Nos saludábamos con verdadera emotividad cada vez que nos cruzábamos en el camino de la alameda que llega al estanque. Aquel hombre me estrechaba la mano como si nos uniera una amistad de la infancia o un vínculo familiar próximo. Llegamos a abrazarnos con espontaneidad, haciendo un alto en el paseo para intercambiar algunas palabras de cordialidad intrascendente. Siempre le dedicaba a Mirlo, mi leal compañero, una buena ración de caricias, que él agradecía llenándole la mano de lametazos viscosos.
Acabé pensando que éramos almas gemelas, con rutinas de vida similares, gustos coincidentes, aunque sabíamos que no en todo teníamos la misma perspectiva y nos permitíamos elaborar discretas discrepancias de opinión, sin llegar a perder la exquisitez en el trato. Yo había seguido
una carrera artística y él, en cambio, era ejecutivo de una corporación de las que denominan globales. Me pregunto cómo es posible que no entráramos en abierto conflicto; pero la verdad es que complementábamos perfectamente nuestros puntos de vista y sabíamos cómo transformar los cinco minutos de parloteo diario en una elaborada conversación. Me quedaba siempre la sensación de haber charlado durante un día entero. Tal era la complicidad que nos unía.
Pasaron varios días en que no encontramos a nuestro amigo en el paseo. En sus disimulados gemidos percibía una forma de tristeza, o melancolía, en Mirlo. Mis caricias no evitaban que el pobre animal extrañara la ausencia de nuestro amigo de paseos. Así pasó otra semana. Me preguntaba qué le habría ocurrido. Prefería pensar que la opción de una enfermedad prolongada o, aún peor, un
incidente cualquiera, fuera la explicación.
Acostumbrados a caminar solos, Mirlo y yo completábamos el recorrido como lo habíamos hecho cientos de veces. Había comenzado a conversar con él como si de un adulto humano se tratara. En mi plática no correspondida me encontré una mañana abandonado en la mitad del camino. Mirlo había emprendido una carrera tan repentina y veloz que tardé en detener mi discurso y localizar su esbelta figura volando sobre el campo pajizo. Aceleré el paso intrigado por su inusual reacción. Reconocí de pronto la silueta de aquel hombre en la orilla misma del lago, agachado, sujetando su cabeza con las manos, como bloqueando sus oídos para aislarse del exterior. Mirlo había acudido a su lado, gimiendo de forma sonora; no había entre ellos caricias ni lametones, algo no visible los separaba.
Llegué hasta ellos; él no giró la cabeza para saludarme con esa alegría desbordante que lo caracterizaba. Algo me movía a permanecer callado, consolando a Mirlo con unas leves caricias detrás de las orejas. De pronto se incorporó y con la mirada como perdida me habló: «Tengo que irme, he venido hasta aquí para despedirme de vosotros. Sigue tu camino y no dejes de hablar contigo mismo; yo te estaré escuchando».
Su silueta se disolvió entre las ondas del lago y nunca volví a verlo.
Ahora, en mi vejez, tengo la íntima sensación de que ha caminado junto a mí todos estos años
@Feliciano F.González del libro de relatos Piel de escamas.
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