Las manos se aferraron a la vida cual precintos de carne azul. Giró el mundo alrededor del volante. Una, dos, dos vueltas y media: casi tres días sin sus noches. La mente, anclada a un cerebro ateo y gelatinoso, se contentó con un sencillo vuelo de cabotaje.
Sobre el tramo de ruta vacía acampaba un espejismo de mar. El camión de arena, desbordado de culpa, se había vomitado una playita; brillaban como luces de pesquero las parrillas de una Ranger.
Decidió descender cuando las aspas de los helicópteros amenazaron con despeinarla. Lo hizo distraída, simulando una partida de Tetris con los techos de los coches.
“Es mentira que la sangre es dulce”, pensó. El óxido le amargó la boca como el ramo de flores al que se negaba a cambiar el agua. ¡Desde el jueves! Y entonces pudo ver, no sin cierta desolación, cómo aterrizaba un pétalo cetrino sobre la mesa de melanina.
NATALIA DOÑATE
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