El principal castigo que han sufrido las mujeres en las sociedades patriarcales ha sido el encierro. La espantosa situación de las mujeres afganas es paradigmática, porque allí la única causa que motiva el encierro es el mero hecho de ser mujeres, algo que también sucedió en nuestro ámbito cristiano y occidental hasta hace poco más de un siglo. Casa y convento eran el único y estrecho ámbito en el que podían vivir las mujeres, por las buenas –es decir, sumisamente- o por las malas, con órdenes de confinamiento que no excluían ni a las de más alta cuna, como Juana de Castilla o la princesa de Éboli. Pero, a partir de ahí, el encierro siguió siendo una práctica habitual en muchos países, incluida España, para castigar y “suprimir” a las mujeres que no seguían estrictamente las normas impuestas por el poder político y/o religioso.
La dictadura católica de Franco fue, de hecho, una cárcel física y mental para todas, pero una auténtica mazmorra para cualquiera que se saliera mínimamente de la raya. Las prostitutas, por ejemplo –o cualquier mujer de la que se sospechara que lo era- eran encerradas, a partir de 1941, en una de las ocho prisiones especiales que se crearon hasta mediados de los años 60 en las que miles de mujeres pasaron sus vidas sin ningún tipo de juicio previo ni plazo de sentencia.
Recientemente, la filósofa y antropóloga Isabel Gamero ha publicado un libro basado en las cartas que escribieron -pero nunca se enviaron- las mujeres encerradas en el Asilo de Dementes de Leganés, donde miles de mujeres internadas contra su voluntad evidencian que ninguna de ellas sufría un trastorno mental: se las internó porque se negaban a ir a misa, admitían públicamente su ateísmo, deseaban a otras mujeres o, sencillamente, desobedecían a su marido o descuidaban sus labores en casa.

Esos centros, creados durante el siglo XIX -no sólo en España, sino en otros países como Irlanda, Francia o Italia- duraron aquí mucho más que la propia dictadura, pues no se cerraron hasta 1984. Un año más aún tardó el Gobierno en clausurar el Patronato de Protección a la Mujer creado en 1945, nombre cuyo eufemismo delata auténtica crueldad, pues se ocupaba de los reformatorios en los que se internaba a jóvenes entre 16 y 25 años sin ningún tipo de orden judicial, sólo por la decisión del tal Patronato. Ruego encarecidamente a quien esto lea que abra la dirección web de la Asociación de Madres Solteras (hoy, Fundación de Familias Monoparentales) Isadora Duncan (https://isadoraduncan.es/patronato-de-proteccion-a-la-mujer-1945-1985-el-entierro-de-la-memoria-de-las-mujeres-invisibles/), donde la pionera que fundó esta asociación hace cuarenta años relata su experiencia. María García define la función y efecto de esos centros como “un genocidio de género diseñado para las mujeres más vulnerables” y lo demuestra, no sólo describiendo el trato que esas muchachas embarazadas –es decir, descarriadas- recibían, sino con un lúcido análisis y una auténtica declaración de principios.
Me limitaré, en adelante, a destacar algunos párrafos: “Desde siempre he sabido que la memoria de las mujeres vale menos, pero, además, si esa memoria es la de las mujeres de la clase obrera y campesina, no vale nada”. “Tampoco se da importancia a la red de espionaje que se montó alrededor de este patronato, ni al papel que jugaron las juntas provinciales y locales”. “Lo peor de todo es que tampoco se habla de la ideología” que destruía como mujeres y seres humanos a las más vulnerables. Esa ideología era el nacionalcatolicismo, que contó en España con eximios misógenos, como José María Pemán, Vallejo Nágera o el ginecólogo José Botella Llusiá, en tanto utilizaban como brazo ejecutor a las monjas, aunténticas yihadistas que gobernaban los centros como militares.
“Cuando una mujer llegaba allí era despojada de todo derecho humano, se acabó la salud, la educación, la alimentación decente; daba igual que estuvieras embarazada o criando, te aislaban totalmente de tu familia y ejercían un control total de tu correspondencia, recordándote que estabas sola y que no importabas a nadie, torturándote física y psicológicamente con tareas tan absurdas como obligarte a hacer la cama hasta cincuenta veces, hasta que ésta quedara como la caja de un muerto. La formación como mujer y madre consistía en fregar de rodillas con estropajo y jabón pasillos larguísimos y salas. Sufrías llamadas de atención delante de todas las compañeras para que su coro de chivatas te acosase; ya que, si no eras una chivata, significaba que eras una rebelde; te hacían sentir en todo momento que ya no eras nada sin su control”. Si así era el embarazo, el parto no era mejor: “Como éramos solo animales, utilizaban los fórceps y en paz, o se sentaban en tu tripa después de 72 horas de parto, mientras te humillaban con vejaciones e insultos. Esa fue mi experiencia al dar a luz; en esas horas de parto no dejaron que mi hermana me viera, soledad absoluta; no debíamos tener estímulos afectivos, y menos familiares, en ese momento. Había que purgar nuestra maternidad culpable e ilegítima”.


María cuenta también, por ejemplo, que las chicas eran exhibidas durante la misa como en un mercado de ganado: “Nos hacían entrar por la puerta trasera para que desfiláramos por el centro y los machos pudieran elegir, como los depredadores eligen a sus presas, todo bendecido por su dios (no por la diosa particular que solo habita en mi corazón). Cada matrimonio que conseguían con estas prácticas deplorables les reportaba 42.000 pesetas; éramos unos activos muy productivos que además de lo mencionado, también sufríamos explotación laboral. Durante mi estancia era El Corte Inglés su principal cliente, pero hubo muchas más empresas involucradas durante años”.
Entre otros episodios de su encierro, cuenta que en una de las pocas salidas que le permitieron, fue a bailar con dos amigas. El castigo, además de una cruel diatriba, consistió en encerrarla en “una habitación oscura y húmeda, con moho en las paredes, con cuatro cunas y otras tantas camas, donde era imposible secar la ropa de los bebés”.
María contaba con el apoyo de su familia y algunas amigas, que no dejaron de intentar comunicarse con ella y rescatarla de ese infierno, a pesar de lo cual no consiguió salir de allí hasta que su hijo tenía ya seis meses. Después llegaron los terrores nocturnos, graves hemorragias por daños en los ovarios y ataques de ansiedad y problemas, entre otros, de seguridad en si misma, que no han desaparecido nunca, a pesar de que se convirtiera en una madre y una mujer extraordinaria. “Mi libertad –dice- ha estado por encima de todo (…).Yo logré salir principalmente gracias a mi madre; ella fue mi salvación, pues siempre me apoyó en mis dos obsesiones: que mi hijo se sintiera orgulloso de su madre soltera y que la Asociación Isadora Duncan (ahora fundación) creara el primer recurso laico de España para madres solteras, para que sus vidas tuvieran dignidad y las mujeres tuvieran la oportunidad de formar familias autónomas, con los mismos derechos y deberes que las demás”.
A ello se ha dedicado incansablemente esta mujer valiente, luchadora, inteligente y bondadosa, durante cuarenta años; superviviente de una ideología destinada a la destrucción sistemática y completa de las mujeres que hoy ocupa muy poco espacio en la memoria colectiva.
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