viernes, septiembre 4 2026

Mujeres en femenino y en plural.- La cajita de los porqués de Encarna Pérez

Cuando su abuela le entregó aquel pequeño paquete envuelto con un lazo de raso, Almudena no se imaginaba que su contenido iba a cambiarle tanto la vida. Lo deslió con parsimonia, como le habían enseñado, disfrutando de los bellos dibujos estampados del envoltorio.

Le pareció que sostenía el objeto más hermoso del mundo.

—¡Qué bonita es! —la acarició delicadamente para no dañar sus incrustados cristales de colores.

—Me alegro de que te guste —se apresuró a contestar la abuela, emocionada porque su nieta valorara el encanto de las cosas sencillas.

Durante unos días, Almudena contempló aquel regalo, haciéndose la misma pregunta: «¿Para qué puede servir?».

Porque, aunque la abuela tenía razón, y la pequeña empezaba a entender la belleza de lo que la rodeaba, su mente parecía estar desarrollándose hacia una visión pragmática de la vida: todo debía ser de utilidad.

Un sábado se despertó, miró la cajita y lo supo cuál iba a ser el fin de aquel objeto:

—¡Será mi CAJITA DE LOS PORQUÉS!

Estaba ilusionada. Le había dado forma a su proyecto.

«Escribiré preguntas que no me sé contestar y las guardaré en la cajita hasta que tenga las respuestas».

Feliz, cogió un folio en blanco y escribió:

—¿Por qué calienta el sol?

Luego cogió unas tijeras, recortó lo escrito y lo guardó en la cajita. Sonrió satisfecha ante la gran idea que había tenido. Volvió a anotar en el papel:

—¿Por qué el sol es redondo?

Lo recortó y lo introdujo en la cajita.

«¡Dos!», pensó, contenta del uso que le estaba dando al regalo. Siguió preguntándose sobre el sol. Después de un rato, y a pesar de que todavía le quedaban más sobre el astro, cambió el objeto de sus preguntas:

—¿Por qué la luna es plateada?

—¿Por qué cambia de forma?

—¿Por qué desaparece durante el día?

Escribió, recortó y guardó. Preguntó por las estrellas, por el cielo, por la tierra. Compaginó preguntas sobre el mundo con otras que sucedían en su interior:

—¿Por qué a veces me siento triste sin razón?

—¿Por qué a veces me siento tonta, aunque me digan que soy lista?

—¿Por qué el tiempo pasa más rápido cuando soy feliz?

Casi una hora después, se notó cansada.

—¡Solo tengo nueve años! —se dijo, como si tuviera que justificarse.

Dejó el lápiz, apartó los folios recortados y se acercó la cajita. Contó quince preguntas. De golpe, se entristeció.

—No acabaré nunca…

Rápidamente, resurgió su mente práctica:

—¡No tengo que escribirlas todas en un día!

Se durmió con una gran sonrisa, imaginando acabada aquella tarea y agradeciendo a la abuela el gran regalo que le había hecho. Los días iban dejando de tener el interés que siempre habían tenido para Almudena. Su rutina se transformó. En la escuela pensaba las preguntas, que luego en casa escribía,
recortaba y guardaba. Sus juegos en el patio se redujeron, y pasaba más ratos a solas. Por la tarde hacía rápidamente los deberes para tener tiempo libre para su proyecto.

Una semana después, llegó a una conclusión:

—La cajita se llenará y no cabrán todas mis preguntas.

Al tiempo, otra más importante se activó en su mente: cuántas más preguntas escribía, más se daba cuenta de lo poco que sabía y de lo mucho que le quedaba por aprender. Aquel pensamiento la abrumó; en lugar de desistir, trabajó con más ahínco. A su madre empezó a preocuparle el tiempo que pasaba sola en su escritorio. Seguía yendo a sus actividades extraescolares, pero ya no remoloneaba para regresar a casa ni pedía ir a la de sus amigas. Le preguntó y las palabras de su hija la desconcertaron:

—¡Estoy muy bien, mamá! Estoy haciendo una cosa muy importante. ¡Cuando acabe, te la enseñaré!

Un mes después, la abuela les visitó. Almudena se tiró a sus brazos y la arrastró hacia la habitación.

—¡Abuela! ¡Mira lo que estoy haciendo! Mi CAJITA DE LOS PORQUÉS.

Inmediatamente, la alegría dio paso a un profundo llanto, que desconcertó a la mujer.

—Pero ¿qué te pasa, princesa?

—Tengo muchas preguntas por responder…escribo y escribo, y en lugar de acabar, se me ocurren más… es como si cada día supiera menos.

La abuela la miró perpleja. Su hija le había explicado su preocupación por la pequeña, que ya apenas quería salir de su habitación. No era eso lo que ella había esperado cuando le compró aquella caja y se sintió culpable.

—Mi niña, querer saber es muy bueno, pero no encierres tus preguntas…

—No las encierro, abuela. Es para que no se me vayan de la cabeza, que no se me olvide todo lo que tengo que saber de mayor.

—A veces, es más importante saber que todavía hay cosas por descubrir que tener respuestas para todo. Crecerás y te harás preguntas que ni sabías que existían, pero si te preocupas en entender todo lo que te rodea puedes olvidarte de vivirlo. Quieres aprender para el futuro, pero te estás perdiendo el ahora. Lo esencial no es hacernos preguntas, sino estar en la vida, incluso sin entenderla.

Almudena se limpió las lágrimas que caían por su rostro.

—¿Quieres decir, mirar el cielo sin preguntarme por qué es azul?

—Eso es, pequeña. Vivir, estar ahí.

A la mañana siguiente, Almudena vació de papeles su cajita y la colocó en la estantería al lado de sus muñecas preferidas.

Se quedó pensando un segundo.

Cogió un folio; escribió, lo recortó y lo guardó en aquel objeto que había dejado de contener preguntas: a partir de ese momento, sería una cajita que contenía un hermoso aprendizaje. Ese día y los siguientes, volvió a jugar en el patio de la escuela y a querer ir a casa de sus amigas. Se le seguían ocurriendo preguntas: algunas las formulaba en voz alta; otras, las desechaba. Llegaría el tiempo de las respuestas.

«Ahora es el momento de sentir», recordaba cada noche las palabras de su abuela, mientras miraba su hermosa cajita con incrustados cristales de colores.

@Encarna Pérez Pérez
Relato presentado al concurso de facebook Cuentos con Alma y emitido por Unidos por la
música, Radio Valencia.


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