Es la misma sensación, siempre. Resulta que tomo el colectivo más directo, enfilo las grandes avenidas y el calor porteño, aguardo con la caña fresca en las cercanías del cinematógrafo, adquiero la infalible bolsa de maíz inflado y me siento en la butaca roma, de respaldar siempre demasiado cómodo. Las parejas empiezan a rondar, a encaminarse hacia los espacios menos transitados, entre la urgencia del deseo y la costumbre del amor. Las viejitas se producen irremediablemente, siempre con esa pose de desinterés, a medias entre la obligada inspección de un imaginado y obsoleto departamento de censura y la remota posibilidad de pertenecer a la familia del dueño de la sala. Avanzan como mastodontes los grupos de pibes, normalmente tardíos, cuando todo está ya a punto de empezar, y en el gesto llevan la mueca de los que nos perdonan la vida, a pesar de las molestias ocasionadas por las piernas frecuentes, ya dispuestas para el espectáculo. A veces una niñita sonríe en la primera fila, desatendida por los padres, verdaderos espectadores —la niña es cascarón de huevo y solo acierta a sentarse donde le venga en gana.
Pero es la señal inequívoca de la inminencia, del comienzo final. Empiezan con anuncios y trailers, primero de mercerías contiguas y cafés cercanos. Todavía soporto, entre murmullos de aprobación, el nuevo anuncio de la cocacola y la media docena de escenas arrebatadas a películas próximas —pero ya es imposible, este sudor.
Un pálpito más y la película definitiva, títulos de crédito que inician el desfile, la más absoluta oscuridad, el más guardado silencio y yo que no aguanto más, que agarro mi cartón de palomitas y atravieso la araña indignada y expectante de piernas y toses acusadoras, que me mudo a otra sala, donde todo vuelva a estar otra vez a punto de comenzar.
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