El valor se vincula, en estos tiempos marcados por la aceleración y el mercantilismo, con lo pecuniario. Los objetos fluctúan en relación a lo económico sin llegar a rozar nuestra existencia. Otro tipo de realidades, en este caso las artísticas, ofrecen un trasfondo aparentemente inútil, aunque de gran profundidad para lo humano. La cultura resultante, en opinión del dramaturgo T. S. Eliot, es lo que dota de valor a la vida. Así es posible la elevación por encima de lo mundano. Se dota a realidades en principio inoperantes de una carga reflexiva conectada a nuestra esencia. Esta indagación constante nos define en gran medida. Si algo caracteriza al ser humano es la búsqueda de orientación y el arte, junto a la filosofía, se afana en esta tarea imposible. En este punto se localiza el principal acierto del libro de Rafael Herrera, no esquiva la pretensión de lograr una guía en contraste con la pérdida de dirección actual.
El filósofo se lanza en Que la vida valga más al análisis de la obra de Gustavo Torner. Un clásico inagotable, según sus propias palabras. El autor conecta con su yo infantil para enhebrar el vínculo con el creador conquense. En su niñez quedó fascinado por uno de sus rincones favoritos en Madrid: la plaza de los Cubos. En la actualidad, años después de esa conexión con las formas del rincón madrileño, cierra el círculo y la deuda contraída. Se sitúa frente al artista haciendo uso de su formación filosófica y procura un estudio en el que marca un diálogo intergeneracional como camino intelectual. Herramienta, esta última, propia de la tradición filosófica occidental. Rafael nos invita a una revisión filosófica de la obra de Torner, pues el arte, cuando adquiere una dimensión mayúscula admite múltiples lecturas. También nos convoca a participar en la reflexión sobre la verdad: su libro es un estímulo ineludible. El filósofo se interroga sobre la obra de un artista con una profunda hondura. Quizás en este punto, además de la belleza inherente a su obra, se encuentre el nexo privilegiado a partir del cual filósofo y creador intercambian sus papeles. Así, volviendo al título del libro, se impone lo intangible frente a la era del rendimiento.
Para Herrera arte y filosofía convergen. En ambos casos se produce una búsqueda reflexiva. El filósofo escoge a Torner por el motivo aludido; considera que en su producción se da una mirada inquisitiva sobre lo real. Lo interesante de la pintura mental de Torner es su alejamiento de la mímesis, o imitación creativa de la realidad; propicia la reflexión. Ahora bien, lejos del logocentrismo platónico denunciado por Herrera, introduce dinamismo frente a la palabra. La interpretación de la obra artística, frente a la palabra, es inagotable e inabarcable. Permite múltiples relecturas para ampliar el sentido. El texto, por su parte, es más limitado. Se encuentra aquí la motivación de Rafael Herrera para continuar alimentando su curiosidad existencial, pero por caminos alternativos a los de su formación. Algo que deja claro en su trabajo.
La creatividad resultante del quehacer del artista es desvelamiento en un sentido heideggeriano. Se anhela la verdad, aunque nunca se alcanza, pues la creación es un terreno inagotable. En este punto emergen las posibilidades para dotar de significado a la vida. Filosofía y arte están implicados en la posibilidad de establecer un fundamento. Torner representa a la vanguardia y se asoma al vacío provocado por la superación de la tradición. Se atreve a dar un paso adicional para caer en la pérdida de referencias que, sin embargo, invita al pensamiento. El creador conquense entiende la realidad como continuo, tal y como había hecho Heráclito, filósofo al que dedica uno de sus homenajes. No hay, por tanto, ruptura, solo una diversidad para generar interrogantes existenciales. La obra de Torner se sitúa en una tensión ambivalente y en principio antagónica, invita a la extinción del yo al tiempo que establece una ironía arraigada en lo subjetivo. Expresa la hondura de un pensamiento que desborda el lenguaje. “El arte es filosofía, quizás la más alta”, nos recuerda Herrera. La ironía vitalista de Torner le mantiene alejado del sinsentido. Así, esquiva el marasmo y mantiene el interés por el desvelamiento.
Lo habitual, lo transitado es el punto de interés, aunque bajo la mirada rupturista con lo aceptado. El arte, pues, se torna conocimiento. Llega el punto en el que filósofo y artista se dan la mano para interrogar al ser, para perseguir respuestas intuidas. No hay solución: solo camino. Y recorrerlo ya da valor a la existencia. Este misterio vital es arrostrado por la actitud valiente y decidida de la filosofía y el arte. Disposición que nace del asombro, de la rebelión contra la vaciedad. Por tanto, se consigue, o al menos se pretende, la disolución del absurdo. No cabe el derrotismo en la obra de Torner, el humor y la ironía, como muestras de inteligencia, son los mejores antídotos. El creador se ríe del destino y lo rebasa. Es capaz de trascender, gracias a su obra, la arbitrariedad y causalidad de la finitud. El arte, aunque también la filosofía, nos proporciona una intencionalidad para dotar de valor vital lo material. El objeto, en cuanto obra de arte, captura la esquiva noción de lo artístico. Esta convergencia entre arte y filosofía amplía el sentido más allá de la fría asepsia cientificista. Queda, en todo caso, el reconocimiento a Rafael Herrera por cultivar, tal y como han hecho otros, incluido el propio Gustavo Torner, el humanismo capacitado para enriquecernos y romper con la cotidianeidad. Una disposición indispensable en estos tiempos surcados por la mercantilización. Hacer que la vida valga más no es una meta, sino una tarea inagotable. Y quizá lo decisivo sea no renunciar a ella.
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