Pasó casi un año. Hasta que un día, salió el sol en la hora anticipada. No lo sabía, pero gracias a eso, las mejoras en la luz cambiaron mi vista.
De repente, la información en mi cabeza no coincidía con lo que conocía, pero misteriosamente, podía escuchar los genes por más tiempo, en la misma luz.
Las semillas, no podían estar mejor. Los cambios sutiles del ácido, coincidieron con el dulce aroma de un lejano perfume que recordaba de los juegos de infancia. Mis dedos, aún más cuidadosos, se dedicaron a aprender cómo deslizarse entre los movimientos que necesitaban la misma cantidad de cromosomas.
Así, además del aroma, el sabor tenía los pequeños toques contrastantes que quería ver en el microscopio. Mis colores favoritos se mezclaron y por fin encontré el que les gustaría a todos.
Mi sitio estaba en el laboratorio, no puedo evitar moverme cuidadosa y delicadamente entre los números y los genes, son como las notas y los pinceles protagonistas de los cambios que quería ver en los cromosomas. Mis días, se convirtieron en lustrosas pinturas, brillante música y versos maravillosamente dulces.
Entendí el modo, pensé en la luz, en la genética del mundo y en la información que tengo. En todos los bocados de las personas que las comerían y sabrían que, dentro de ellas también habita lo mejor que puedo hacer de las frutas.
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