El antidarwinismo del movimiento therian
Avelino Muleiro
Los humanos somos los únicos seres que llevamos dentro de nuestra naturaleza la contradicción de nuestros actos. Y así, deseamos la libertad, pero buscamos la seguridad, que implica normas que nos limitan. Usamos la inteligencia para crear tecnologías, que luego criticamos porque ponen en riesgo nuestra existencia. Somos seres racionales, aunque algunos desean convertirse en animales irracionales, como es el caso del fenómeno therian, una conducta que ha emergido como consecuencia de una crisis de identidad que desafía por igual la lógica evolutiva de la biología como la herencia y el patrimonio cultural.
Esos trashumantes zoomorfos argumentan que defienden su instinto o sentimiento interior sacrificando su realidad biológica y psicológica. Yo creo que ni la pletórica imaginación de los griegos llegó tan lejos en el desprecio de la razón en sus mitologías como estos transespecies posmodernos.
En la mitología griega, la distinción entre el ser humano y el animal era sagrada porque consideraban que no solamente existía una diferencia biológica entre ellos, sino una frontera moral. En el diálogo Protágoras de Platón se relata el mito de Prometeo, la historia de cómo los dioses entregaron un conjunto de facultades a los hermanos Prometeo y Epimeteo para que las distribuyesen entre los animales y los seres humanos. Epimeteo se encargó de repartirlos, pero agotó en los animales todas las facultades que le entregaran los dioses, dejando sin ninguna a los humanos. Por eso, Prometeo salió en su defensa robando el fuego a los dioses para entregárselo a los humanos y regalarles no solamente el calor, sino también la capacidad para transformar la naturaleza mediante el lenguaje y la técnica. El fuego era el símbolo que implicaba elevar al ser humano por encima de los animales, cuya conducta se rige exclusivamente por el instinto. Sin embargo, Zeus, temiendo que los seres humanos llegasen a extinguirse por no saber convivir, envió a Hermes para que distribuyese entre los humanos la moral y la justicia.
El ser humano ocupaba en la mitología un lugar intermedio entre los dioses y las bestias. En el mito griego, el elemento distintivo en el ser humano era la razón, que provenía del fuego robado a los dioses, quedando el instinto y la fuerza para los animales. Pero si saltamos miles de años desde la mitología griega y nos situamos en el momento actual de la historia, comprobamos cómo la distancia ontológica entre el ser humano y el animal es inmensa.
Sin embargo, siguiendo la ruta de la mitología quizás podamos encontrar en ella una explicación al movimiento therian. Platón narra en tres de sus diálogos –Fedón, La República y Fedro– que el alma, pasado cierto tiempo (diez mil años –Fedro) de haberse separado (muerte) de su anterior cuerpo y forma de vida, se reencarna (metempsicosis) en otro cuerpo, eligiendo un cuerpo de animal o humano, de acuerdo con el tipo de vida llevado anteriormente. Aplicando la tesis platónica a los therian, ¿no será que sus almas se han equivocado de cuerpo, eligiendo un cuerpo humano cuando lo que pretendían era entrar en el de un animal?
Pero, si tomamos en serio la vida, desde una perspectiva científica, nuestra naturaleza se ha ido fraguando por evolución. La teoría de la selección natural de Charles Darwin nos enseña que cada rasgo humano es el resultado de millones de años de lucha por la supervivencia, en donde la razón juega un imprescindible papel. Sin embargo, el movimiento therian parece ser una adaptación inversa a la evolución, una regresión de la racionalidad al instinto de la animalidad. Una involución en toda regla. En realidad, si se tomasen en serio esos sentimientos, cada therian debería someterse a una terapia de reemplazo genético radical y comprobar que su ADN corresponde con el de la clase de animal que se siente.
Darwin nos advirtió que no podemos despojarnos de nuestra herencia evolutiva. Somos el resultado de un linaje específico y de una naturaleza determinada; intentar habitar la mente de un animal sin poseer su estructura neuronal es un anacronismo biológico. Nuestra mente tiene el sello indeleble del primate social que desembarcó en el sapiens sapiens.
Pero, ¿cómo el therian que dice sentirse lobo, león, perro, gato o cocodrilo sabe cómo se sienten esos animales? ¿Cómo se siente el perro como perro? ¿Cómo se siente el gato como gato? Identificarse como un lobo o un perro es un acto de ingratitud hacia la naturaleza humana y un atraco a la esencia del animal.
El filósofo estadounidense Thomas Nagel publicó en el año 1974 un artículo que llevaba por tiítulo ¿Qué se siente ser un murciélago? En él explica que es imposible ser un humano y saber qué siente un animal. Nagel argumenta que la conciencia está indisolublemente ligada a los sistemas sensoriales. Un murciélago percibe el mundo mediante la ecolocalización; su realidad son ecos, vibraciones y distancias temporales. Pero un ser humano que se identifica como murciélago carece del aparato sensorial necesario. Por lo tanto, lo que experimenta cualquier humano no es la sensación pura del animal, sino una traducción humana. Si un therian dice sentir instinto de caza nocturna de lobo, no está procesando el mundo a través de un tejido ocular que hace brillar los ojos de estos depredadores, ni de un olfato miles de veces superior al nuestro. Está experimentando una emoción humana a la que le coloca una etiqueta animal.
Por mucho que un humano estudie la biología de un murciélago, de un lobo o de un gato, nunca podrá experimentar la sensación natural de ser ese animal. ¿Dónde queda la vivencia del therian que afirma sentir esa conexión interna con un animal determinado? La tesis de Thomas Nagel ofrece varias reflexiones, una de ellas la de un ángulo filosófico profundo sobre la identidad y la subjetividad. Intentar habitar la mente de un animal usando la razón humana es una aberración psicológica y un fracaso ontológico.
Desde una perspectiva científica, el therian cae en un antropomorfismo inverso -zoomorfismo, el ser humano transformado en animal-, lo cual no deja de ser un suicidio intelectual. Además, la etología nos enseña que los animales no tienen una identidad en el sentido metafísico; no se preguntan si su forma de ser encaja con su pelaje o si prefieren ser otro animal de distinta especie. Por tal motivo, desde el darwinismo, el deseo del therian es imposible. Un humano es el resultado de una línea evolutiva que perdió los rasgos de otras especies para ganar los suyos propios, y la evolución nunca regresa al pasado. El cerebro humano evolucionó para la lógica, no para el instinto animal.
A pesar de todo, si de algún modo queremos ser comprensivos con el movimiento therian, lanzo el paracaídas de la neuroplasticidad, que nos otorga una visión más compasiva y técnica de ese movimiento. La neurociencia explica cómo el cerebro humano puede mapear el cuerpo, e incluso crear, psicológicamente, un miembro fantasma que la persona siente como suyo. Ignacio Morgado describe este fenómeno en una persona que siente un brazo como miembro real de su cuerpo después de haber sido amputado (Cómo percibimos el mundo).
Normalmente, asociamos el miembro fantasma con personas que han perdido una extremidad. Sin embargo, en el movimiento therian, ocurre algo distinto: la mente proyecta partes del cuerpo que nunca estuvieron ahí físicamente, pero que internamente su conciencia reclama como propias. Para un therian auténtico, el miembro fantasma no es una fantasía o una ilusión, sino un aviso constante de que su mapa mental es diferente a su anatomía. Y eso crea un grave problema ontológico, pues nos lleva a preguntarnos: ¿Qué papel juega el cuerpo en la identidad de una persona? ¿Dónde termina el cuerpo y dónde empieza la identidad?
De todos modos, me parece tremendamente sospechosa la existencia real de seres therian, más bien considero que es un movimiento extravagante y poco fiable intelectualmente. Y en esa extravagancia mental -que diría Descartes-, en dosis de vanidad -que denominaría Schopenhauer-, o sencillamente en ese absurdo -como lo calificaría Albert Camus-, solamente faltaba que los therian, además de revestirse con el pelaje postizo y con la morfología externa (cuernos, cola, patas…) del animal con el que se sienten identificados, intentasen reproducirse con uno de esos animales para implantar en la Tierra una nueva especie, la especie híbrida de los antropozoos.
Desde mi punto de vista, el movimiento therian no es un regreso a la naturaleza, sino un escape de la responsabilidad de ser humano. El therian no experimenta la animalidad, sino una versión humana de ella. Si entrar en la conciencia de otra persona para conocer que siente como humano es imposible, más imposible resulta entrar en la de una especie animal para saber que siente como tal. Como dijo Einstein: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el Universo; y no estoy seguro de lo del Universo”.
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