sábado, junio 13 2026

La lamentación del ébano por Josep Catalá

Londres, 1888. La niebla descendía sobre la ciudad no como una simple humedad, sino como un sudario blanco y espeso que sofocaba el eco de los cascos sobre el empedrado y devoraba la luz de
las farolas de gas, reduciéndolas a soles moribundos suspendidos en la penumbra. En el corazón de
Bloomsbury, entre muros atestados de libros que olían a cuero envejecido y a siglos de polvo, se alzaba el estudio del doctor Alistair Finch: un hombre de ciencia, rígido en sus costumbres, cuya mayor pasión consistía en reunir curiosidades del mundo.

Alistair era un hombre de orden. Su biblioteca constituía un auténtico templo dedicado a la
razón, y cada objeto de su escritorio —la estilizada pluma con empuñadura de águila, el cortapapeles de plata labrada, el reloj de bolsillo que marcaba las horas con precisión casi quirúrgica— ocupaba un lugar exacto, inmutable. Sin embargo, aquella tarde una nueva adquisición había quebrado la armonía de aquel santuario.

La había ganado en una subasta celebrada tras la muerte de un noble venido a menos, un hombre rodeado de rumores, las circunstancias de su deceso habían resultado un tanto turbias, aunque
muy discretamente ocultadas por miembros de la alta sociedad.

El objeto era una caja de música, pero como ninguna que Alistair hubiera visto antes. No era de nácar o de madera preciosa de cerezo. Estaba tallada en una pieza sólida de ébano, oscura como un pozo sin fondo, y grabada con una finura inquietante. Las figuras que danzaban en su superficie no eran querubines ni pastoras; eran formas alargadas y esqueléticas, con rostros de angustia perpetua, atrapadas en una ronda silenciosa y macabra. La única mancha de color en aquella tumba de madera era una llave de plata con reflejos verdosos, enroscada como una serpiente dormida.

Impulsado por una curiosidad que bordeaba lo místico, Alistair insertó la llave. La resistencia era
inusual, como si el mecanismo se negara a ser despertado. Finalmente, con un chasquido seco, cedió.
La melodía que surgió no era un vals ni una canción de cuna. Era una lamentación. Una serie de notas disonantes que se arremolinaban como humo frío, una escala que descendía sin fin hacia una desesperación abismal. No era hermosa, pero era inmensamente poderosa. Se aferraba a la mente,
anidándose en los recovecos más oscuros de la psique. Aquella música no despertaba nostalgia;
despertaba una sensación de pérdida. Una pérdida tan profunda y remota que parecía anterior al propio hombre.

Alistair se estremeció, una repentina y extraña sensación recorrió su cuerpo. Cerró la caja, pero
la melodía persistió en sus oídos, un eco fantasmal. Los días siguientes se convirtieron en un vértigo. Alistair, el hombre de ciencia y disciplina, se encontraba a sí mismo incapaz de resistirse. Pasaba las horas con la caja en el regazo, la oreja pegada a su lóbrega superficie, escuchando una y otra vez la misma pieza de tres minutos. Descuidó sus correspondencias, olvidó las citas en el Royal Society y rechazó las invitaciones. El mundo exterior, con su ruido y su trivialidad, había perdido todo interés para él.

Su estudio, otrora santuario de la lógica y la razón, comenzó a transformarse ante sus ojos. Las
sombras proyectadas por los libros parecían alargarse y retorcerse, adoptando formas semejantes a las figuras esqueléticas talladas en la caja. A veces, en el silencio suspendido entre una reproducción y la siguiente, Alistair creía percibir un susurro oculto tras la última nota: un suspiro apagado o, quizá, el llanto distante de un niño.

Una noche, desesperado por el insomnio y la opresiva obsesión, decidió que debía destruirla. Tomó un pesado martillo y con un grito que fue más de miedo que de rabia, lo descargó sobre la caja de ébano. El metal rebotó con un chasquido sordo, dejando solo un leve arañazo en la madera impenetrable. Alistair miró sus manos, temblando. El martillo no había dejado marca. Y entonces, sin que nadie la moviese, la caja empezó a tocar. La melodía era diferente ahora. Más lenta, más profunda. Las notas disonantes se retorcían sobre sí mismas, y en medio de aquella cacofonía, Alistair la escuchó con una claridad que heló su sangre: una voz clara, cristalina, la de una mujer joven, cantando una letra incomprensible pero cargada de un dolor tan palpable que sentía como si su propio corazón se estuviera desgarrando.

Las sombras en la esquina de la habitación ya solo danzaban. Se condensaron, tomando forma. Emergió de la penumbra una figura alta y espectral, no de vapor, sino de una oscuridad más densa que la misma noche. Tenía el contorno de una mujer, pero sus brazos y piernas eran largos y delgados como ramas secas, y su rostro era una máscara de agonía, una versión viva y tridimensional de las tallas de la caja. No tenía pies; flotaba unos centímetros sobre el suelo, acercándose lentamente hacia él, mientras la caja de música en su escritorio alcanzaba el clímax de su horrenda sinfonía.

Alistair quiso gritar, pero su garganta se contrajo en un nudo de terror helado. Quiso correr, pero sus piernas estaban ancladas al suelo. La figura extendió una mano de hueso y sombra y tocó su mejilla.
No sintió frío ni el tacto de la muerte. Sintió la transferencia de una pena infinita, el peso de siglos de soledad y un duelo que no tenía nombre. Vio escenas fugaces: una niña pequeña riendo, un incendio, un ataúd de ébano siendo bajado a una tierra helada. Comprendió, con una certeza que aniquiló su razón, que la caja no contenía un mecanismo de resorte y cilindro. Contenía un alma. O el eco de un alma, atrapada para siempre, obligada a recrear su dolor hasta que alguien más la sintiera como propia.

Tres días después, encontraron al doctor Alistair Finch sentado en su sillón, con la caja de música descansando sobre el regazo. Sus ojos permanecían abiertos, inmóviles, vacíos de todo cuanto pertenecía a este mundo. Una fina hebra de saliva se había secado sobre su barbilla, y su mano yacía
inerte sobre la mesa, apenas a unos centímetros de la pequeña llave de plata. La caja no sonaba. Estaba quieta. La criatura de sombras se había ido, su misión cumplida. El dolor del doctor Finch era ahora el dolor de la caja, y esta parecía saciada, sumida en un maligno letargo.

La autoridad fue un policía de barrio y el médico forense, quien tras un examen superficial diagnosticó «una agotadora fiebre cerebral». No se encontró señal de violencia, solo una casa silenciosa y un hombre cuyo espíritu se había evaporado. Fue Mrs. Gable, su ama de llaves desde hacía una década, quien se encargó de despejar el estudio. Mujer pragmática y de recursos limitados, veía en la tragedia no solo el final del doctor, sino también el de su propia estabilidad económica. Mientras empaquetaba los libros destinados a la venta, su mirada se detuvo en la caja de ébano reposando sobre el escritorio. Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar, de forma confusa, la extraña y disonante melodía que había emanado de aquel objeto en los últimos días.

No quería tocarla. La sola idea le provocaba una repulsión instintiva, como si no estuviera frente a una simple caja, sino ante el rastro tangible de algo profundamente antinatural. Pero también era de ébano macizo, y la llave de plata parecía de buen quilate. El médico y el policía no le habían prestado la menor atención, tratándola como un mero trasto de escritorio. Con la respiración contenida y usando el borde de un paño de limpieza para no tocarla directamente, Mrs. Gable la envolvió con apuro en un viejo mantel de lino, como si estuviera encerrando una peste.

Aquella misma tarde, con el corazón encogido por el miedo y la necesidad, se dirigió a los barrios bajos de Lambeth, a una casa de empeños conocida como «El Nido del Cuervo». El dueño, un hombre calvo y con un parche en el ojo, evaluó la caja con un ojo experto y avariento. No le importaron las extrañas tallas ni la siniestra energía que parecía emanar de ella. Solo pesó el objeto, examinó la plata y tarareó sin música.

—Veinte chelines —dijo con voz ronca—. Es madera pesada y la plata tiene valor. Las figuras son feas,
pero a alguien le gustará.

Mrs. Gable, asintiendo sin decir palabra, tomó el dinero y salió de la tienda sin mirar atrás. Un olor a cera la persiguió varias calles. El tendero, arrojó la caja a una estantería polvorienta del fondo de la tienda, entre una caja de música de ballenas con la danza del fauno rota y un reloj de arena cuyo tiempo se había agotado hacía siglos. La llave de plata, aún insertada, lanzó un último y breve destello bajo la luz mortecina de un farol de gas.

Y allí quedó, en la oscuridad. Esperando a que una nueva mano —guiada por la curiosidad, la codicia o el mero azar— la encontrara y la devolviera a la vida, despertándola una vez más para transmitir su lúgubre e interminable lamento.

© Josep Català


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