sábado, septiembre 12 2026

CONVERSACIONES CON DIOS by Marta Gómez

Prosa reflexiva basada en el libro de Neale Donald Walsch, de Conversaciones con Dios 

Nunca (siempre y nunca, palabras inventadas) sabes cuando se trata de un momento idóneo para escribir. Más bien, es difícil definir el impulso que se apodera de la inspiración. A veces, cuanta más certeza tienes en que algo va a ser fruto de un sinfín de palabras, cuanto más deseas que lo sea, antes te deja sin ellas.

Mi regreso de El Camino de Santiago fue uno de esos días. Fantaseaba con escribir uno de mis mejores relatos, durante y tras mi experiencia. Sin embargo, el incesante cansancio, unido a la adrenalina de la pura realidad, convirtieron aquello que creía que serían palabras en vivencias. Cada sentimiento fue vivido a flor de piel. Tan tangible y, a la vez, irreal, sensible y voluble, que no existían palabras posibles que describieran la lucidez experimental. Cuando llegué a mi hogar -mi otro hogar- las frases se atascaban en mis cuerdas vocales. Solo los recuerdos rellenaban los folios; un blanco nuclear necesitado de tinta, aquella que vivía imborrable en mi memoria. Finalmente, no escribí nada memorable; solo esbozos informes de mi paz, convertidos en metáforas, melodías y oraciones difícilmente comprensibles cuando no son producto de uno mismo.

Hoy es uno de esos días. Nunca (siempre y nunca, extremos imposibles) pensé que leer Conversaciones con Dios me dejara con la misma sensación de silencio interno. Hay veces que sobran las palabras, tantas que generan un intrincado laberinto de pensamientos. En otras ocasiones, aparecen en el orden exacto aquellas que quieres que surjan, creando una cadena sucesiva que fluye como una hoja que se tambalea al ritmo del viento otoñal. Existen momentos en los que penden de una rama con resistencia, aunque todas las de su alrededor caigan con la inercia del río. No obstante, aquellos días en los que más necesita caer esa hoja para descansar, no puede; ni siquiera es otoño.

—¿No será, quizás, que no tienes más palabras que emitir, y lo único que te queda por delante es hacer? Teniendo en cuenta que “lo único” no es realmente “único”, sino un camino igual de valioso que decir sin hacer.

—Tengo miedo. He seguido tus ideales básicos: pensar, decir y actuar. Pensé. Pensé mucho cuando observaba las raíces verticales incrustadas en una pared de tierra llena de vida. Pensé mucho mientras contaba las volutas que se perlaban sobre la tela perfecta de una araña. Pensé más aún cuando la espuma del descanso se disipaba en mis labios fríos y agrietados. Pensé, pensé y pensé cuando una mano desconocida me ascendía al punto más alto de aquella ladera. Pensé al recibir el abrazo de un ángel. Pensé cuando, al regresar a mi hogar -mi otro hogar-, me sentí llena y vacía a la vez. Y pensar me hizo verbalizar.

Tengo miedo. Dije mucho, y a muchos. Y, aún así, tengo miedo.

A pesar de ello, creo que tus ideales básicos son reversibles. Como bien (bien y mal, palabras inventadas) dijiste, para cambiar un pensamiento promotor era necesario regresar al pensamiento desde la acción. Actuar, decir y pensar; actuar tantas veces como potente sea dicho pensamiento promotor. Ahora bien, pensando en ello, concluyo -hoy, quizá mañana no- en que, además de reversibles, son también cíclicos. Creo que todo -o no todo- pensamiento surge de un hacer previo que cuestione el mismo. Es decir, si pienso en desear una cosa, verbalizo que la deseo y actúo para obtenerla; ese acto cierra el círculo y regresa al pensamiento, en este caso, nuevo o diferente. He pensado, dicho y hecho para estar aquí, lo cual me ha hecho volver a pensar, decir y querer hacer.

—En primer lugar, el miedo es el opuesto al amor, y solo existen ambos si el otro también. Tener miedo está bien (bien y mal, extremos imposibles); que te paralice momentáneamente, también. No decidir también es una decisión. No obstante, el motivo de tu miedo es antinatural. Habéis creado -he creado a través de vosotros- una sociedad en la que el miedo es erróneo (teniendo en cuenta que la palabra errónea no es absoluta ni universal). El miedo permite que, cuando no lo haya, el amor pueda ser. Ámate a ti misma y decide desde el amor. No obstante, entiendo que esta verborrea solo sea espiritual y poco práctica. En realidad, creo -crees- que, desde el punto de vista de vuestra sociedad, vivís con miedo lo natural: la muerte, la vida; la incertidumbre, la rotundidad; el dolor, el goce; la inactividad y la actividad. Tener miedo a hacer por la muerte de una vocación; la incertidumbre de un futuro; el dolor de un error; o la inactividad del ocio innato; hace que el miedo sea un constructo vuestro, y no el que yo os he dado para que también podáis amar. Una vocación no se muere, se transforma. Un futuro no se pierde, se construye. Un error no duele: te reconduce y te recuerdas. Un ocio no inactiva, te repara. Por ello, ¿qué miedo tienes ahora a la muerte profesional si sabes que no muere, sino que se redirige desde el amor? ¿Qué miedo le tienes al futuro si sabes que no lo pierdes, sino que lo construyes en tiempo real desde el amor? ¿Qué miedo le tienes al error si sabes que no duele, sino que sana y renueva desde el amor? ¿Qué miedo le tienes al ocio si sabes que no inactiva, sino que revive desde el amor? ¿Qué miedo le tienes al miedo si sabes que te permite amarte?

—Dicho así, la verdad que suena muy bien. Parece fácil (fácil y difícil, palabras inventadas) no tenerle miedo a la muerte profesional si tienes la certeza de subsistir desde la felicidad de un trabajo digno. Parece fácil no tenerle miedo al futuro si tienes la seguridad de que éste será fructífero, pleno y pacífico. Parece fácil no tenerle miedo al error si no te deja en deuda, sin alimentos, ni techo. Parece fácil no tenerle miedo al ocio cuando sientes que lo mereces. El futuro, visto de este modo certero, parece el Jardín del Edén.

—No he dicho que sea fácil (fácil y difícil, extremos imposibles). Tampoco he dicho que vayas a tener esa certeza en cada una de las cosas que has nombrado. Y mucho menos he dicho que exista el Jardín del Edén; eso te lo has inventado tú -vosotros, mi creación-.

—A veces no capto tu humor.

—Yo creé el humor. Prosigamos. No consiste en pensar, decir y hacer por y para un futuro próspero. Consiste en pensar, decir y hacer por y para hoy; exclusivamente por ti y para ti.

—Eso suena un poco egoísta.

—Tal y como dice vuestro diccionario, parece erróneo (teniendo en cuenta que la palabra errónea no es absoluta ni universal) ser egoísta: “inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás”. Ahora bien, vayamos por partes. “Inmoderado y excesivo amor”: nada es inmoderado y excesivo cuando se trata del amor. “A sí mismo”: ¿qué problema hay en amarse a uno mismo sin limitación? “Que hace atender desmedidamente al propio interés”: si no atiendes tus necesidades espirituales que te hacen amarte plenamente, ¿cómo amarás a los demás?

Cualquier pensamiento, palabra y obra realizadas desde el amor se alejan de vuestro concepto del egoísmo, y se acercan al mío: amaros primero a vosotros desde la pureza y el crecimiento del alma y así podréis amar a los otros desde la pureza y el crecimiento del alma. Así que, ¿egoísta? Depende de a qué definición nos atengamos.

En cualquier caso, mantengo mi premisa inicial: pensar, decir y hacer por y para hoy; exclusivamente por ti y para ti. El futuro solo es consecuencia de tu presente. Si piensas, dices y actúas desde el amor hacia ti mismo, entonces el futuro se empezará a construir en la dirección del amor, y no del miedo. Si piensas, dices y actúas desde el miedo al futuro, y no desde el amor al presente, entonces estarás confeccionando un futuro que recoja el miedo artificial a la muerte, a la incertidumbre, al dolor y a la inactividad. Porque tus decisiones centradas en el miedo desembocarán en acciones presentes que tornen a la muerte de tu yo. Mientras que si tu hacer es guiado por tu amor, vivirás vocación presente hacia ti; sentirás la incertidumbre como una oportunidad; agradecerás el error como un recuerdo de amor hacia la acción -porque sin acción no hay error-; y sentirás el ocio como una semilla de vida, de aire saneado, de raíces que crecen y se adaptan, de perlas de luz que regeneran, de espuma confortable que mima, de manos y abrazos inmutables. De un hogar que siempre es, allá donde estés. Porque el hogar reside en ti. Al igual que mis respuestas, también tuyas y siempre tuyas (siempre, aquí es, y siempre, será).

 


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