Rodeada de grandes edificios, la tienda está encajada entre un bloque de viviendas y otro de oficinas. Tiene el letrero apagado y el interior permanece a oscuras. Kristen pega el rostro al cristal del escaparate y solo distingue formas imprecisas.
Sigue lloviendo: gotas dóciles y tan escasas que han dejado de murmurar entre los charcos. Kristen entra en la tienda y el aire vibra con el sonido de una campanilla. Huele a madera, polvo y metal deslustrado. En estanterías, mesas y vitrinas, hay radios antiguas, candelabros, libros, máquinas de escribir, viejas cajetillas de tabaco, sellos y una variedad de objetos envejecidos por el tiempo tan grande que se amontonan entre sí.
Kristen se dirige hacia el mostrador dejando un rastro de humedad en el suelo. Aunque hace calor, no se quita la sudadera. Al otro lado del mostrador, y girando a la izquierda, está la puerta del despacho. Permanece abierta y los destellos de una luz amarilla se alargan por las paredes. Consciente de la escena que se vive dentro, Kristen se fuerza a mirar antes de que la rabia y el asco consigan hacerla titubear. Su padre, sentado en la mesa y de espaldas a ella, hunde las manos bajo la blusa de la mujer. Se besan con hambre y sus rostros se confunden. Desde el bolsillo trasero del pantalón, el pegamento comienza a latir y Kristen tiene que acariciarlo para que se calme. Se aleja de la puerta y busca el sostén de un armario. Las figuras de porcelana que lo saturaran tintinean y Kristen cierra los ojos. El corazón le bombea con frenesí y se marea. Del despacho brota un gemido de mujer y su padre susurra palabras que Kristen no entiende. Pero llevan el acento del deseo. Recuerda a su madre, sentada frente al Tal Majal, pegando las piezas en la penumbra del salón, las formas de los golpes tallados en la piel. Abre los ojos y, de un manotazo, se quita la capucha de la sudadera.
—¿Hola? —dice. En la oficina se oye el rumor de gestos presurosos y alarmados. Es fácil imaginar a la mujer empujando a su padre y componiéndose la ropa. Él es el primero en salir. Se detiene en la puerta para ver de quién se trata y, al reconocer a Kristen, aprieta las mandíbulas al tiempo que la coge por la sudadera.
—¿Qué coño haces? —dice. Levanta la mano libre con la palma abierta y Kristen lo mira a los ojos.
—¿Gary? —dice la mujer. Su padre suelta a Kristen y se pasa la mano por el cabello. Sonríe cuando la mujer se pone a su lado.
—Alora —dice su padre. Habla con suavidad, como si temiera romper a la mujer con la voz—. Te presento a mi hija, Kristen.
—Encantada —dice Alora. Alarga una mano hacia Kristen y, antes de que se puedan tocar, un trueno vibra en el aire—. ¡Gary! —Busca refugio en su padre y él la rodea los hombros con un brazo.
—Tranquila, tranquila —dice. Alora vigila el techo y Kristen aprovecha el momento para estrecharle la mano. Alora salta y se aparta de su padre.
—Me aterran las tormentas —dice. Las mejillas se le llenan de rubor y es incapaz de mirar a Kristen.
—¿Estás bien? —dice su padre.
—Sí —dice Alora. Aguarda el estampido de otro trueno y, como no llega, se tira del fondillo de la blusa mientras finge una sonrisa—. Perdona, pero las tormentas me ponen muy nerviosa. De niña me escondía bajo la cama con mis hermanos. —Kristen cruza los brazos sobre el pecho y se empeña en que su sonrisa se burlona.
—Mi madre sale a la calle para verlas —dice. Su padre inicia un movimiento hacia ella y logra contenerse. Alora ni siquiera se da cuenta.
—Pues qué valiente —dice.
—Ni te lo imaginas —dice Kristen. Se lleva las manos hacia el pegamento porque se agita intentando salir—. ¿Y qué es lo que tengo que hacer?
—Tu padre te lo explica, ¿vale?
—Vale. —Kristen pasa entre los dos y Alora se aparta de ella—. Solo son truenos. En la vida hay cosas peores. —Se detiene junto a la mesa donde su padre y Alora se besaron, y acaricia la superficie con los dedos—. Mucho peores. —Alora se lleva una mano a la boca y enrojece de nuevo. Su padre empieza a seguir a Kristen y ella ve en sus ojos qué es lo que la espera.
Continuará…
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