jueves, mayo 21 2026

El puente por Ricardo Mazzoccone

Al abrir los ojos, una oleada de náuseas lo abofeteó y un fuerte dolor de cabeza lo obligó a gritar. Mareado como estaba, quiso incorporarse y salir de ese cuarto impregnado de olores antisépticos, más al pararse sobre sus piernas cayó pesadamente al piso.

El ruido al caer y los monitores chillando, alertaron a la enfermera de turno quien inmediatamente llegó al cuarto y encontró al paciente tirado en el piso. Les pidió a los enfermeros lo acomodaran nuevamente en la cama y llamó al médico de guardia.

La doctora de turno llegó a los pocos minutos, lo revisó y al ver que estaba consciente le dijo.

—Buenas noches señor Álvarez, le pido por favor se tranquilice para que podamos conversar.

Armando Álvarez la escuchó y decidió que lo mejor sería hacerle caso pues, se encontraba muy confundido y no recordaba cómo llegó a ese lugar.

-Bien, muchas gracias. Mi nombre es Paula y su enfermera se llama Marina; estamos cuidándolo desde que llegó. – le explicó con pausada voz.

  • ¿Pe…pero cuando llegué? ¿Y por qué? ¿Qué me pasó? – dijo con voz entrecortada por la angustia.
    La doctora miró a Marina.

—¿No recuerda nada…?

—Le pido por favor haga un esfuerzo para recordar.

El hombre se quedó pensando, sin obtener resultados.

—No doctora, no sé qué hago aquí.

—Recuerdo un puente, solo eso, yo estaba allí…y desperté en este cuarto ¿Estoy en una pesadilla? —Gritó y trató de incorporarse sin éxito pues un enfermero lo retuvo en la cama.

Al ver que perdía el control, Marina le aplicó un sedante.

—Me preocupa Marina, no contaba con este síntoma de amnesia. Hablaré con el doctor Celion, quiero saber que piensa—dijo Paula.

—Vamos, ahora que está durmiendo te invito un café.

La enfermera aceptó de inmediato y salieron caminando hacia el bufete. Mientras tanto, los sueños de Armando no se hicieron esperar…

“Se vio a sí mismo en un barco de gran porte, acompañado por una mujer llamada Delia. De pronto, un manto de oscuridad apagó las luces, dejando todo en tinieblas y entre estas, solo lágrimas, dolor, un puente, una capilla y la muerte”

Se despertó otra vez en medio de la noche a los gritos, aterrado. Ni siquiera había transcurrido una hora desde que fuera sedado.

A los pocos segundos, Marina y uno de los enfermeros estaban allí.

—Me ahogo, me ahogo—gritaba enajenado, con los ojos cerrados.

—Es solo una sensación Armando, termine de despertar por favor—le ordenó Paula cuando entró y lo vio.

El hombre abrió los ojos y al instante se calmó.

—¿Qué ocurre doctora?

—Tuvo una pesadilla, cálmese que no hay peligro de nada. ¿Quiere hablar de ella? ¿Recuerda algo?

—No…nada…perdón…sí…ahora recuerdo; me estaba hundiendo en el agua y no podía nadar…había un barco y una capilla…no sé.

—Bien, muy bien, aunque sueltos, ya hay cabos, solo resta atarlos. ¿Recuerda algo más?

—No. Ahora dígame como llegué hasta aquí.

—¿Está seguro que quiere hablar ahora? Son las tres de la mañana. Bien, espero lo ayude a recordar. Hace tres días que está usted aquí internado. –

Se hizo otro largo e incómodo silencio.

Y fue Armando el que lo rompió.

— ¿Tres días, cómo es eso posible?. Su voz sonó angustiada.

—Lo encontraron medio muerto en la orilla del Río, unos niños que andaban en bicicleta. Lo vieron y avisaron de inmediato a las autoridades y a una ambulancia. Esta llegó en pocos minutos, lo socorrieron de inmediato y lo trajeron a la clínica. La policía local también intervino y están haciendo las averiguaciones del caso. Estaba inconsciente, tenía mucha agua en los pulmones y su temperatura corporal era crítica. Pero pudimos estabilizarlo. Además, tenía un severo corte en el cuero cabelludo que es lo que seguramente provocó su amnesia, tuvimos que coserlo con trece puntos de sutura por lo que sufrió una pérdida importante de sangre.

Debió interrumpir su relato pues, unas lágrimas realmente dolorosas comenzaron a rodar por las mejillas de Armando.

—Perdón, ¿Puedo saber por qué llora?

—Eso es lo grave doctora, no lo sé, mientras usted hablaba, mi corazón se estrujó al punto de quebrarse como un cristal, pero no recuerdo…no recuerdo, no sé porque esta angustia. dijo sollozando.

—Por favor Armando, quédese tranquilo. Por hoy basta, mañana seguiremos conversando. Al despertar en la mañana, todo daba vueltas en el cuarto. La imagen de la enfermera que allí se encontraba era una mancha blanca y borrosa. Luego de unos minutos todo se le aclaró pues la habitación dejó de girar y la enfermera también.

—Buen día, señor Armando, ¿Cómo se siente? —preguntó Marina.

—Mareado, confundido, al menos el mundo dejó de girar a mí alrededor.

La enfermera sonrió y le explicó la batería de estudios a los que sería sometido.

—Quiero y necesito que se quede tranquilo que está en las mejores manos. En unos minutos se le practicará una resonancia magnética con el fin de evaluar anomalías en el cerebro. Además, ya le extrajimos sangre para detectar infecciones u otros problemas. Por último, le harán un electroencefalograma para detectar la presencia de actividad convulsiva.

El hombre se quedó en silencio, como resignado a su suerte.

—No se preocupe Armando que todo saldrá bien—dijo Marina.

Dicho esto, salió del cuarto para ir a buscar la camilla. Mientras, Armando se debatía aterrado en ese mundo oscuro que no tenía pasado, presente y tampoco futuro. En horas del mediodía, el paciente se encontraba en su habitación durmiendo. La doctora había terminado de tomar su almuerzo y fue hasta el despacho del Médico General.

—¿En cuánto tendremos los resultados, Pedro? —preguntó Paula a Pedro Celión, su futuro esposo.

-Trataré de apurarlos y tenerlos para mañana, no te preocupes.

—Me preocupa por sobre otros pacientes, tengo la certeza que algo trágico le ocurrió a esta persona, no sé, llámalo intuición.

El doctor la abrazó con mayor fuerza y la besó. El romántico instante fue interrumpido por el agudo sonido del celular de Paula. Era Marina.

—Unos policías están aquí y quieren hablar con Pedro.

—Vamos para allá, muchas gracias, querida—respondió la doctora.

Se miraron nerviosos, se regalaron un pequeño beso para calmarse y se encaminaron hacia el cuarto de Armando donde se encontraron con los detectives.

Luego de los saludos de rigor, Pedro propuso salir de allí y tener la reunión en su despacho del piso cinco. Tomaron el ascensor, llegaron a la oficina, entraron, se sentaron y fue Paula la que le pidió a Viviana, que sirviera café.

Pedro tomó la palabra.

—Bien, ustedes dirán.

—Hemos averiguado un poco más sobre este señor—dijo el oficial Germán Lucís.

—Su nombre es Armando Álvarez, cincuenta años, siciliano, de profesión abogado, casado con Delia Martínez en el año noventa, cuarenta y siete años, uruguaya de nacimiento, pero radicada en Sicilia de muy pequeña, también abogada. No tuvieron hijos.

Hace diez días tomaron el tren desde Santa María Novella con destino a nuestra ciudad, Florencia. Según el familiar, Tomás Martínez, hermano de Delia, era el regalo que se hacían ellos mismos por los veinticinco años de convivencia.

Se alojaron en el hotel De La Ville y la última vez que los vieron juntos fue hace cuatro días, uno antes que éste hombre apareciera agonizando en el río.

—Esto nos lo reveló el conserje del mismo. Es todo lo que pudimos averiguar hasta ahora.

Es evidente que algo ocurrió la noche anterior pues desaparece la esposa y aparece él, medio muerto en el agua—terminó diciendo la detective Catalina Mestre.

Se hizo un pesado silencio en aquel recinto. Paula y Pedro se miraron desconcertados. La detective siguió hablando.

—Les pido por favor tomen conciencia de la situación, ya que hay una persona desaparecida y solo Álvarez puede ayudarnos a saber que ocurrió.

—Pero él no recuerda nada, sufre de amnesia—aclaró en forma vehemente Paula.

—¿Está segura?—preguntó el detective Germán Lucís.

Paula no supo que contestar y miró en forma casi desesperada a Pedro, quien dijo.

—Hagamos algo, mañana por la mañana tendremos los resultados de los estudios practicados. Recién allí podremos determinar si miente. En el caso que lo haga no tendremos problemas en que ustedes hagan su trabajo, pero hasta entonces deberán aguardar.

Fue Catalina Mestre la que estuvo de acuerdo.

—Por las dudas pondremos vigilancia en el Hospital.

—Me parece justo. A las once horas los esperamos aquí. Hasta entonces. Solos en el despacho, Paula se desparramó en el sillón y encendió un cigarrillo.

Pedro se le acercó y le dijo.

—Una libra por tus pensamientos.

Ella sonrió, se levantó, rodeó con sus brazos el cuello y lo besó.

—No creo que esté mintiendo Pedro, lo veo en sus ojos.

—No lo conoces Paula, no puedes saberlo. De acuerdo a los resultados, procederemos. ¿Te parece amor?

Ella lo miró con ternura y asintió.

—Debemos estar seguros Paula, tenemos que conocer cuál pudo ser el factor desencadenante. Si es pérdida de memoria de corto o largo plazo, si es anterógrada o retrógrada…o si nos está mintiendo. En algunas horas tendremos todos los resultados, mi amor, aprovecha para ir a tu casa a descansar un poco por favor.

—Tienes razón Pedro, muy temprano estaré por aquí.

Se dieron un beso de despedida y ella salió del hospital rumbo a su casa. Al llegar solo atinó a ducharse y caer rendida en la cama. Se durmió con las luces encendidas.

A las siete de la mañana, Paula, más descansada entró al despacho de Pedro quien tenía en sus manos los informes sobre el estado de Álvarez.

Su cara tenía un gesto adusto, sombrío.

—No entiendo Paula. Este hombre está en perfectas condiciones. No hay señales de daño cerebral ni nada que se le parezca.

Ahora Paula fue la que se quedó boquiabierta.

—No puedo creer que me haya engañado de esta manera. Llama a los detectives por favor—dijo furiosa.

—Cálmate Paula, no nos apresuremos, tenemos unas horas aún. Vayamos a verlo.

Al entrar, lo encontraron a Álvarez de pie junto a la ventana. Pedro quiso contener a Paula que quería increparlo duramente por haberle mentido. No lo consiguió.

—¡Mentiroso, cobarde! Habla, ¿Qué escondes, que hiciste con tu esposa?

Armando se dio vuelta lentamente y la miró sin ver. Sus ojos estaban vacíos y su alma no estaba en aquel cuarto. Cayó al piso y se quedó sentado, tomándose la cabeza con las manos. Luego de unos
instantes comenzó a hablar muy pausadamente.

—Se murió, se murió mi amor, se murió mi Delia…mi único amor en esta vida.

Hizo un silencio y continuó.

—Comenzamos a planear el viaje a Florencia en el dos mil ocho. Era nuestro sueño, pues además de conocer la cuna de la cultura, Delia siempre quiso visitar la Capilla del Dante donde se encuentran las canastas de Beatrice. Había leído su increíble historia de muy pequeña. Desde entonces quería conocer aquel santuario y dejar su carta, pidiendo por nuestro amo. Para que fuera eterno y para que las generaciones venideras nos recordaran de alguna forma. Estábamos gozando de unos días maravillosos, únicos, inenarrables. Todo fue felicidad hasta ese día, esa noche. Salimos del hotel para caminar por la ciudad y llegamos al puente. La noté a Delia muy callada durante el trayecto, pero luego recordé que durante la tarde había estado chateando casi una hora con el hermano. “Cosas de familia”, pensé. Era tarde. Caminábamos tomados de la mano y al llegar al medio del pequeño
puente se abalanzó sobre mí y me abrazó muy fuerte. Lloraba.

—Mi amor, mi amor. No pensé jamás que sería ahora, soñaba con nosotros, muy ancianos y menudos, viviendo en una playa, felices, amándonos como el primer día. Pero no podrá ser.Mi corazón latía como si fuera a salirse del pecho. Mi estómago se retorcía, mis cabellos negros, de repente eran blancos, mi visión se nublaba, mis manos temblaban.

—¿De qué hablas por favor? ¡Dime qué pasa, me estás matando por Dios!

—Me muero Armando, los análisis que me hice la semana pasada dieron positivos, me quedan semanas, es terminal, amor.

Comencé a gritar y a maldecir, desgarrado por el dolor mientras ella trataba de calmarme, pues quería seguir hablando.

—Armando, amado mío, quiero morir hoy en tus brazos, aquí en Florencia y que tú vivas, es mi voluntad y cuando cierre los ojos quiero navegar por este río, llevando tu amor dentro mío hasta la Eternidad. Solo te pido por favor vayas a la Capilla del Dante y dejes en una de las canastas mi súplica a Beatrice. Sé que ella lo cumplirá, inmortalizará nuestro amor como Dante inmortalizó el suyo.

Y me dio un pequeño papel blanco, delicadamente perfumado que lo guardé en mi abrigo, en mi bolsillo secreto. Luego me dijo.

—Te amaré por siempre y no temas, estaremos juntos otra vez, y otra y otra…pero ahora…vive, solo debes hacer eso, vivir por mí.

De pronto una extraña paz nos envolvió.

Nos besamos largamente hasta que comencé a sentir sus labios fríos y el peso de su cuerpo inerte, sin vida. Quedé en el piso con ella muerta, abrazado quien sabe cuánto tiempo. Perdí la noción del
mismo.

Decidí cumplir con su voluntad, por lo que bajé con ella hasta la orilla del río y allí la deposité, para que la corriente hiciera lo suyo. Me quedé sentado en un banco de plaza frente al puente mirando sin ver. Nada me quedaba. Todo mi ser se estaba alejando por ese río. Me di cuenta que no quería vivir sin Delia por lo que tomé la decisión de tirarme al agua y morir. Tenía la esperanza de alcanzarla, por lo que corrí hasta el puente y me tiré. Cuando llegué al agua sentí un fuerte dolor de cabeza, pues creo que me golpeé con algo, más mi voluntad estaba quebrada, nada me importaba, solo quería dejar de existir…y desperté aquí.

Paula y Marina tenían los ojos llenos de lágrimas y a Pedro se lo veía visiblemente emocionado. Además, en la puerta estaban los dos detectives que escucharon todo. Fue ella, Catalina Mestre quien se acercó a Armando y le dijo: -Señor, lamentamos mucho su pérdida. Queremos informarle que recibimos hoy un mail del hermano de su esposa donde explica la decisión de quitarse la vida ese día.
Y el cuerpo de una mujer apareció a trece kilómetros de aquí. En cuanto pueda necesitamos lo reconozca. –

—¿Tenía un pañuelo rojo en el cuello?

—Si..

Armando lloró sin lágrimas, estaba seco ya. Paula y Marina se acercaron y lo ayudaron a acostarse en la cama.

—Perdón Armando, pero… ¿Cuándo recordó todo? —preguntó la doctora.

—Ayer me levanté y tomé mi abrigo porque algo me impulsaba a hacerlo. Abrí el bolsillo secreto que ella me había cosido una vez y encontré la hoja con la oración. El solo leerla me provocó una catarata de recuerdos desordenados hasta que se acomodaron.

Armando Álvarez fue dado de alta tres días después y al salir no pensaba en otra cosa que cumplir con la última voluntad de Delia. Tomó un taxi y le pidió al conductor que lo llevara hasta la Capilla del Dante. Al llegar, entró en aquel Santuario y su corazón comenzó a latir otra vez, pues estar allí era
como estar otra vez cerca de ella. Admiró el lugar y el misticismo reinante lo conmovió. Caminó lentamente hacia una de las canastas, se detuvo, sacó de su bolsillo la diminuta hoja de papel con el pedido y antes de depositarla la leyó por última vez. Decía:

“Querida Beatrice, te pido por favor inmortalices nuestro amor: Armando es el hombre elegido por mí para caminar hacia la eternidad y sé que yo soy la elegida por él. Nuestro amor es infinito, celestial, eterno y nada logrará separarnos, ni siquiera la muerte. Gracias, confío en ti. Delia.”

Con mucha delicadeza dejó la nota en la canasta y satisfecho por haber cumplido con la voluntad de su amor, salió de la capilla. Ya en la vereda, respiró muy profundo. Se quedó inmóvil contemplando la magnificencia de las callecitas de Florencia, con sus faroles antiguos, las fachadas históricas mientras la gente iba y venía. Más de pronto, un estallido de luz iluminó una de las calles. Durante un tiempo indecible Armando vio una blancura perfecta. Cuando comenzó a recuperar la visión pudo ver a una elegante mujer que se alejaba caminando en forma grácil, con una larga melena moviéndose al compás de sus pasos. Era Delia.

El hombre sintió como su corazón estallaba de emoción. Con prisa salió tras ella, perdiéndose en aquellas románticas calle de Florencia para encontrarla y besarla, como la primera vez.

@Richard


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