lunes, agosto 31 2026

ALDABAS DE MISTERIO by VECCA PREETZ

Hay un haz de luz conectando mi boca al olvido.
Lo descubrí tarde, como se descubren las cosas que importan: de rodillas, con
las manos vacías y la certeza extraña de que el suelo debajo no era el mismo
de siempre. Algo había cedido. No yo. El mundo que construí para que me
contuviera.
Fui dejándolo en gajos.
Primero el nombre que me pusieron los otros, ese que cargué como una valija
sin ruedas durante años. Lo fui soltando sin ceremonia, sin discurso, sin que
nadie lo notara demasiado. Un gajo.
Después el modo en que sonreía cuando no quería sonreír, esa máscara tan
bien tallada que a veces me miraba al espejo y la veía a ella antes de verme a
mí. Otro gajo.
Luego vinieron las palabras que no dije, los cuartos de mi casa que visité como
turista, las conversaciones que terminé antes de empezarlas porque ya sabía
cómo iban a doler.
Todo eso lo fui dejando en algún camino que no recuerdo bien.
Los mapas que cargo ahora no tienen fronteras. Son trazos que señalan hacia
adentro, que no separan ni dividen, sino que conectan puntos sombríos que yo
misma había negado. No sé si eso se llama libertad o es honestidad. Tal vez
son la misma cosa dicha con distinto miedo.
Hay fragmentos míos diseminados en años que ya no vuelven. Los veo a
veces, como destellos, como cuando el sol pega de costado sobre el agua y
encandila un segundo antes de irse. Una versión de mí sentada en una silla
esperando que alguien le dijera que podía levantarse. Otra versión con la voz
apagada a la mitad de una oración importante. Otra más, durmiendo con los
ojos abiertos en una vida vestida como ropa prestada.
La realidad se fue desintegrando despacio, silenciosa. Un día menos de algo,
una semana siendo otra en el espejo, un mes donde las palabras llegaban
tarde y cuando llegaban ya no servían.
Y sin embargo.
En ese desmoronamiento encontré la primera aldaba.
Estaba ahí, fría al tacto, pesada, oscura de tanto tiempo esperando. No sé bien
qué se abre del otro lado de una aldaba que espera. Nadie lo sabe hasta que
deja de tener miedo al sonido que hace el hierro contra la madera y golpea.

Golpeé.
No ocurrió nada extraordinario. No hubo voz ni luz ni respuesta que llegara
desde afuera. Hubo un eco hacia adentro. Un golpe que viajó por mis huesos y
llegó al centro. Algo que siempre estuvo, que nunca se fue.
Esa fuerza que no viene. No llega. No la trae nadie.
Ahora camino distinto. No mejor, no peor.
Distinto. Con la certeza de que cada paso deja atrás un gajo y construye algo
que aún está sin nombre.
Me acostumbré a no ponerle nombre rápido a las cosas.
Las cosas nombradas demasiado pronto se vuelven jaulas.
El haz de luz que conecta mi boca al olvido no me asusta.
Sé que el olvido no es mi enemigo. Es la condición.
Sin olvido no hay transformación, solo acumulación. Y yo estuve demasiado
tiempo acumulando lo que no me pertenecía.
Hay aldabas todavía sin tocar. Las siento.
Algunas dan miedo por eso son las que más me interesan.
Sigo en movimiento y eso, por ahora, es suficiente.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo