El primer disparo no hizo ruido.
Eso fue lo último que leyó Ciano Bermúdez al levantar la vista de la página 143 del libro que estaba leyendo. El mundo parecía haberse detenido un instante en la original librería de la carrer de Aribau, en pleno corazón de Barcelona. Afuera, el bullicio típico de la ciudad se mezclaba con el murmullo de los puestos instalados por el Día del Libro.
Ciano volvió a bajar la mirada hacia el papel amarillento del libro que sostenía en sus manos. No le gustaba leer en pantalla ni en ningún tipo de dispositivo. Tenía que ser en papel.
En este caso, era un ejemplar gastado de El Caso Bourne, de Robert Ludlum, que había encontrado minutos antes en una estantería de la planta principal. El lomo estaba ligeramente torcido, las páginas olían a polvo y tiempo, y alguien había subrayado algunas frases con lápiz.
Ciano sonrió.
—Por 5 euros no está nada mal —murmuró.
—Ese libro tiene historia.
La voz llegó desde detrás del mostrador. El dueño de la librería, un hombre mayor con gafas redondas y barba blanca, lo observaba con curiosidad.
—¿Historia literaria o historia de verdad? —preguntó Ciano.
El hombre levantó una ceja.
—En ocasiones, ambas cosas son lo mismo.
Ciano cerró el libro lentamente.
Había sido agente de inteligencia durante diez años. Cuando alguien decía algo así, su instinto se activaba automáticamente.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó.
—Mi nombre es Álvaro —dijo extendiendo su mano para estrechar la del chico.
—Yo soy Ciano. Encantado —y estrechó la mano del librero.
En el exterior, una ráfaga de viento agitó las páginas de los libros expuestos en la calle. El aroma de papel viejo se coló por la puerta entreabierta del local.
—Ese libro lo trajo un hombre hace años —dijo Álvaro señalando el ejemplar—. No quiso venderlo, sólo pidió que lo guardáramos y que algún día alguien vendría a buscarlo.
Ciano dejó salir una pequeña risa.
—Suena a novela de espionaje.
—Así es.
—¿Y nunca volvió?
—No. Nunca volvió ni supe más de él.
Ciano abrió el libro otra vez. Observó con atención las páginas subrayadas. Algunas frases estaban marcadas con una precisión casi quirúrgica. Parecía un código. Ciano pasó el dedo por una de las frases marcadas.
“El conocimiento es la única arma que no puede ser confiscada”.
—Bonita frase —dijo Álvaro.
Ciano no respondió. En la esquina inferior de la página había algo más. Un número: 23. Pasó a la siguiente página subrayada: 77. Luego otra: 104.
Ciano sintió ese escalofrío familiar en la nuca. Lo había sentido muchas veces en operaciones en Dublín, Copenhague e, incluso, en Lisboa.
Alguien había dejado un mensaje oculto dentro del libro.
—¿Ocurre algo? —preguntó el librero.
Ciano levantó la mirada.
—Puede que sí.
—¿Algo malo?
—Aún no estoy seguro.
Volvió a concentrarse en el libro. Los números correspondían a páginas. En cada una había una palabra subrayada.
Página 23: Puente
Página 77: Noche
Página 104: Miguel
Ciano levantó su cabeza muy despacio.
—Álvaro.
—¿Sí?
—Hoy es el Día del Libro, ¿verdad?
—Así es.
—¿Y dónde está la estatua de Cervantes más cercana?
Álvaro sonrió.
—En la Plaça de la Universitat.
Ciano cerró el libro con decisión.
—Voy a dar un paseo.
—¿Un paseo literario?
—Algo así.
La Plaça de la Universitat estaba llena de gente. Turistas, lectores, niños disfrazados de personajes literarios y vendedores de rosas celebraban el Día del Libro con entusiasmo.
En el centro de la plaça se alzaba la enorme estatua de Miguel de Cervantes, observando el caos cultural con la calma de alguien que ya lo había visto todo.
Ciano caminó entre la multitud con su libro bajo el brazo. Eso era lo curioso.
Durante años había manejado dispositivos cifrados, servidores ocultos, sistemas de comunicación imposibles de rastrear. Y sin embargo… el mensaje más intrigante que había visto en años estaba escondido en un simple libro de papel.
—Increíble —murmuró.
—¿Qué es increíble?
Ciano se giró de golpe.
La mujer estaba detrás de él. Chaqueta negra, mirada firme, postura alerta.
Ciano reconoció inmediatamente la forma en que escaneaba el entorno. Profesional.
—Depende de quién pregunte.
—Soy Luisa.
Ciano sintió un pequeño golpe de memoria.
—¡Ah!, del Centro Nacional de Inteligencia.
Luisa sonrió.
—Veo que sigues siendo rápido.
—¿Y tú, continúas siguiendo a gente?
—Solo cuando es necesario.
Ciano levantó el libro.
—¿Es esto lo que buscas?
Luisa le miró atentamente.
—Sí.
—Pues llegas tarde.
—No lo creo.
Ciano cruzó los brazos.
—Explícate.
Luisa señaló el libro.
—Hace algunos años, un analista descubrió una red de espionaje que usaba algo imposible de rastrear.
Ciano ya sabía la respuesta.
—Libros.
—Exacto —continuó Luisa—. Mientras todos se obsesionaban con interceptar comunicaciones digitales… ellos escondían mensajes en librerías y bibliotecas.
Ciano miró las páginas.
—Nadie sospecha de un lector.
—Ni de una librería de barrio.
El viento movió algunas páginas del libro. El papel susurró. Ciano sonrió.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?
—¿Qué?
—Que para descubrir el mensaje hay que hacer algo que mucha gente olvidó.
Luisa inclinó la cabeza.
—¿El qué?
Ciano abrió el libro y señaló las páginas subrayadas.
—Leer.
Luisa dejó escapar una breve sonrisa.
—No me digas que el destino del mundo depende de la lectura.
Ciano se encogió de hombros.
—Peores cosas han pasado.
Ambos caminaron hacia la base de la estatua.
Entre los turistas, Ciano encontró algo curioso. Un libro apoyado contra el pedestal. Lo recogió.
Era una edición barata de Don Quijote de la Mancha. Ciano lo abrió. En la primera página había una frase manuscrita:
“Si estás leyendo esto, aún hay esperanza”.
Luisa frunció el ceño.
—¿Esperanza respecto a qué?
Ciano ojeó el libro. Cada capítulo tenía una letra marcada.
L.
E.
E.
R.
Luisa suspiró.
—¿En serio?
Ciano sonrió.
—Supongo que sí.
Ella cruzó los brazos.
—¿Leer?
—Leer.
Ciano miró alrededor: Niños leyendo cuentos. Parejas ojeando novelas. Personas mayores buscando ediciones antiguas.
—Mira esto —dijo—. Centenares de personas reunidas por algo tan simple como un libro.
Luisa guardó silencio.
—Las pantallas se rompen —continuó Ciano—. Los servidores caen. Los archivos digitales desaparecen —levantó el libro—. Pero esto… —pasó la mano por el papel—. Esto puede sobrevivir durante siglos.
Luisa miró el libro con una expresión distinta. Más aterciopelada.
—Mi abuelo decía algo parecido.
—¿Qué decía?
—Decía que un libro es la única tecnología que funciona sin electricidad.
Ciano sonrió.
—Tu abuelo era un hombre sabio.
Luisa observó la multitud una vez más.
—Entonces… ¿todo este misterio solo era un mensaje?
—Parece que sí.
—¿Qué mensaje?
Ciano volvió a mirar la frase escrita. Luego levantó la vista hacia la estatua de Cervantes.
—Que mientras haya gente leyendo… —cerró el libro— …las historias seguirán vivas.
Luisa suspiró.
—Después de todo esperaba una conspiración internacional.
Ciano la dirigió hacia los puestos de libros.
—Quién sabe.
—¿Cómo que quien sabe?
—Tal vez la conspiración sea otra.
—¿Cuál?
Ciano se detuvo frente a un stand lleno de novelas. Tomó una al azar.
—El mundo se ha olvidado de lo poderoso que es leer.
Luisa lo miró unos segundos. Luego cogió un libro.
—Entonces supongo que hoy es un buen día para recordarlo.
Ciano sonrió.
—Es el mejor día.
Ambos caminaron entre los puestos mientras el sol caía lentamente sobre Barcelona. Entre miles de páginas. Miles de historias. Miles de secretos.
Y en cada libro, una promesa silenciosa: Que mientras alguien abra sus páginas…
La aventura nunca termina.
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