miércoles, junio 17 2026

El perdón por Ricardo Mazzoccone

Era una tarde gris y primitiva.

El viento despótico y frío, arrinconaba a las nubes en el cielo plomizo para que las lluvias danzaran
a su antojo. Raúl conducía su vieja camioneta Chevrolet, compañera de mil batallas por tierra, barro, agua, piedras.

Lo acompañaba la única mujer que había amado en esta vida. Quiso a muchas, pero solo ella, era su
amor verdadero. Se conocieron siendo niños, se alejaron siendo jóvenes, sin saber que estaban hechos el uno para el otro y se reencontraron en la adultez.

Por eso, a pesar de la lejanía, nunca pudieron olvidarse. Cada vez que se recordaban, una cosquilla
en el alma aparecía.

—¿Otro mate, cielo? —Preguntó María.

—No, amor gracias—Respondió y encendió un cigarrillo.

—Contame Raúl porque tomamos esta ruta. No anduve nunca por aquí.

—Es verdad. Mi padre venía por aquí para visitar a dos clientes, Don Blanco, que tenía un Almacén
de Ramos generales y Doña Ramona que había puesto un restaurante.

—¿Un restaurante, acá?

—Sí. Según mi padre, todas las noches estaba lleno. Venían de los alrededores, también Don Blanco
y su gente comían allí.

—¿Vos viniste?

—Una vez. Él sí venía seguido.

—¿Recordás donde es? ¿Querés ir?

—Me acuerdo sí.

—¡Vamos entonces! —Gritó María.

Eufóricos, pusieron rumbo hacia el lugar.

—Mirá aquella arboleda, María—Dijo Raúl.

—Hermosa, tupida como pocas.

—Recuerdo que cada vez que la veía me daban ganas de llorar. Me recordaba algo, pero nunca supe
qué.

María se acercó a él, acarició su cabello, le dio un beso en la mejilla y dijo.

—Acordate que te amo.

—Es todo lo que necesito en esta vida, tu amor.

Cuando la lluvia arreció, Raúl encendió las luces, la radio y bajó la velocidad.

Celebraron al escuchar, So far away de Rod Stewart.

Y llegaron al pequeño pueblo.

Alcanzaban los dedos de la mano para contar a las personas y vehículos en la calle. Las casas estaban lavadas por la lluvia, los aleros atosigados de palomas, las veredas brillaban, mientras por los cordones corrían torrentes de agua turbia. El golpe de las gotas en las chapas de zinc era melodioso.
Raúl siguió su camino con una sensación de recogimiento. María miraba todo.

—¿Te acordás cómo llegar? Si no preguntemos en esa estación de servicio.

—No, no. Al llegar al final, sale un camino de tierra a la derecha. Son unos pocos kilómetros.

—¿Y la “vieja” podrá? —Dijo riendo.

—¿Sabías que una vez me sacaron de un barrial, con un caballo? La camioneta lo ayudó—Respondió y sonrió al recordarlo.

Al llegar, doblaron hacia la derecha a marcha lenta.

María observaba como el camino se angostaba, pero no tenía miedo. Sabía de la pericia de su
amado. De pronto Raúl detuvo el vehículo y se bajó. Se quedó mirando las ruinas del viejo almacén. No quedaba nada, solo ladrillos tirados, algunos blancos todavía. Supuso que el techo había volado debido a una gran tormenta. Vidrios no había y de la persiana metálica solo había quedado en un rincón, el candado podrido.

—Veníamos una vez al mes para abastecerlo. Cuando terminábamos todo, Don Blanco sacaba un
fajo de efectivo y le pagaba. Luego, con el guiño de mi padre, tomaba el pan más grande y le ponía
muchas fetas de mortadela y queso y me lo daba.

Muy feliz salía del negocio, me sentaba en el borde del camino y miraba hacia abajo, donde estaban
los animales y hacia el cielo. Lo sentía tan cerca que creía poder rozarlo con los dedos.

—¡Mi amor, tan chiquito eras! Te amo.

—Yo más—respondió Raúl algo emocionado.

—Bien, aquí la historia se acabó. Si hacemos dos kilómetros más llegamos al restaurante de Doña
Ramona.

El atardecer se acercaba y María preguntó.

—¿Se nos va a complicar si se hace de noche?

—A vos sí.

La mujer arqueó las cejas.

—Porque te voy a desnudar y te voy a hacer el amor debajo de las estrellas—dijo eufórico.

—¿Y para qué esperar a que salgan? —gritó María, riendo.

Avanzaron hasta que de pronto vieron luces. Eran del restaurante. Tenía bombillas encendidas por
docenas.

Detuvo la camioneta y bajaron raudos para entrar en el lugar que tenía un brillo, una luminosidad
especial.

Apenas lo vio, Doña Ramona salió corriendo a recibirlo.

—¡Vos sos el hijo de Andrés! Que alegría verte… Pensar que te conocí de niño y ahora peinás canas.

—¡El tiempo pasa para todos, Ramona! Pero usted está igual a como la recuerdo.

—No, yo ya estoy del otro lado del mostrador… ¡Pero…Que linda mujer!

—La más bella del mundo y soy el hombre más afortunado porque además me ama—dijo entre sonrisas.

—Se ven hermosos juntos. Son tal para cual. Ahora entren por favor, antes que se acaben las mesas.
Aquí la gente llega temprano porque a la medianoche cerramos.

Cuando traspasaron la puerta no podrían creer lo que estaban viendo. El salón era enorme, decorado con un estilo campo, exquisito. Se veían decenas de mesas y más del cincuenta por ciento estaban ocupadas.

—Vengan, hoy son mis invitados de honor. Adela, ubicalos en la mesa del centro. Vayan con ella
por favor.

María estaba exultante. Raúl en cambio, estaba más pensativo y observador. La mesa era redonda, tenía un mantel blanco y una lámpara con tulipa antigua. Allí se quedaron, sonrientes y comenzaron a mirar a su alrededor. Había parejas de todas las edades y grupos de hombres mayores y también mujeres, que reían y conversaban animadamente. Un mozo se les acercó y luego de presentarse, verbalizó el menú.

—Tenemos pastas rellenas caseras, asado y achuras, milanesas de ternera con ensalada. Vino de la casa, soda o gaseosas de naranja, pan o grisines. De postre, flan.

Ellos se miraron y se decidieron por las pastas.

—Hoy tenemos sorrentinos con estofado.

—Perfecto. Además, tráiganos el vino y la soda por favor.

Raúl seguía mirando todo.

—¿Qué te pasa, cielo?

—Es muy extraño. Todo está como lo recuerdo. Y pasaron cuarenta y cinco años. Si observás, la
ropa de la gente no es actual, es de los setenta u ochenta. Los cortes de cabello, los bigotes, los
vestidos floreados de las mujeres y…—No terminó de hablar pues María puso un dedo sobre sus
labios.

—¿Y Raúl? ¿Te asusta, te querés ir?

—No. Me gusta pero me inquieta.

—Te voy a decir lo que pienso. Creo que estamos en un sueño tuyo y lo compartís conmigo. Y estoy feliz por ello. En estos momentos lo sentimos real y lo vamos a disfrutar. ¿No te parece? De pronto, enormes platos de sorrentinos humeaban en la mesa.

Al terminar, coincidieron en que jamás comieron algo tan exquisito. La carne que los acompañaba
no necesitaba de cuchillo. No recordaban una cena tan perfecta, en un clima donde solo la luz y la armonía eran los invitados principales.

En un momento, todos se pusieron de pie comenzaron a aplaudir y a gritar de alegría. Se levantaron de sus sillas para ver de qué se trataba y pudieron ver que entraba un grupo de hombres con atuendos de campo, acompañados por guitarras, bombos, violín, armónica y acordeón. Se agruparon al final del salón y comenzaron a tocar la vieja canción de Atahualpa Yupanqui.

“Amalaya la noche traiga un recuerdo
Que haga menos peso mi soledad
Como sombra en la sombra por esos cerros
El arriero va, el arriero va”

Al escuchar la voz del cantante, Raúl comenzó a llorar.

—¿Qué te pasa amor? ¿Por qué llorás?

—¿Viste al cantor?

María puso atención y quedó petrificada.

—Es tu papá—dijo casi sin mover los labios.

Entre vítores y aplausos Don Andrés caminó hacia el lugar donde estaba su hijo.

—Hola, Raúl. Me da mucha alegría verte aquí. Veo que muchos recuerdos siguen dentro tuyo. Solo
quería pedirte perdón por los errores que cometí y decirte que estoy muy orgulloso de vos.

Raúl comenzó a llorar como un niño y abrazó a su padre. Esa necesidad nunca había muerto.
Andrés le pidió a María que lo cuidara con su vida.

—Lo hago y lo haré. Es el hombre que amo.

Se despidieron sin palabras, con el corazón en las manos.

La pareja comenzó a salir del restaurante minutos antes de la medianoche.

Cuando subieron a la camioneta vieron como el lugar se escondía entre las sombras del campo. De
pronto no había luces, tampoco personas. Solo la nada en soledad.

Se abrazaron un rato muy largo, con todos los sentimientos volando a su alrededor. Partieron.

—¿Qué fue esto Raúl?

—Uno de los momentos más hermosos de mi vida. Me reconcilié con mi padre y vos estuviste a mi
lado.

Se besaron, el hombre encendió el motor y regresaron por el camino de cornisa con la luna alumbrando el camino…

Cuando llegaron al llano, miraron hacia arriba. Las bombillas de luz estaban encendidas…

Richard


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