Se instala en mis huesos,
silenciosa.
No llega de golpe,
se filtra como niebla,
llenando las grietas
que creí cerradas.
No grita.
No empuja.
Solo está.
Una presencia que aplana los días
y convierte la luz
en ceniza.
La pereza no es descanso,
es vacío.
Un vacío que se extiende
con cada pausa prolongada,
con cada pensamiento ahogado
en un mar de excusas.
Es un peso lento,
una sombra fija,
un reloj sin manecillas
que transforma los días
en nada.
Y yo,
sin moverme,
veo cómo todo lo que fui
se queda en el aire,
como una puerta
que nunca me atreví a abrir.
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