El silencio de Enoc explora el peso de la culpa y la fragilidad de la conciencia cuando una persona intenta justificar aquello que no se atrevió a hacer. Me interesaba la idea de un Enoc anciano, agotado, enfrentado no a los ángeles ni al diluvio, sino al recuerdo de su hija y al silencio. Por eso la novela alterna distintas voces —Enoc, Lilit y los vigilantes—, porque cada una contempla los mismos hechos desde heridas diferentes.
No he pretendido escribir una novela religiosa ni una reinterpretación doctrinal de los textos antiguos. Siempre me han atraído los mitos que sobreviven durante siglos porque, bajo la épica y los símbolos, esconden emociones reconocibles: el miedo a perder a los hijos, la necesidad de pertenecer, el deseo de libertad o la imposibilidad del perdón. La historia bíblica era solo el punto de partida; lo verdaderamente importante para mí era hablar de la memoria, del amor y de esa pregunta incómoda que atraviesa toda la novela: qué ocurre cuando obedecer también nos convierte en responsables.
Capítulo I
La psiquiatra
Recuerdo que una vez le escuché comentar a mi hija que no hay redención en la obediencia, sólo en la responsabilidad. Lo parafraseaba entre susurros, con esa candidez propia de las madres primerizas, mientras abrazaba a su vástago en el regazo. Él la ignoraba, distraído por las piruetas con las que el perro guardián intentaba atrapar una mosca junto a la puerta de nuestra cabaña.
Aquel día también ahogaba el calor, como hoy, aunque entonces el verano parecía asomarse la mayor parte del año y la arenisca del desierto se entretejía con el sudor de la frente. La tierra era todavía imberbe, el cielo de una amplitud inefable; las ciudades no habían nacido y el olor del polvo en la brisa era un amigo reconocible que besaba el rostro con una caricia.
Las manos tiemblan cuando las apoyo en los muros de acero: no hay adobe. La ciudad es un laberinto de montañas entre las que apenas distingo un cielo agujereado. Sombras en movimiento. Prisa, siempre la prisa: un reguero de hormigas impacientes, desorientadas.
Ante la puerta de la clínica psiquiátrica me asaltan de nuevo las dudas. Es un edificio blanco como la nieve. Permanezco unos minutos con el dedo apoyado sobre el timbre, junto al cartel con el nombre de la doctora: Noemí. Aprieto los dientes y pulso el interruptor con fuerza, pero el sonido de la campana es apenas un tenue tañido. Sin una contestación, escucho el rechinar de los batientes y la hoja se abre sola.
En el interior de la habitación, una mujer morena de mediana edad, con el pelo recogido y bata blanca, teclea con energía delante de un ordenador. Tiene rasgos mediterráneos. Levanta la mirada despacio y nuestros ojos se encuentran. Su rostro es sereno, cuerpo de junco, con un lunar bajo el párpado derecho. Mis manos comienzan a temblar, avanzo con paso quedo y un nudo en la garganta que me hace salivar.
—Bienvenido, Antonio. Soy la doctora Noemí. Estaba repasando su historial. Veo que ya ha estado en contacto con otros profesionales del sistema sanitario.
La psiquiatra se levanta y me estrecha con empatía la mano. El roce de nuestra piel despierta una sensación olvidada. Una descarga de electricidad que eriza el vello, como si mi viejo pellejo adormilado fuera alertado por la proximidad del recuerdo. Observo con detenimiento sus ojos, solo por un segundo, he creído percibir que sus pupilas también se dilataban sorprendidas por el contacto. Aunque esa sensación muere en un pestañeo y retorna a la fría amabilidad del galeno.
—Siéntese, por favor. Creo que busca una segunda opinión sobre su caso, Antonio.
Asiento con un leve ademán de cabeza, junto las manos bajo la barbilla e inspiro con fuerza.
—En realidad mi nombre es otro.
La doctora comprueba de reojo la pantalla y enarca una ceja.
—Bueno, es el nombre que figura en su documento nacional de identidad: Antonio Gómez, natural de la ciudad de Cuenca, y con una edad de setenta años.
Me recuesto en el sillón, supongo que tengo el ceño fruncido, mientras agito las manos y empuño el bastón con fuerza. Me preparo para contar de nuevo mi historia.
Volveré a encontrarme con esa expresión odiada en el rostro de mi anfitriona: la mirada benevolente, velada por la lástima. Y después las recetas con antipsicóticos, expedidas con premura y sin contemplaciones para callar al loco.
—Es correcto. No niego lo que pone escrito en ese papel. Soy consciente de que lo que le voy a contar sonará inverosímil y probablemente, piense que soy un demente. Sin embargo, sólo aspiro a que me escuche. Sin juzgarme. Nada más.
La doctora Noemí abre las manos como en una ofrenda y sonríe. Tiene los dientes algo amarillentos, probablemente por el tabaco y el abuso del café. Inspira y exhala antes de contestar.
—Estoy aquí para ayudarle. En mi profesión es básico la escucha del paciente. No se preocupe, estoy acostumbrada a relatos extraños. Los rincones de la mente son miespecialidad. ¿Le importa que grabe nuestras sesiones y tome notas? La inteligencia artificial generará un resumen, pero mis acotaciones personales me ayudarán a comprenderle mejor.
Sus manos se mueven con la precisión de un relojero. Antes de escuchar mi confirmación saca de un cajón una grabadora, un cuaderno y un bolígrafo. Arqueo los hombros en un gesto vago, sin demasiado convencimiento.
—Perfecto, entonces comencemos. En su historial, indica que está buscando a su hija.
—Sí. La perdí por obediencia, no tuve más opción que acatar una orden. No fue una traición, pero no puedo evitar el remordimiento. Mi tiempo se agota. Necesito encontrarla y explicarle por qué sucedió todo aquello.
Ensimismada en su tarea, la doctora conecta la grabadora al ordenador, realiza una prueba de sonido con el micrófono y en su rostro se dibuja una sonrisa de satisfacción. Sus mejillas poseen unos rasgos suaves, me recuerdan a un melocotón maduro, dorado por el sol y el abrazo de las arenas. En una esquina de la mesa, hay un pequeño portafotos con dos ancianos y una niña de rasgos árabes. Intuyo que deben ser sus padres y que no está casada. Junto al monitor, hay otro pequeño jarrón similar al de la recepción, también adornado con amapolas amarillas del desierto. Son hermosas.
—Comprendo, ¿cuál es el nombre de su hija?
Siento sed. Saco una pequeña botella de agua de la chaqueta y bebo un sorbo.
Balbuceo la contestación.
—Naamah.
—Naamah —repite ella.
La doctora detiene la escritura, su rostro queda pensativo, el bolígrafo suspendido sobre el papel. Eleva la mirada y nuestros ojos se encuentran de nuevo.
—Es un nombre bonito, debe ser muy antiguo. No me extrañaría que se remontara a una época arcaica, incluso a la de los Sumerios.
Inspiro las sílabas con placer, Naamah, la mujer agradable, la sanadora de las desdichas, dulce como los higos maduros en verano.
—Es de origen hebreo.
Noemí asiente con un leve ademán y retorna a sus notas.
—Antes me ha comentado que su identidad real no se corresponde con la del DNI.
Creo que todavía no he conectado con ella. Leo en su expresión el mismo escepticismo de las otras mujeres, la incomprensión con la que fracasé en mi búsqueda con anterioridad.
—Ya lo ha leído en la pantalla, doctora. Yo soy Enoc, el que caminó con el Creador antes del diluvio… o eso recuerdo haber sido.
Ella se detiene, golpea de forma imperceptible la punta del bolígrafo en repetidas ocasiones contra el papel y frunce el entrecejo.
—Sí, he leído los informes en el sistema informático. Se refiere al patriarca bíblico del Génesis. El bisabuelo de Noé al que Dios se llevó al cielo. El profeta de los textos apócrifos. No soy una persona religiosa; sin embargo, estaríamos remontándonos a un periodo de hace miles de años. Se conserva usted muy bien.
Siento el pecho henchido de orgullo, quizás sea una vanidad insensata, pero no puedo ocultarlo. Aunque los dientes me castañean, cierro el puño y lo agito en el aire como el mástil de un velero.
—Sí, fui convocado junto al Altísimo. Desde que existe la memoria, he sido el escriba celestial. No hay mayor honor.
A pesar de la chaqueta, siento los huesos helados, un frío polar que entumece los miembros. Me abrazo los hombros y los masajeo con la torpeza de quien lucha contra algo inevitable.
—¿Tiene frío? Puedo desconectar el aire acondicionado.
—Sí, por favor, doctora. No estoy acostumbrado.
Una vez restablecida la temperatura, recupero la compostura.
—¿Entonces ha permanecido durante este periodo junto a los ángeles?
Quedamos en silencio. Busco las palabras adecuadas. No logro pensar con claridad. Estoy confuso. Mi tiempo se agota, los latidos del reloj anuncian una caída inexorable del telón.
—Doctora, estoy en este mundo por un propósito. Escúcheme, por favor. No he venido a hablar del Creador, del Hijo del Hombre o de ángeles y demonios. Tengo una tarea pendiente. Un remordimiento que me subyuga el alma. Tuve que acatar una orden terrible. Un mandato que me carcomió el corazón. No me arrepiento de lo que hice, pero tengo que encontrar a mi hija. Su espíritu todavía vaga en este mundo. Debo explicarle por qué actué como lo hice. Solo así podré acallar mi conciencia.
Noemí aprieta los labios y continúa escribiendo. Es como si no me oyera o no deseara hacerlo. Luego apaga la grabadora con un gesto indolente.
—He escuchado a personas que dicen que no decidieron… que solo siguieron lo que se esperaba de ellas —dice Noemí sin levantar la vista de sus notas.
—¿Y les cree?
—No. La mayoría de los pacientes suelen necesitar pensarlo así. A veces la culpa les conduce a inventar una historia para sobrevivir.
—No miento, doctora.
—¿Y si su hija nunca existió, Antonio?
Novela: El Silencio de Enoc
Autor: Manuel Sánchez
http://www.manuelsanchezescritor.com
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