La muñeca de porcelana por Ricardo Mazzoccone

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Un nuevo thriller de Ricardo Mazzoccone: la brevedad del texto intensifica la intriga; personajes perfilados con maestría.

Carlos Reyes está cansado. Fue un detective privado exitoso durante mucho tiempo. Pero el teléfono ya no suena, tampoco el timbre de la oficina. Vive con la jubilación de policía que solo alcanza para comer algo y beber mucho. Las facturas y vencimientos están apilados sobre el viejo escritorio. La oficina y cuarto de dormir es una pequeña pocilga y una buhardilla que cuando abre la ventana, entran decenas de palomas que terminan cagando los papeles allí archivados.

A pesar de su miserable presente, mantiene un aspecto decente. Siempre viste con saco, el único  que tiene, la misma camisa blanca, casi amarillenta, corbata y tiradores. Se encarga de lavarlo y plancharlo una vez a la semana.

El hedor rancio de la oficina se va cuando abre las ventanas para que el viento, a regañadientes, ventile. Una mañana, mientras leía un diario que había encontrado tirado en la entrada del edificio, sonó el timbre.

El corazón casi le estalla. Se acomodó el cabello, la camisa, encendió un cigarrillo y abrió la puerta.

Se quedó atónito. Era una mujer bella, cabello rubio hasta la cintura, tez de porcelana, un escote pronunciado, una falda con un enorme tajo, un tapado que al caminar, revelaba su silueta con fría elegancia.

—Buen día, ¿Carlos Reyes?—preguntó con una voz melodiosa y sensual.

—¿Quién lo busca?—preguntó él dando una larga pitada al cigarrillo.

—Stella. Por ahora que alcance con el nombre.

Carlos la miró con altivez aunque por dentro era un niño con juguete nuevo.

—Tome asiento. ¿Café? No, perdón, la cafetera está rota.

—Estoy bien, gracias—dijo cruzando las largas piernas.

—Dígame que la trae por acá, madame.

—Stella, por favor, llámeme Stella. Le cuento que alguien me lo recomendó a usted, no importa quien porque necesito recuperar una muñeca de porcelana antigua, que era propiedad de mi familia y según me comentaron la tiene un anticuario del sur de la ciudad. Su negocio se llama “Siglos” y dicen que al entrar uno siente la nostalgia de la historia pues el lugar es un laberinto de estatuas descascaradas, armaduras viejas y muebles victorianos.

—Pero no entiendo, señori…Stella. ¿Por qué no va usted y la compra?

—Porque no está a la venta. El dueño, un hombre vinculado con la mafia la tiene exhibida en una vitrina blindada. Dicen que aguarda a que alguien del pasado aparezca con el hallazgo más grande del ser humano y canjearla.

—¿Por qué le interesa recuperar esa muñeca?

—¿Acaso importa? Yo creo que lo que lo tiene que preocupar es cuanto voy a pagarle—dijo y dejó sobre la mesa un cheque con muchos ceros.

Carlos, al verlo, casi grita. Pero se contuvo.

—Aquí le dejo las instrucciones y datos. Espero tenerla en tres días. Si no lo logra, buscaré otro detective.

—La tendrá, se lo aseguro. Otra cosa, ¿Quién me recomendó?

—No puedo decirle, es solo un viejo amigo suyo. Adiós—dijo y se fue dejando una estela de perfume francés en la oficina.

“¿Un amigo? Que raro…yo nunca tuve amigos”. Bueno, no importa, manos a la obra”

Estuvo toda la mañana estudiando el lugar y hablando con conocidos para saber más del anticuario.

Solo un ex compañero de la policia le recomendó prudencia: “Es un tipo muy pesado, maneja todos los negocios ilegales de la ciudad. Todavía no pudimos encontrarle nada. Tiene contactos pesados”

Al atardecer Carlos tomó su auto y se dirigió al lugar. Llegó cuando las sombras bailaban alrededor de los marchitos faroles y estacionó frente al negocio del anticuario. Se quedó vigilando.

A medianoche lo despertó un policía al golpear su ventanilla.

Al verse las caras, se relajaron.

—¿Me quieres decir qué haces acá durmiendo, Carlos?

—¡Timoteo querido! Como estás. Estoy vigilando, volví al ruedo.

—¿En serio? Me alegro por ti. Me imagino que estás investigando al anticuario, ¿No?

—Shhh, baja la voz. Sí. Ahora vete, así no levantamos sospechas.

—Ya las levantaste. Del local avisaron que había un coche desconocido detenido enfrente.

Carlos puso en marcha el auto y salió a toda prisa, mientras Timoteo sonreía.

A pocos kilómetros se detuvo y se quedó a un costado de la ruta, a oscuras. Encendió un cigarrillo y pensó porque sonreía su viejo colega. Y recordó que era un policía corrupto al que nunca se le pudo probar nada.

—Voy a regresar— dijo en voz alta.

Dejó el auto a varias cuadras y caminó. Fue por la parte de atrás buscando un lugar por el cual entrar. La niebla lo ayudó. Caminó hasta que encontró una puerta metálica con dos candados.

—Puedo romperlos pero seguro hay alarmas así que debo cortar la luz—dijo para sí.

Se subió al poste, lo llevó a cabo y todo el barrio quedó a oscuras. Luego, con una cizalla cortó los dos candados, entró con rapidez y alumbrándose con una linterna buscó la muñeca. De noche, las siluetas de los maniquíes y armaduras parecían cobrar vida bajo la luz de la luna. Luego de unos minutos la encontró, rompió el vidrio, la guardó en su mochila y salió a toda velocidad.

Ya en el auto, escuchó sirenas de todo tipo. “¡Que rápidos! ¿Alguien me habrá visto?

Cuando llegó a la oficina, cerró todo, apagó las luces y se llevó una botella de whisky a la cama. Amaneció con la botella en la mano y encendió el viejo televisor blanco y negro para ver las noticias. Nada se decía sobre el robo. “Voy a llamar a Stella”.

Dos horas después estaba en la oficina. La femme fatale solo llevaba puesto un tapado negro.

—No tuve tiempo de vestirme—dijo.

—Aquí está la muñeca.

A la mujer le brillaron los ojos al verla.

—¡Felicitaciones! Sabía que lo lograría—exclamó.

De inmediato sacó un revolver del tapado.

—Ahora viene el pago—dijo sonriendo.

—¿Puedo decir algo antes de que me mate?

Stella miró su reloj de oro. —Tiene cinco minutos, hasta que llegue mi esposo Hans.

—Bien, anoche tuve tiempo de pensar y hubo algo que me inquietó por demás y fue la facilidad con que robé la muñeca. la cual tenía adentro un listado con los nombres de los jerarcas nazis que escaparon y se escondieron en distintas partes del mundo. Me llamó la atención el nombre del dueño del anticuario Hans Muller, alemán. Era evidente que usted no buscaba la muñeca por nostalgia, sino para destruir la lista de nombres. Eso sí, no llego a descubrir lo del canje por una reliquia antigua.

—Brillante, Reyes, brillante—dijo y aplaudió dejando un hueco en el tapado, quedando los senos casi al descubierto.

En ese momento tocaron el timbre.

—Permítame abrir—dijo la mujer.

Al hacerlo le susurró algo a Hans.

—Muy buen día, señor Reyes. ¿Puedo sentarme? Bien, veo que las cosas no van muy bien, usted tendría que tener otro pasar económico, estamos en los años setenta y todavía no tiene televisión color. ¿Dónde se ha visto?

—Ya sé todo, señor, no sigamos con el circo. Solo hay algo que no me cierra y es lo del canje ¿Me lo comenta, así no me muero con la duda?—dijo irónico Carlos.

Hans sonrió.

—Por supuesto, fue una mentira de Stella—dijo Carlos.

La idea era que lo robara alguien y así destruir la lista. Tenemos muchos caza-nazis detrás nuestro, debíamos ser más astutos que ellos. Ya se rumoreaba lo que contenía la muñeca. Si supiera quien escondió la lista…Pero basta, demasiada información para un muerto ¿Timoteo?

Se abrió la puerta y entró.

—Hola, Carlos. Por si querés saberlo: sí, fui yo quien te recomendó, sabía que estabas en la ruina, lento y avejentado. Y que nadie notaría tu ausencia. Llegó tu hora, viejo amigo…

El cuerpo de Carlos apareció en el río con un balazo en la frente una semana después.

La policía dedujo que se trataba de un ajuste de cuentas.


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