Pienso que nosotros también somos seres vivos que envejecemos, enfermamos y sufrimos.
Pasamos la vida corriendo tras la felicidad, pero nunca la alcanzamos por completo.
Casi sin darnos cuenta los años van pasando, dejando atrás ilusiones que nunca llegaron.
Sólo nos acompañan los recuerdos de tiempos mejores.
Aunque siempre tenemos una esperanza escondida muy dentro nuestro.
Algo así es lo que le pasa a este personaje:
EL OTRO LADO
Siempre pensé en los espejos como un depósito de imágenes.
¿A dónde van éstas luego de reflejadas? La misma física nos dice que nada se pierde, todo se transforma.
Soy un convencido de que ellas se conservan dentro de la superficie bruñida, en el interior de esas aguas quietas, petrificadas en un fondo sin tiempo.
Me veo, y lo que observo no me gusta. Un anciano, de unos ochenta años, me mira con ojos tristes, reflejando la desesperanza.
¿Soy yo mismo en realidad? Me resisto a creerlo.
Era alto, de casi un metro ochenta, pero el cruel Cronos ha doblegado esa figura, otrora erguida y orgullosa, tornándola curva, mirando obligadamente esa tierra de la que pronto va a formar parte.
Delgado, con la carne flácida, brazos y piernas delgados y largos.
Miro la cara y me molestan esas arrugas inocultables, la piel blanca y macilenta, esa nariz aguileña separando una mirada oscura, como la vida; contrastando con el pelo tan blanco y escaso como la pureza.
¿Soy yo realmente?
Me aferro a que la imagen está invertida. Esa realidad no es la verdadera.
El cristal se estremece.
Me veo niño. Mi universo es jugar a imaginar. Soñar a ver, no importa qué.
El tiempo crece junto conmigo. Ahora ya sufro. Por amor, por pérdidas; y hasta por cosas que ya no valen la pena.
¡Tanto dolor duplicado!
Todo es hijo de mis sentidos.
¿Cómo encontrarle dimensión a lo amorfo?
Tratando de evadir el sufrimiento (gesto típicamente humano) miro por sobre mi hombro.
En un descascarado cuarto de cuatro por cuatro, se ve una única cama.
Sobre ella un anciano con barba de varios días, muy pálido y con una mano colgando hacia el suelo en una eterna inmovilidad.
¿Soy yo…?
Me repito la pregunta con incredulidad.
Pero de a poco, muy lentamente, lo asumo.
Soy yo mismo. ¿Hasta cuándo quería perdurar?
Estoy entrando al espejo.
Es el fin. ¿O el principio?
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