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La manta by Diana González

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A veces irse sin despedirse no es querer faltar, es dejar todo iniciado, la charla sin acabar, la copa sin terminar, dejar que el abrazo espere a mañana. Irse sin despedirse y de madrugada, guarda el afán por el día que aún no amanece.

Es intentar dejar la vida empezada para continuarla luego.

Es desear que mañana ojalá llegue y que sea siempre mejor que lo que ha quedado atrás.

Las despedidas, a veces, tienen esa cosa de final, de domingo incierto, de cancela cerrada. Nunca más me despediré de nadie.

Será más fácil dar vuelta la espalda, avanzar a lo que vendrá.

Y esperar, con el alma en un hilo que el futuro cuente con nosotros. Escribió Malcom, en su vieja máquina y se echó en su cama de dos plazas en mitad de aquella habitación grande, de piedra, madera, paredes de cuarenta,  que era su casa.

Algún día me compraré un ordenador se dijo mientras se tapaba con un par de mantas famélicas.

Maulló Carolina y él cerró los ojos, se incorporó y fue a cargar de alimento y agua los recipientes de su felina compañía.

El frío es un abrazo recio en las alpujarras, sobre todo en mitad de un diciembre gris de nieve sancochada y espesa. Intentó dormir. Sabiendo que sería un esfuerzo inútil cogió del suelo la manta de lana y se envolvió en ella, agregó un leño rotundo a la chimenea y volvió a ocupar su lugar frente a su máquina de escribir.

 

Cuando me fui no sabía, nadie me dijo.

Quizá no me hubiera ido, o quizá sí. Pero habría intentado estar presente.

No es disculpa, pero vengo de todas las ausencias y a veces no me llevo bien ni con el amor, la solidaridad, o la gente.

Espero, cuando llegues, vengas con las maletas cargadas de algún tipo de olvido. Malcom miró lo escrito en aquella hoja de papel amarillento y volvió a la cama. Por la lucarna aparecía la luna.

Debía dormir, mañana sería un día diferente.

Carolina, displicente y soberbia, como todos los felinos, se acomodó ronroneando a su costado. Él fijó los ojos en el medio astro brillante que se asomaba en creciente celación sobre la esquina izquierda en la lucerna de su techo.

No lo consiguió.

Ningún reloj daba la hora en su casa. Pero sabía que eran las seis cuarenta y cinco cuando comenzaba a clarear, porque se hacían visibles los cuatro pilares de libros que sostenían la placa de madera sobre la que estaba su máquina de escribir. Por la ventana sobre la pileta de la cocina se recortaron las macetas con las albahacas, romero, tomillo, y colgados  del barral se veían los manchones formados por los pimientos secos y las hierbas para el té.

Sabía cuándo eran las ocho porque el vecino del Tinao a su lado encendía la radio o el televisor, no sabía precisar qué, pero la voz casi metálica y  monótona que daba las noticias le hacía suponer alguno de esos dos orígenes.

Carolina dormiría hasta las nueve. Luego, ceremoniosa, bajaría a comer.

Lo sorprendieron dos golpes en su puerta antes que su gata se despertara.

Dejando el tercer té de la mañana que calentaba sus manos sobre la mesada, se pasó una mano sobre la cabeza como queriendo no solo alizar su cabello, sino sus ideas, casi instintivamente sacudió suavemente sus viejos pantalones de pana, su grueso pullover y fue hasta la puerta, con su mano izquierda a la altura del pecho se aferró a la manta de lana que lo cubría desde los hombros.

Finalmente abrió.

Envuelta en un grueso abrigo y una ancha bufanda, con una mochila que no parecía a simple vista demasiado abultada y una pequeña maleta a su costado, estaba ella.

Tendría unos veinte años ateridos y desenfadados, una mirada brillante, unos guantes inmensos, botas de abrigo y un gorro de lana azul.  Clavaba en lo suyos, sin temor, aquellos ojos tan azules como los de él mismo. Ojos que también rieron, al desplegar aquella amplia sonrisa, que Malcom nunca había visto. Para luego, con aquella voz que Malcom nunca había reconocido, decir lo que Malcom nunca había escuchado:

— Hola papá.

Siguieron días de tan aciaga como torpe y divertida convivencia.

Malcom hablaba poco. Estefanía odiaba que se quedara mirándola, observando cada uno de sus movimientos, como si fuera un objeto curioso, creía ella.  Y adoraba que sin preguntarle le preparara el té, o comprará aquellos dulces que en algún momento al pasar había mencionado le gustaban.

Hurgó entre todos sus libros, eligió un par sin permiso  y otro par se los regaló él.

Discutieron por el pasado hasta que decidieron dejarlo todo en presente.

Él improvisó un árbol con los pimientos y un par de luces y ella cocinó la cena de fin de año.

Casi sin querer crearon  algunos hábitos: después del almuerzo daban caminatas de un par de horas y aprovechaban para encargar leña y coger ramas y piñas caídas, volvían muertos de frío, reavivaban  el fuego y tostaban castañas. Antes de cenar leían juntos, en principio cada uno su libro, hasta que un día sin darse cuenta cómo, comenzaron a turnarse para leer en voz alta los dos el mismo libro.

Ella había elegido Maldito Karma,  que tanto los hacía pensar cómo reír a carcajadas,  tiempo que aprovechaba Carolina para dormir y ronronear alternativamente en sus regazos.  Sentados en las incómodas sillas de piedra de la entrada ella le enseñó a fumar cigarrillos de tabaco rubio, en tanto él le contaba historias de maría, moros,  y cristianos.

Y se pasaron los días. Y promedio enero.

Inmutable y silencioso vio como ella preparó su equipaje.

Él cocinó la cena del último día, ella abrió una botella de vino. Comieron en silencio.

Se levantó temprano, tomaba el bus de las siete y era aún noche.

Malcom se levantó envuelto en su manta, preparó un té con tostadas y jamón mientras escuchaba el ruido que ella hacía en el baño cepillando sus dientes.

Malcom no comió.

Desayuno sin prisas, luego se puso sus abrigos, prolongadamente abrazó aquel delgado hombre de metro ochenta y brazos caídos, se cargó su mochila y arrastrando su maleta salió por la puerta agitando la mano en el adiós.

Con un gesto casi imperceptible la imitó y se quedó mirándola hasta que ella desapareció en la curva hacia la plaza.

Malcom, envuelto en su manta de abrigo volvió a entrar en la casa terriblemente vacía.

Iba como un autómata a prepararse otro té cuando vio la carta  sobre su máquina.

Se acercó lentamente, con la vista fija en aquel sobre turquesa que en mitad tenía escrito con la letra redonda e inclinada de Estefanía: “Dad”.

La tomó entre sus manos como si fuera un objeto de cristal, estuvo unos minutos releyendo aquella palabra sin abrir el sobre.  Cuando finalmente se decidió a abrirlo y leerlo, sin darse cuenta sus piernas se aflojaron, suave y lentamente se diluyó hacia el  suelo.

Leyó aquella carta una docena de veces, no tomó el té, se dio cuenta de la hora cuando Carolina fue desde la cama hasta su bote de alimento.

Con el dorso del brazo se secó la cara, se incorporó y tiró la manta sobre la cama.

Debía vestirse, tendría que ir a Granada, necesitaba imperiosamente comprar un teléfono.

 

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