousseau; lo haré en un texto, próximamente, que dedicaré a analizar la obra que se abre ante mis ojos. Sólo señalaré que – por primera vez, porque está en New York, y yo nunca he viajado hasta esa ciudad – me encuentro con una de sus obras más paradigmáticas que, además, veo que lleva un título algo distinto a como lo he visto en las distintas reproducciones. Me estoy refiriendo a su enorme cuadro La Bohémienne endormie, que en otras ocasiones he visto titulado como La Gitane endormie. Me sorprende ese título, que es cláramente el original.
Cuando he acabado de ver esta magnífica – y única, porque es muy difícil ver una exposición de este artista con tantas obras reunidas, casi cincuenta – muestra, en la que he echado a faltar una de sus grandes obras: Tigre dans une tempete tropicale or Surpris!, que está en la National Gallery de Londres, que he visto ya en tres ocasiones, pienso que dadas las recurrentes, “no muy buenas”, relaciones históricas entre Francia y Inglaterra, haya hecho que ese préstamo no se hay producido, para una exposición que engloba casi toda la obra del artista francés.
Cuando dejo atrás esas salas me voy encontrando con los cuadros que forman parte de la colección permanente del museo. Me reencuentro – después de muchos años – con varias pinturas de un artista bastante extraño, llamado Chaim Soutine. No es fácil ver obras de este pintor, originario de Bieolorrusia. Pero lo que no puedo de dejar de ver – una vez más – es la serie de Les Nymphéas, expuestas en inmensos paneles curvos, en dos salas. Siempre hay mucha gente contemplando estas obras del viejo Monet; no importa, voy a pasar a visitarlas. La explosión de color, la libertad en la ejecución y la casi entrada en la abstracción del pintor impresionista siempre me han dejado sin palabras; ahora, me vuelve a pasar.
Son casi las cuatro de la tarde cuando abandono l’Orangerie. Ahora me acerco hasta la mismísima Place de la Concorde. Ese inmenso espacio siempre me ha impresionado. Sentado en una de esas sillas verdes de hierro que el Ayuntamiento sitúa en diversos puntos de los jardines, estoy en una especie de balconada desde donde puedo divisar toda esa panorámica. Reflexiono sobre nada en concreto, abstraído en este viaje inesperado que me he marcado – para darle una sorpresa a mi hija – que todavía me hace sonreír, al recordar el momento del encuentro, la pasada noche.
Aunque no he pensado, en Madrid, en conseguir una entrada para una exposición que es como si se hubiera montado especialmente para mí, por la temática que propone, voy a hacer un intento. Se trata de la muestra titulada: 1925-2025. Cent Ans D’art Déco, que se exhibe en Le Musée des Arts Décoratifs, que sé perfectamente que está en la rue Rivoli. Abandono rápidamente mi balcón privilegiado y comienzo a caminar a buen paso para disponer, al menos, de hora y media para poder visitar – si lo consigo – dicha exposición. Según voy avanzando por la acera de la derecha, en dirección al Louvre, no oteo ningún tipo de aglomeración en ella; tal vez, voy a poder entrar. Efectivamente, cuando llego a la puerta de entrada al museo, nada me impide acceder libremente hasta las taquillas: estoy emocionado. El art déco me viene interesando desde hace casi medio siglo; digo, desde un punto de vista serio, como coleccionista, incluso. Por eso decía antes, que esta exposición que estoy a punto de ver, es como si, los que la han organizado, hubiesen pensado en mí.
Hay gente, bastante gente, en el recorrido que voy a hacer, para ver todo lo que se expone. La muestra, ocupa parte de la planta baja y dos pisos más, con sus dos galerías completas: la de la derecha y la de la izquierda. Enseguida soy consciente del material que hay en ella. Se reproducen vagones completos de la mítica, y legendaria, Compagnie Internationale des Wagons.Lits; también de l’Orient Express. Hay piezas originales de esos trenes: mobiliario, asientos, lámparas, marquetería, etc. Me doy perfecta cuenta de cómo la alta burguesía se divertía y vivía rodeada de todos los lujos posibles. L’exposition internationale des arts décoratifs et industriels modernes, que se abre en París en abril de 1925, y que da carta de naturaleza a ese nuevo estilo llamado Art déco, es un intento claro y rotundo de pasar página de la terrible “gran guerra” de 1914-1918. La burguesía, en general, y la más alta, en particular, van a comenzar a disfrutar de ese nuevo estilo en todos sus aspectos: casas, mobiliario, lámparas, objetos de cristal, bisutería, cubertería, vestidos, coches, y un largo etcétera. Sí me gustaría señalar el salvaje contrapunto que supuso en esa muestra – de un estilo claramente burgués y bien pensante – el pabellón soviético de Konstantín Mélnikov, que también contó con la colaboración de Alexander Rodchenko.
La exposición despliega un sinfín de ejemplos de ese estilo increíble que es el Déco. Sin embargo, me sorprendo al no encontrar casi ejemplos del vidrio de esa época: Lalique, Degué, Hunebelle, Schneider, Daum, Muller frères, Sabino, etc.; ni tampoco de las esculturas que realizaron muchos artistas franceses de ese período: Le Verrier, le Faguays, Fayral, Demarco, Derenne, Burraine etc. Tengo la suerte de poseer algunas piezas de todos estos artistas que acabo de mencionar. En cambio, me encuentro con algún “craquelée” de Lemanceau, que, a pesar de que no pueda ver su firma – porque está situada sobre un mueble en el fondo de uno de los stands –, sé perfectamente que es una obra de ese artista, de quien también poseo algo.
Es apabullante la cantidad de cosas que hay en esta exposición: como decía antes, casi montada para mi placer particular. Me tiro casi dos horas, y acabo exhausto. Cuando intento comprar el catálogo, me encuentro con una dificultad que ya he sufrido en l’Orangerie, al ir a comprar el catálogo de Rousseau. Menos mal, que tenía algo de efectivo y, al final, lo he podido adquirir. El TPV, de ese museo, como ahora el de éste, es mediocre, porque no admite mi tarjeta de crédito. Hago aquí un inciso, para referirme a la implantación de los desarrollos técnicos en Francia: es decir, la facilitación del pago en los diferentes establecimientos, como voy a poder comprobar un día más tarde. Desde hace años – lo sé por propia experiencia, y ya estamos en 2026 – Francia no es capaz de adaptarse a los nuevos tiempos: se muestra incapaz de facilitar las transacciones internacionales. Me doy cuenta que en mi país, todo resulta mucho más sencillo para cualquier viajero que quiera hacer una transacción con su tarjeta de crédito, sea del tipo que sea. Por no hablar de que hace años suprimieron los carnets de 10 billetes – con tarifa reducida – y ahora, cada vez que uno quiere utilizar el metro, tiene que pagar 2,50 €, con el añadido que la primera vez hay que comprar una tarjeta (otros 2,50) para ir recargándola con viajes. Se han quedado atrás; tal vez, de ahí, mi idea de decadencia que expresaba algunas páginas atrás. El resultado es que me quedo sin catálogo de la exposición que acabo de visitar.
Cuando estoy en la calle, echo un vistazo a la aplicación que tengo instalada en mi teléfono, y me quedo boquiabierto: he caminado más de 20 kilómetros. ¡Guauuu! Llamo a mi hija, para saber por dónde andan. También han caminado bastante. Están reposándose, en el apartamento, antes de ir hacia el palacio Garnier – el teatro de la Ópera – donde tienen previsto asistir a una representación de ballet. Me reúno con ellas y decido acompañarlas. Es la primera vez que, en este viaje, voy a entrar en el metro. Me voy a volver a reencontrar con el sonido melancólico que emite el pitido del metro – que tanto me gusta, desde que lo escuché por vez primera en el lejano marzo de 1975, en mi primera visita a París – que sigue siendo el mismo, a pesar de que los trenes se han modernizado mucho. Todavía no me voy a dar cuenta de algo que voy a percibir – de manera clara – al día siguiente, en un metro muy abarrotado: siempre me lo encuentro abarrotado.
Las dejo en la Ópera, cuando empiezan a caer algunas gotas. La fachada principal – como ya me ha pasado en otras ocasiones: tengo la impresión de que siempre la están reformando o limpiando – está cubierta por grandes telas, que reproducen la imagen de la misma. La he visto tantas veces – también por dentro, en una ocasión, donde pude admirar el magnífico techo pintado por Marc Chagall en 1964 – que ahora no me produce ningún tipo de tristeza el hecho de que esté cubierta, como le sucede a la fuente de Saint-Michel. Quedamos en vernos a la salida. Mientras tanto, decido dirigirme hacia el boulevard Saint-Michel – donde conozco un restaurante italiano – para tomarme un plato de pasta: no he comido casi nada desde el desayuno y los veinte kilómetros me han dejado un poco sin fuerzas. Después volveré al teatro Garnier para recogerlas e irnos juntos hasta su apartamento.
Después de charlar un buen rato – en el apartamento de la rue Roquette – con mi hija y su madre, donde les doy buena cuenta de las dos exposiciones que he visitado, y que ellas visitarán en los próximos días, me retiro a mis aposentos del hotel; me aguarda la habitación 401: a ver con qué me encuentro.
La zona del apartamento está bastante animada: multitud de jóvenes franceses están apostados – a pesar del frío que hace – incluso fuera de los cafés y bares. Nada de raro tiene eso: lo veo en Madrid, siempre. Cuando llego a la esquina donde comienza la rue Servant, la de mi hotel, me encuentro con ese grupo de jóvenes que beben cerveza y fuman porros. Es el único ambiente, en una calle sin locales, aparte de mi hotel, que aparece bastante oscura y completamente desolada. Tampoco hay que exagerar, me digo. Se trata sólo de una pequeña calle transversal a la gran avenida, que es la rue Roquette.
Cuando llego al hotel, está el primer joven que me encontré a mi llegada. Enseguida me facilita la tarjeta para poder entrar en mi habitación. Cuando subo en el ascensor – después de haber recogido mi equipaje – hasta la cuarta planta, mantengo la respiración porque es el mismo piso donde estaba situada la maldita 403 de la noche anterior. Enseguida veo que la 401 está situada en el pasillo de enfrente, donde sólo hay otra habitación: la 402. Cuando entro, suelto casi una carcajada. Es una magnifica habitación, completamente reformada, que tiene un balcón que da a una especie de patio de mucha amplitud. ¿Por qué demonios me dieron esa otra habitación infame, teniendo una individual como ésta? Me habrán tomado por un “idiota”, o un viajero inexperto; pero ya pinto más que canas y mi barba es completamente blanca. Da igual, el caso es que, finalmente, me han procurado una habitación que tiene que ver con la categoría del hotel: tres estrellas. Me encanta el color anaranjado de las paredes, y el cuarto del aseo, sin puerta, me parece espléndido, con todos los elementos nuevos.
Me despierto, de manera algo abrupta, y compruebo por mi reloj que son sólo las 7,30 horas. En la madrugada, se ha producido el cambio de hora reglamentario, que se viene llevando a cabo desde hace muchos años. Pero lo que ha hecho que me despertara – a pesar de que tengo puesto el despertador a las 9 horas – porque he quedado con ellas hacia las 10,30 para ir al rastro – son los gritos alocados, en un idioma que conozco, el italiano. Una mujer, en tono altísimo, farfulla palabras que no intento comprender. La cosa va hacia adelante durante una hora más o menos. Consigo quedarme, otra vez, dormido durante algunos minutos; algo pasa en la 402.
Después de un desayuno a base de un simple zumo de naranja natural, sin brioche o croissant, voy a recogerlas al apartamento. Cogemos el metro en la parada de Voltaire en dirección a la Porte de Glignancourt, que sigue siendo el final de la línea 4, en esa dirección, y que desde que la transité por primera vez, al inicio de los años ochenta del pasado siglo, no ha sufrido ningún tipo de ampliación, como si ha sucedido en la mayoría de las líneas. Desde ahí, caminando apenas diez minutos, se empieza a entrar en la maraña de calles y callejas que suponen el “marché aux puces”, que es el rastro parisino. Mi hija es la que ha mostrado mayor interés por volver a un espacio que ella ha visitado en varias ocasiones (porque sus padres la constreñían a hacerlo) cuando era pequeña: ahora lo quiere hacer como una persona adulta y buscar cosas que le puedan interesar. Por supuesto, yo voy encantado, porque sé que siempre voy a encontrar algo; aunque en esta ocasión tenga que ser extremadamente cuidadoso – mi economía no es nada boyante – para no dejarme engatusar por ninguna pieza de art déco. Veremos qué nos depara esta mañana, por fin, bastante soleada.
Conozco bastante bien toda esa telaraña de callejas y pasillos, que giran de un lado a otro, que es el rastro. Esta vez, en cambio, me cuesta encontrar – porque mi memoria lo sitúa algunos metros antes, que el lugar donde realmente se encuentra – una tienda que tiene los mejores objetos de ese arte que ya he alabado a lo largo de estas páginas. Me gusta entrar siempre que recalo en el rastro para poder admirar las piezas únicas – e inencontrables – que posee un tal Rafael Fey – que conozco, porque he hablado otras veces con él – que es el judío propietario de esa mega tienda de art déco. Me parece increíble – cuando entramos los tres en la tienda – tener la inmensa fortuna de poseer alguno de los objetos (la mayoría cristales), que ese anticuario tiene expuestos. A unos precios, totalmente imposibles para gente “normal”. Lo que yo pude conseguir, hace ya muchos años, por supuesto no costaban tanto. Ahora, esos precios sólo están al alcance de los muy ricos. Años atrás, los rusos se interesaron por el art déco; lo sé por mis amigos anticuarios de Madrid. Pero hace ya tiempo, que eso ya no sucede, y los vidrios que tiene en su tienda Rafael Fey, siempre son los mismos, porque nadie los compra. Diría, por último, que son dignos de haber estado en la exposición que vi ayer. Carecía, como ya he relatado, de una suficiente representación del arte del vidrio de ese período.
Después de visitar esta impresionante tienda, me dejo llevar por ellas – buscan alguna que otra cosa, en concreto – aunque yo también voy oteando algunos puestos, que ya conozco, por si pillo algo. Y estoy a punto de picar en dos ocasiones, con un par de cristales – que tampoco me entusiasman demasiado –, pero me salva el mal funcionamiento de los TPV que ya he comentado páginas atrás: no hay manera de poder pagar con la tarjeta de crédito. Sin embargo, a la hora de adquirir una vieja paleta de artista (esas clásicas, que siempre han tenido los pintores del siglo XIX y los del principio del XX), si que logro hacerlo con la tarjeta.
Afortunadamente para mí, no me encuentro – o no me encuentran – bellos cristales déco. Debo decir que la impresión que me produce – el rastro – en esta ocasión, es de vaciamiento de ciertos objetos que yo amo particularmente. O, quizás, sea sólo una impresión muy subjetiva.
Después de reponer fuerzas con una fórmula a base de pescado frito y patatas – también fritas – por mi parte, y otras cosas que engullen ellas, volvemos a París. También ellas han encontrado alguna de las cosas que buscaban; me alegro por ello.
Creo haber entendido que vamos hacia el Trocadéro, porque la madre de mi hija (cómo me suena eso que acabo de escribir) quiere entrar en el viejo museo de arte contemporáneo de la villa de París, que ya no lo es, desde que se abrió el Pompidou. Sin embargo, ella insiste en que aún permanece en él una colección de arte contemporáneo. Yo muestro mi escepticismo, pero me dejo llevar; ¡faltaría más! Sin embargo, cuando cogemos el metro – que va siempre abarrotado – parece que, primero, vamos a encaminarnos hacia Le Grand Palais, que es donde se muestra al Matisse del último período, y que ninguno de los tres tiene localidades para entrar a ver la exposición. La larga fila de gentes que aguardan para poder entrar al palacio, son poseedoras de entradas. Cuando preguntamos en las taquillas – que aparecen vacías – la respuesta es la de que todo está vendido para los próximos días. La única posibilidad que ofrecen, es la de acudir, cualquiera de los días, por la mañana, antes de abrir el museo, porque siempre ponen a la venta algunas pocas entradas. Para mí, que regreso al día siguiente, las oportunidades se esfuman; no así, para ellas, que lo intentarán a la mañana siguiente y conseguirán entrar. Cuando mi hija me dice que la exposición es super interesante, e increíble, pienso que igual voy a volver un par de días, a finales de junio, o principios de julio, porque la exposición estará hasta finales de ese mes.
Cuando comenzamos a caminar alrededor de toda esa increíble zona que comportan Le Petit Palais, y el ya mencionado Grand Palais, que aparece majestuoso – al observarlo a una cierta distancia – con esa enorme cúpula de hierro y de cristal, entiendo que vamos a dirigirnos al museo de Trocadéro; sin embargo, en la mente de la madre de Alma existe otro plan, que voy a descubrir en un santiamén, para “chasco” mío. Poco a poco, nos estamos encaminando hacia la explanada del Hotel des Invalides. Descubro que ella quiere visitar la tumba de Napoléon. A lo que yo replico, diciendo que es el museo del ejército y que no tengo el más mínimo interés en visitarlo. Como mucho – si no cuesta mucho, y si puede visitar independientemente del resto del museo – podría acercarme hasta la tumba del emperador. Sin embargo, hay que visitarlo todo, y no cuesta poco: 19 euros. Así que expreso mi disgusto y no sé muy bien qué hacer; esperar o no esperar. Mi hija me dice que visita rápidamente la tumba y sale para que vayamos los dos hasta el ansiado Trocadéro. No obstante, cuando ya está dentro me escribe un mensaje en el que me dice que quiere ver algunas cosas sobre la resistencia contra los nazis durante la segunda guerra mundial. Le escribo para decirle – porque lo he descubierto al salir del recinto – que no tienen que dar la vuelta a todo el enorme Hotel de Invalides, que pueden salir y entrar en la iglesia que contiene la tumba del emperador; en eso quedamos.
Mientras ellas hacen todo el recorrido, me entretengo en observar algunas situaciones que me dejan algo perplejo. Primero, los comentarios que hacen entre sí un grupo de españoles y españolas, cuya conversación me suena bastante: me produce una cierta sonrisa, algo malévola, cuando escucho lo que escucho. No obstante, lo que me produce una completa hilaridad, es cuando veo avanzar a tres jovenzuelas ataviadas con algunas “gasas” mínimas, que hacen ciertas poses, como si estuvieran llevando a cabo una danza. Lo que me deja estupefacto es el frío que hace para que esas chiquillas vayan casi desnudas; a ellas no parece importarles lo más mínimo, porque permanecen mucho tiempo en torno a los jardines que hay delante de la iglesia, desplegando sus danzas, como si nada. Incluso, cuando mi hija y su madre salen – por fin – de visitar la tumba y el resto de la iglesia, ellas aún siguen haciendo sus ingenuas cabriolas.
Comenzamos a caminar, con la vista puesta en la que parece muy cercana Tour Eiffel; sin embargo, vamos a comprobar que la vista engaña. La parte más alta de esa torre genial – construida por Gustave Eiffel, para la exposición internacional de 1889 – que aparece exultante por encima de algunos edificios que están casi ocultos por la incipiente arboleda, parece que se aleja cada vez más de nosotros; sin embargo, es sólo un espejismo, porque cada vez está más cerca. En ese recorrido, se va a venir abajo – pero completamente abajo – esa sensación de decadencia que había creído captar a través de las ventanillas del taxi, la noche del jueves. A medida que avanzamos, aparecen edificios – y más edificios, algunas veces, incluso zonas residenciales inmensas – que son construcciones de los años veinte del siglo pasado; lo veo en las inscripciones que hay en la fachada: del arquitecto y el año exacto de la construcción. No doy crédito a lo que veo; ni siquiera en la zona de ultra lujo que existe en Milán – con casoplones, que entiendo que la alta burguesía defienda con uñas y dientes – existe lo que ahora veo por vez primera, porque en mis anteriores visitas a la capital francesa, nunca he pasado por estas calles que ahora recorro. Están situadas a la derecha de la Tour Eiffel, si la miramos en dirección a Trocadéro, sin llegar a sus estribaciones. Muy de lejos, pero muy de lejos – por la paz y tranquilidad que se respira – pienso en las calles que hay a la derecha del Palacio de Comunicaciones de Madrid, que fue reconvertido – a mi juicio erróneamente, porque resultaba comodísimo ir a echar una carta, o lo que fuese, a ese legendario edificio, construido por el arquitecto Antonio Palacios – para alojar la sede del Ayuntamiento de la capital del Estado. Pero no nos desviemos; ahora estoy atravesando estas calles de París, que rezuman alta burguesía por los cuatros costados. Nos encontramos con una boulangerie más que histórica: La Maison Bergeron – estilo art-nouveau – en la rue Saint-Dominique, que es una de esas calles increíbles que estaba describiendo anteriormente. Reponemos fuerzas, antes de proseguir caminando y poder contemplar in situ la Tour Eiffel.
Se acaba este viaje sorpresa; pero antes, las voy a acompañar a la rue de la Roquette, donde me despediré de ellas. En el metro, me doy cuenta – al improviso – de algo que me sorprende, que he insinuado anteriormente. La guerra en Irán y en el Líbano, parece no existir. La gente exhala gestos, comentarios y demás, que me deja bien a las claras que el mundo más allá de sus propias narices no existe; que no produce efectos. La endogamia más recurrente – en la que no caben nada más que los propios sujetos autistas que conforman nuestras sociedades capitalistas occidentales – es lo que produce la reacción autoritaria generalizada, y el fracaso más absoluto del pensamiento crítico. Lo rumio, mientras observo de pie a una señora, más o menos de mi edad, que parece otear – con una medio sonrisa, que manifiesta su cara – lo que acontece en ese microcosmos particular que es un vagón de metro parisino, lleno a rebosar de gentes diversas. Y mirando a esa mujer – no sé muy bien por qué – soy consciente que alguien así es con quien me voy a encontrar muy pronto.
Cuando vuelvo a mi querido hotel, estando ya dentro de la habitación – en pijama – oigo que se abre la puerta de la habitación de enfrente: la 402. Salgo raudo y veloz y, sin mediar palabra, comienzo a dirigirme en italiano a la chica – bastante joven – que está a punto de abandonar el exiguo pasillo y salir al corredor, donde se encuentra el ascensor. Le hago notar las voces que estaba dando por la mañana, muy temprano. Encaja el rapapolvo, sin rechistar; lo que no logro entender, es por qué me pide disculpas en inglés, y no en italiano, que es su lengua, y la que yo he utilizado para dirigirme a ella. Tal vez – reflexiono un poco más tarde – porque piensa que yo no soy italiano, cosa lógica, y se dirige a mí en la “supuesta” lengua internacional que todos debemos hablar.
La alarma de mi reloj suena puntual, a eso de las nueve. Después de desayunar en un sitio cercano, no resisto la tentación de situarme a la altura del apartamento donde está mi hija, porque quiero verla una vez más – antes de volver a Madrid – aunque sólo sea asomándose a la ventana: así sucede.
Al volver al hotel, para recoger mis cosas, me encuentro en la recepción con la señora que habla algo de español. Le hago saber que la próxima vez que vuelva a París, querré alojarme en ese hotel; eso sí, le advierto que sólo quiero la habitación 401: ella se echa a reír, mientras me desea un buen viaje.
Estoy, de nuevo, en la gare Montparnasse. Parece que hace una eternidad que llegué a ella; sin embargo, apenas han pasado dos días y medio. El tren que me va a llevar hasta Hendaye, sale puntual; pasadas las cinco de la tarde estaré en esa ciudad fronteriza. El tren va hasta arriba; no importa, nadie hace el más mínimo ruido o molesta a los otros viajeros. Esto es Francia; en España, otro gallo nos cantaría. Tal vez, esté exagerando un poco.
Durante todo el trayecto, lo único que hago es pensar en un plan B, por si me quedo en tierra; el tren tiene que llegar a Hendaye sobre las 17:11; por nueve minutos no me será posible coger el “topo” de las 17:03; esto lo vengo a saber, cuando hemos dejado atrás Saint-Jean de Luz, gracias a una pareja de vascos a los que les pregunto por los horarios. El siguiente, sale a las 17.33; ellos me han explicado que la frecuencia es cada media hora. Y también sé, porque ya lo he constatado en el viaje de ida, que la duración del mismo son treinta y cinco minutos; es decir qué, si cojo ese tren, no llegaría a San Sebastián, estación de Amara, hasta las 18:08. Mi autobús sale de su estación, pegada a la de R.E.N.F.E., a las 18,30, con lo cual todo es muy justo. Sé que en Hendaye, a la salida de la estación, hay una parada de taxis; sin embargo, no tengo muy claro que un domingo vaya a encontrarme con alguno; aunque pienso, que sí: que alguno habrá en la parada. Tengo en el recuerdo – de hace dos años – que como mi tren procedente de París llegaba a una hora en la que ya no prestaba servicio el Euskotren, a la ida había llegado a un acuerdo con un taxista para que el día de regreso estuviera ahí, esperándome. En esta ocasión, sin embargo, no he pensado en dejarlo “bien atado”. El plan B, es un poco duro; si pierdo el autobús, además de perder el importe del billete, tendría que alojarme por unas horas en un hotel; y el tren más barato sale a las 4:20 de la mañana. Total, se me va el presupuesto, teniendo además que cenar algo en algún sitio. De lo que no tengo ni idea es de la situación surrealista que estoy a punto de vivir.
El tren de alta velocidad entra con absoluta puntualidad en el andén de la gare de Hendaye. Por supuesto, hace media hora, he echado – como ya relaté a la ida – pie en tierra en el andén de Biarritz. El protocolo, y las liturgias, mandan: ¡faltaría más!
Ya fuera, compruebo horrorizado que no hay ningún taxi esperando la llegada de los pasajeros de ese tren. Lo del domingo que había pensado se confirma. De manera ingenua me dirijo hasta la parada vacía y veo unos números de teléfono, en uno de los paneles de cristal, para llamar. Lo intento de todas las maneras posibles: marcando el 00 y el prefijo de España, delante, y me sale un mensaje grabado que me informa que no existe ningún número de esas características; pruebo también, marcando el prefijo de Francia, y sale el mismo tipo de mensaje. Estoy desesperado, porque el tiempo corre y veo que voy a tener que echar mano de mi plan B. Al salir al exterior, he visto aparcado un coche de la “Gendarmerie”, la policía francesa. Ni corto, ni perezoso, me dirijo hacia ellos, y logro que, al final, el conductor baje la ventanilla para poder dirigirme a los gendarmes. Lo primero que hago es preguntarles si hablan español, a lo que me responde toda la dotación: dos hombres y una mujer, “qué no”. Trato de balbucear – bastante nervioso – alguna palabra en francés. Casi no entienden nada: lógico. No obstante, para mi sorpresa, se bajan los tres del automóvil y me acompañan hasta la parada donde están anotados esos números; yo trato de explicarles, enseñándoles mi móvil, que he marcado ese número. El que parece que está al mando de la patrulla, me pide mi teléfono; en ese momento soy consciente, que en la pantalla de él hay una imagen que puede hacerles pensar que soy un simpatizante del terrorismo. ¿Por qué digo esto? Por la sencilla razón que – sobre un fondo naranja que destaca aún más la figura que aparece sobre él – hay una imagen, en blanco y negro, recortada, que representa a Ulrike Meinhof apuntando con su fusil Kalashnikov. Hago un sinfín de malabarismos para que apenas pueda llegar a ver esa imagen. Sin embargo, estoy seguro que alguna ráfaga de esa poderosa silueta le ha llegado. No obstante, en ningún momento dice nada. Llama a esos mismos números que he llamado yo, y nada. Al final, coge su teléfono y teclea en él uno de esos números. Escucho cómo habla con alguien al otro lado del teléfono. Antes de pasármelo, me viene a decir que el taxi tardaría en llegar una media hora; sin embargo, me informa que habla en español y me lo pasa. Cuando comienzo a hablar con él, me corrobora lo que me ha dicho el agente. Veo que el tiempo sería demasiado justo para llegar a la estación de autobuses, antes de que parta el mío. Efectivamente, me viene a decir que no me puede asegurar que lleguemos a tiempo; además, el trayecto me vendría a costar – taxímetro de por medio – según su experiencia, entre 70 y 75 euros. Dudo dos segundos escasos, antes de darle las gracias, y declinar su servicio. Se las doy también a los tres gendarmes que tan amablemente me han atendido. En ese momento, miro la hora en mi móvil, y veo que apenas quedan cinco minutos para que parta el Euskotren de las 17:33. Echo a correr a toda pastilla, con mi pesada bolsa al hombro, que resbala de mi trenca. No puedo, ni tan siquiera, sacar el billete en taquilla – que sería lo más rápido – porque sólo se puede hacer en metálico; y aunque sólo cuesta 2,50 euros, no llevo ni un céntimo; ni, por supuesto, un billete. La chica de la taquilla me ha explicado, con mucha rapidez, cómo debo de hacer en la máquina expendedora de billetes para sacarlo. Estoy bastante nervioso, lo reconozco, y casi no acierto a enfilar mi tarjeta de crédito en la ranura, amén de tener que teclear que el texto que solicito es el español; al final, lo consigo, cuando faltan apenas dos minutos para que arranque el tren. ¡Dios, que estrés!
Durante el corto trayecto, cada vez que el tren ralentiza la marcha o se para algún segundo más de la cuenta – aunque eso es sólo mi nerviosismo quien lo establece – el corazón me late a mil por hora. Voy sentado en el primer vagón, porque quiero ser el primero en salir y pillar un taxi, si es que lo hay; el plan B me corroe por dentro. Incluso ya tengo pensado a que hotel acudir, e incluso ir a cenar a la “parte vieja”. El reloj marca ya las 18:12, ni siquiera llega al minuto de retraso, cuando salgo disparado hacia el último obstáculo que es una máquina en cuya ranura debo introducir mi billete para que me permita salir. También esto lo he ido mascullando; porque a la ida, al haberse arrugado el billete, no podía salir en Hendaye, y un agente del Euskotren tuvo que abrirme el paso con su tarjeta maestra. Ahora, mientras me acerco a la ranura, me conjuro en mi interior, para que no suceda nada: no sucede. Una vez en la calle – he sido el primero en salir, como un toro del toril – miro a derecha e izquierda. Veo un solo taxi con la luz verde encendida y salgo a todo correr; le explico al taxista mi situación; me dice que no me preocupe, que llegamos a tiempo. Me subo delante, con él. Me explica que, aunque vea que vamos a retroceder, no tengo que apurarme, porque luego el camino es directo. De manera milagrosa, e increíble, a las 18:17, faltando trece minutos para la salida, ya estoy delante de la escalerilla que me conduce hasta el interior del autobús: ¡Me he salvado!
El viaje hasta Madrid, en autobús – nunca he realizado un viaje tan largo en ese medio de transporte – es relajado y tranquilo. A pesar de que el autobús se llena bastante en Vitoria, todo el viaje permanezco solo: nadie va a ocupar el asiento que está junto al mío. No sucede ni siquiera en la segunda, y definitiva, parada en Burgos. La parada se va a prologar media hora: lo suficiente para que – en una noche donde la temperatura es sólo de tres grados centígrados – me atreva acercarme hasta las inmediaciones de la catedral, que aparece completamente iluminada, como una estrella brillante en medio de una cierta oscuridad que se impone sobre la ciudad.
Mientras viajo en el autobús, pienso en la prudencia con que maneja esa máquina el conductor, que hace que el vehículo se deslice suave – y sin ningún tipo de sobresalto – mientras la carretera me acerca a Madrid. Realizará una parada en la terminal número cuatro del aeropuerto de Barajas, porque he sabido que algunos viajeros van a proseguir su viaje allende los mares en alguna de esas potentes naves que surcan los cielos como si nada. Después, finaliza su recorrido en la terminal de la Avenida de América, que es donde voy a coger el metro para volver a Vicálvaro, donde resido.
Cuando entro en mi apartamento, aún no puedo creerme del todo el viaje que he realizado; sobre todo, estoy feliz de haberle podido dar esa sorpresa a mi hija.
La primera imagen, es el magnífico cuadro de Henri Rousseau, llamado “le Douanier”, que lleva el título de La Bohémienne endormie, que no he visto nunca antes, al estar en New York. Tiene un gran formato: 129,5 x 200,7 cm. La belleza y la inquietud que produce esa pintura van parejas. Los colores – que siempre utiliza el artista – son suaves y particulares. El cielo azul cobalto, salpicado de minúsculos puntitos blancos, que dan cuenta de las estrellas que iluminan ese cielo, cuando está empezando a anochecer, es esplendoroso. La figura del león – que tiene una mirada entre amenazante y escrutadora – enmarca la tela junto al vestido coloreado de esa mujer de piel oscura, que dormita, ajena a la presencia del animal. La luna, casi tiene ojos, nariz y boca, como en el montaje de la vieja película de Georges Méliès, de 1902. La fecha del film hace que Rousseau no haya podido inspirarse en ella, y que es su propia imaginación la que hace que la luna parezca casi una cara.
La imagen debajo del cuadro de Rousseau, son las puertas originales que daban acceso al pabellón de René Lalique, en la exposición de 1925. Debió de ser espectacular. Justo delante, Lalique había diseñado una fuente – toda de cristal – que supuso una enorme novedad en esa feria donde el Art Déco adquiriría, para siempre, carta de naturaleza.
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