En la plaza dormida del tiempo,
una guitarra despierta el ayer.
El verso camina con pasos lentos,
la canción canta lo que no se ve.
—¿Y si el alma tuviera estaciones? —
susurra el verso, mirando el olivo.
—Sería septiembre su renacer —
responde la canción, con tono vivo.
El eco se recoge en silencio,
y se convierte en palabra nueva:
donde hubo ausencia, hay presencia,
donde hubo sombra, hay una estrella.
El verso asiente, con ojos de niño,
la canción puntea un acorde lento.
Y algo invisible, como un suspiro,
les enseña el arte del tiempo.
Así, entre dos, nace el poema:
ni solo canto, ni solo papel.
Es memoria que danza serena,
y se convierte en ritual fiel.
@Fabiola Rubio
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