viernes, mayo 29 2026

La casa encantada por Antonio García

Dos

Hacia cinco años que vivía en aquella vivienda unifamiliar en las afueras de la pequeña ciudad.

Decían que la casa estaba encantada, vamos que tenía fantasma. Al parecer debíamos tener diferentes turnos de uso de la vivienda. A mí me tocaba hasta las doce de la noche, hora en la que me iba a dormir y al fantasma a partir de esa hora. Lo cierto es que jamás coincidimos.

Me encontraba tranquilamente sentado en el sofá granate de la sala, releyendo “Los miserables” de Víctor Hugo, era noche cerrada. Afuera se oía el tamborilear de la lluvia en los cristales. Disfrutaba de la noche y de la lectura. Un ruido llamó mi atención, parecía venir de la cocina. Luisa, mi esposa, ya descansaba en la habitación de arriba. Dejé con desgana la lectura, me levanté del sofá para dirigirme a la cocina. En el pasillo sentí una corriente de aire que provenía hacia donde me dirigía. Encendí la luz de la estancia para descubrir que el cristal de la puerta trasera estaba roto. Los trozos de vidrio estaban allí, en el suelo. Unas huellas de barro manchaban el suelo ajedrezado. Alguien había entrado en la casa. Tomé un cuchillo jamonero y me dirigí con aprensión hacia la sala. Las manos me
sudaban. En la estancia estaba el teléfono de sobremesa. Llamaría a la policía y después subiría al piso de arriba a ver cómo se encontraba mi esposa.

Afuera arreciaba el viento.

El reloj de carrillon empezó a dar las doce.

No tuve tiempo de descolgar el teléfono. La voz de Luisa llamó mi atención. Ella estaba en la entrada de la sala y, a su lado, un tipo con una gabardina chorreante de agua. Lo que más llamó mi atención fue la pistola, negra como su alma, que tenía en la mano. Me estaba apuntando.

—Javier, te presento a mi futuro marido. —la voz de mi esposa sonaba fría, muy fría.

No entendí lo que me estaba diciendo o no quise entenderlo.

—Si lo que quieres es el divorcio te lo doy. —dije negociador.

—No quiero el divorcio, quiero toda tu pasta.

A pesar de todo la seguía viendo guapa, vestía un camisón corto de color negro que le había regalado hacía una semana por su cumpleaños. El rojo intenso de sus generosos labios era como una herida llena de mentiras en su rostro. El cabello negro y largo como me gustaba. Los ojos grises, otras
veces cálidos, me miraban fríamente.

Oí y sentí casi al mismo tiempo un disparo. Miré a mi pecho y pude ver una mancha roja que se iba haciendo más y más grande. El cuchillo cayó de mi mano sin fuerza. Deposite mi mirada en Luisa, se reía, el hombre de la pistola la beso.

Deseé matarlos a los dos, pero mi cuerpo ya no respondía.

El reloj dio la última campanada.

Caí al suelo. Todavía estaba vivo. La cara aplastada contra el suelo. Mis ojos vieron como la sangre iba manchando el suelo. Vi como los pies de ella y los sucios del hombre se acercaban hacia mí.

—Lo remato —dijo él

—Déjalo que se desangre.

Entonces vi como la luz bajaba de intensidad. La temperatura había bajado varios grados. Una figura espectral se abalanzó contra mis dos asesinos.

Gritos.

Vi volar miembros arrancados y salpicar sangre para, un instante después, desaparecer todo. El espectro seguía en la sala, me saludó con la mano, en su rostro semi transparente lucía una sonrisa amistosa. Escuché su voz dentro de mi cabeza.

—Ya están en el infierno.

Aquella casa parecía llamarme desde sus ventanas de cortinas corridas.

@Antonio García

 


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