3.15 Hs. A.M. by Williams Nuñez

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Cory podía oír el sonido de los pies arrastrándose y el que hacían las rueditas del tubo de oxígeno. Ese chirrido horrible, molesto, que durante las noches de su infancia oscura y terrible, soportaba como castigo del infierno. Era el abuelo Mertz. Con su tos llena de flemas, sus ojos desorbitados, su boca desdentada y entreabierta tratando de tragar algo de aire para sobrevivir un día más. Lo veía salir como una sombra encorvada de bata gris y cabellos ralos y deslizarse hasta su habitación para simplemente, mirarlo. .Nunca alcanzaba a decirle nada. Su voz se ahogaba en estertores y mientras la saliva goteaba por su barba hirsuta, temblaba. Y Cory también…

Aquello ocurría cada dos o tres noches. Siempre a la misma hora. Tres y quince de la madrugada. Al principio intentó no contarle nada a su padre, pero a medida que pasaban las noches de mal dormir, decidió hacerlo. Su padre solo se rio. Le dijo que el abuelo Mertz era inofensivo y que quizás, a pesar de su enfermedad terminal, sólo estaba tratando de cuidarlo. Tratando de saber si estaba bien allí. En la casa vieja. Rodeado de sombras y muebles antiguos y retratos solemnes de parientes con miradas frías y sonrisas congeladas. Acunado por el susurro del viento helado, aullando, como un espíritu en los techos de tejas negras. Entonces se le ocurrió detener aquello de alguna forma y antes de irse a dormir, colocaba una silla trabando el picaporte además de una vuelta de llave a la puerta de su habitación, tratando que su padre no se enterara, durante la mañana muy temprano se levantaba y corría la silla y quitaba la llave. Pero esa solución duró nada más que dos o tres noches. El anciano entraba igual. Ante los ojos desmesuradamente abiertos del pequeño, aterrorizado, la figura achacosa, tambaleante, parecía atravesar la puerta y quedaba inmóvil dentro. Intentando decirle algo. Fue una semana de ojeras, bostezos y mal humor. Cory se veía exhausto. En ocasiones, a su padre le parecía que estaba a punto de caer desmayado. Comía poco. Lo enfrentó.

  • —¿Qué te ocurre niño ahora? Me he dado cuenta que ya el abuelo no te molesta por las noches como antes…-

El pequeño lo miró con sus ojos somnolientos, como tratando de entender.

  • —En estas últimas noches cerré con llave la puerta de su habitación, no sin darle antes el sedante más fuerte que conseguí que le recetaran…últimamente su sueño es bastante profundo, lo oigo roncar tras la puerta. –

 

Williams Nuñez—


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