Todo es franquear el umbral querido y Anna, la más pequeña, se cuelga a mi cuello. Lleva su perfume de mujercita y ese extraño abrigo de lana escocesa que preludia, de algún modo, el amor. Sale para el champán y unos buenos pollos precocinados, celebración humilde pero eficaz. Cansada y servil emerge la figura paterna, por fin una sonrisa en su viejo rostro ruso y un abrazo cordial. Tío Rosko también me da la enhorabuena, que en su caso no deja de ser la en hora buena, y tía Geltrud descuida por un momento sus deberes —bien que mínimos— como cocinera, y estampa un rotundo beso de allegada feliz en mi mejilla pinchosa. Vamos, un afeitado y a la mesa, parecen decir todos con esa apostura decimonónica de que se sabe vestir la felicidad.
Un momento y entran Anna con sus pollos, la botellita escuálida y Alia, dispuesta ya a ser mi novia para siempre, ofreciéndome sus labios más rojos que nunca. El cuadro se completa con una mirada nostálgica al retrato de la mamá muerta y un mínimo silencio, que a todos nos molesta. De inmediato tío Rosko, que desempeña con soltura el muy social y muy noble oficio de trinchador, se interesa por mi futura economía, aunque tía Geltrud, siempre discreta, sabe reconvenirle con la mirada. La figura paterna me estrecha una vez más con sus brazos, lo cual, dadas otras circunstancias y unos actores menos expectantes, hubiese parecido excesivo. Anna, diletante de la felicidad, aprovecha este momento único para emborracharse, acallando esa pequeña pasión que sus ojos bien negros saben disfrazar de olvido. Aliuska sabe fingirse mía y atenaza fibra a fibra con su vocecilla común y acaramelada mi voluntad de tentetieso.
Todos estamos cansados, pero la vaga idea de un futuro feliz, apartado del hambre y la incertidumbre, nos mantiene en las sillas, con ese aire de apóstoles de una religión doméstica y frugal. Tía Geltrud quiere hablar ya de matrimonio, ante la mirada dulce y morosa de mi Aliocha, pero se decide finalmente por dividir con una simetría entre nerviosa y adusta el pudin inédito —algo de cebolla y queso que perdura sin remedio en nuestros alientos, a pesar de que la figura paterna se empeña en regarlo todo con el escaso champán que Anuska ha paseado por todo Moscú bajo su abrigo de raso.
Llega la hora de las confesiones: la hermanita ha conocido a Alesander, un hermoso contrabandista y usurero que tiene su domicilio en los ojos negrísimos de la que lleva mi sangre; Alia, Aliocha, Aliuska no ha conocido por supuesto a nadie —y acaso es cierto: no puedo imaginar en ella la astucia de una mentira; la figura paterna y tío Rosko se han amistado con el vodka y representan un cuadro clásico con mujiks desastrados y satisfechos; Tía Geltrud calla, quizás porque el comentario sobre las excelencias del pastel se demoran.
Terminan los brindis —la mamá muerta, las nuevas, inminentes relaciones, también la próxima victoria del equipo local. Yo acabo en mi pieza de soltero, acaso por última vez, y pienso, mientras acaricio las formas sinuosas y frías que acaban en cañón o en cargador, que incluso no ha de ser tan duro esto de trabajar, el viejo sueño de una prolongada juventud. Y duermo, pensando en las manitas de Aliocha y en las mías, nuevamente enlazadas, bien limpias para la ocasión.
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