Estación Orbital Kepler-9 — Año 2387 Transmisión archivada, canal NovaCast —
Clasificación: RESTRINGIDA Narradora: Mara Voss, corresponsal de investigación
criminal
I. El rastro de la palidez
Llevo once años cubriendo crímenes para NovaCast. He transmitido desde los cráteres de minas de titanio donde los hombres mueren aplastados sin que nadie los llore, desde los pabellones de cuarentena de la Estación Meridian durante el brote de fiebre de Procyon, desde los juicios marciales donde oficiales de la Flota Terrestre son condenados por cosas que ningún código de ética puede nombrar. He visto lo que los humanos somos capaces de hacernos unos a otros cuando el espacio nos pone demasiado lejos de cualquier consecuencia.
A estas alturas de mi vida creía que ya nada podía sorprenderme. Sin embargo, me equivocaba. El primer informe llegó en el ciclo 14 del mes de rotación, un martes según el calendario estándar que nadie en Kepler-9 usa realmente. La estación tiene sus propios tiempos: ciclos de luz y ciclos de oscuridad de doce horas cada uno, una imitación de la alternancia diurna que los primeros colonos instalaron para no volverse locos. El informe era escueto, redactado con la sequedad clínica que el jefe de seguridad Aldric Novak usa para todo: varón, 31 años, técnico de tercer nivel, hallado sin vida en el pasillo 7-Delta-9. Causa de muerte: desangramiento por laceración de garganta.
Archivé el informe. No era el primero en Kepler-9 ese año. La estación aloja a cuarenta y dos mil personas en una carcasa de acero que tiene exactamente las grietas que le corresponden a su edad. La gente muere.
Pero en el ciclo 22 llegó otro informe. Mismas características: varón joven, garganta abierta, encontrado en los Niveles Inferiores durante el turno de oscuridad. Y en el ciclo 31, otro. Y en el 39.
Cuatro muertos en veinticinco ciclos, todos con el mismo perfil: hombres de entre veintiocho y treinta y cuatro años, técnicos o mecánicos de mantenimiento, hallados solos en los pasillos de la zona baja de la estación, aquellos túneles que nadie visita porque no hay nada que visitar —solo cañerías, cables de distribución energética y el sonido constante de los sistemas de ventilación que pujan contra el vacío exterior.
El patrón me interesó. Aunque el detalle que me obsesionó fue otro. Los cuerpos estaban blancos.
No mostraban la palidez grisácea de los muertos habituales, esa que sobreviene cuando la sangre se detiene. Blancos como el mármol. Blancos como el interior de un guante de látex nuevo. Blancos como si les hubieran vaciado cada capilar, cada arteria, cada vena, con una precisión que ningún instrumento médico podría explicar. Los escáneres biométricos de los técnicos forenses confirmaron el vacío: ni rastro de fluido hemático en los cuerpos ni en el entorno. El suelo de aleación estaba limpio; las paredes, libres de salpicaduras. Los sistemas de reciclaje tampoco registraron nada, a pesar de que la estación cuenta con una red de drenaje integrada en el propio piso. Diseñada para
emergencias médicas, que absorbe automáticamente cualquier fluido orgánico en superficie.
Los sistemas no habían registrado ningún aporte. La sangre de cuatro hombres no estaba en ningún lugar de Kepler-9. En gravedad cero, la sangre forma esferas. Flota. Deja rastros en todas las superficies. En gravedad artificial funcional —como la que mantiene Kepler-9 en sus Niveles Inferiores, un campo gravitatorio estable al ochenta por ciento de la norma terrestre— la sangre cae, chorrea, empapa. Un cuerpo adulto tiene entre cuatro y seis litros de sangre. Cuatro cuerpos representan hasta veinticuatro litros de fluido que, sencillamente, no existían.
Presenté el patrón a Novak. Me miró con esa expresión que reserva para los periodistas: una mezcla de condescendencia profesional y hartazgo existencial.
—Mara —dijo—. Los Niveles Inferiores tienen sistemas de ventilación de alta potencia. Es posible que el fluido haya sido atomizado y distribuido por la red de ductos antes de que llegaran los técnicos forenses.
—Cuatro litros de sangre atomizados en silencio, cuatro veces, sin dejar marca en los sensores de los ductos —respondí—. Novak, los sensores de calidad del aire detectan partículas orgánicas de hasta dos micrones.
Novak no respondió. Firmó mi autorización para acceder a los informes forenses completos sin decir otra palabra. Lo interpreté como una admisión.
II. La búsqueda en las sombras
Decidí hacer trabajo de campo. Reconozco que hay un tipo de periodismo que se hace desde la sala de transmisiones, leyendo informes y entrevistando fuentes en llamadas holográficas. Es un periodismo perfectamente válido. Yo nunca he sabido hacerlo.
Necesito estar en el lugar. Necesito sentir la textura del aire, escuchar los sonidos de fondo, ver con mis propios ojos la geometría del espacio donde sucedieron las cosas. Mis colegas dicen que es un defecto profesional. Probablemente tienen razón.
Empecé por el Nivel 7-Delta. El sector conocido como «El Muelle de los Suspiros» —nombre que los colonos originales pusieron con esa ironía melancólica que caracteriza a la gente que sabe que nunca volverá a casa— es una antigua esclusa de carga reconvertida en zona de ocio. Tiene mesas de juego electrónico, un par de bares que sirven licor sintético de calidad dudosa, y la atmósfera peculiar de los lugares que nacieron para otra cosa. Las escotillas de carga originales siguen ahí, selladas pero
visibles: discos de aleación de dos metros de diámetro empotrados en las paredes, con las marcas de uso de décadas de cargamentos. Cada vez que los sistemas de presión dela estación ajustan los ciclos, los discos emiten un quejido metálico que los clientes habituales ya no escuchan.
Fui tres veces durante el turno de oscuridad. La primera, un martes: el bar estaba lleno de mecánicos en su hora de descanso, una partida de damas holográficas en un rincón, un grupo de mujeres que reían con esa risa particular de quien lleva demasiado tiempo encerrado y aprecia cada momento de humor. Normal. Invisible. La segunda, un jueves: menos gente, más silencio, la condensación de los sistemas de ventilación averiados formando una neblina baja sobre el suelo que la iluminación anaranjada de emergencia convertía en algo casi hermoso. Nada que reportar.
La tercera noche, antes de seguir al segundo punto de mi ronda, me detuve en el pasillo de conexión al Nivel 7-Delta y hablé con Celeste. Celeste no tiene apellido, o si lo tiene, nadie en la estación lo conoce. Es vendedora de raciones sintéticas de segundo nivel —las que tienen textura pero no sabor, las que comes cuando no tienes créditos para las de primero— con un puesto instalado en una
esquina del pasillo que lleva décadas ahí, como si el metal de la estación lo hubiera absorbido. Tiene la cara de alguien mayor, pero la forma de moverse de alguien mucho más viejo: ese ahorro de energía en cada gesto, esa economía del movimiento que desarrollan las personas que llevan tiempo viviendo en espacios pequeños.
Demasiado tiempo, pensé cuando me senté frente a ella en el cajón de metal que usa como taburete.
Le mostré las fechas de los hallazgos, los perfiles de las víctimas, las coordenadas. Celeste escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, envolvió una ración de proteína sintética en papel termorresistente con movimientos precisos y mecánicos, como si sus manos pudieran hacer eso durmiendo, y me miró.
—La criatura del ciclo 30 —dijo.
No era una pregunta.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Cuando la estación era joven —dijo Celeste, y su voz tenía esa cualidad particular de quien recita algo que ha repetido muchas veces pero que nunca ha dejado de creer—, los ingenieros fundadores hicieron un trato. No sé si lo llamarían así. No sé si lo pusieron por escrito. Pero fue un trato.
Me incliné hacia adelante.
—La criatura vive en los niveles inferiores desde antes de que hubiera estación
—continuó—. Desde antes de que pusieran el primer andamio. Encontró un agujero en el casco que los ingenieros nunca sellaron porque no podían explicar cómo un agujero así podía existir sin comprometer la presión. A cambio de vivir aquí, de alimentarse aquí, acordó ciertos límites. No tocar a las mujeres. No tocar a los niños. Tomar solo lo suficiente para sobrevivir, no más de una vez cada treinta ciclos.
—Treinta ciclos —repetí, pensando en el patrón: ciclo 14, ciclo 22, ciclo 31, ciclo 39.
Diferencias de ocho, nueve, ocho ciclos. No treinta.
—Alguien rompió el trato —dijo Celeste. Por primera vez desde que había empezado a hablar, algo en su expresión cambió. No era miedo exactamente. Era algo más frío—.
Me marché del Muelle de los Suspiros pensando en lo que Celeste había dicho. Soy periodista de investigación, no etnógrafa del folclore espacial. Pero soy también alguien que ha aprendido, después de once años, que las leyendas de los lugares marginales suelen ser registros deformados de hechos reales. Los monstruos de los Niveles Inferiores casi siempre tienen nombre en el catálogo de criminales de la Flota. Las apariciones en los túneles de mantenimiento son casi siempre contrabandistas o migrantes sin documentación. El folclore es la memoria de los que no tienen acceso a los archivos.
Casi siempre. Mi segundo punto de ronda era la Ermita Abandonada. Era una capilla ortodoxa flotante —técnicamente anclada al casco exterior de Kepler-9 mediante cuatro brazos de amarre retraíbles, pero con suficiente libertad de movimiento para oscilar levemente con cada ajuste de presión— es probablemente el lugar más extraño de la estación. Los primeros colonos la construyeron en el año de fundación, 2301, como espacio de culto multiconfesional. Tiene iconos ortodoxos en las paredes, un altar de piedra lunar traído desde la Tierra a un coste logístico que nadie pudo justificar, y ventanas de cristal reforzado que miran directamente al espacio exterior. Ochenta y seis años sin mantenimiento. Desde el Gran Apagón del 2341, cuando un fallo en cascada de los sistemas de energía dejó la estación en penumbra durante cuarenta horas, nadie había vuelto a usarla de manera regular.
El aire dentro tenía el sabor metálico y ligeramente dulzón de los espacios cerrados durante demasiado tiempo. Las luces de emergencia anaranjadas —las mismas que recorren toda la estación durante el turno de oscuridad— proyectaban sombras largas sobre los iconos. Los rostros de los santos parecían distintos según el ángulo: serenos desde la puerta, angustiados al acercarse. Registré todo con mi comunicador de mano y no encontré nada que reportar.
Volví tres noches seguidas, como en el Muelle. La cuarta noche, todo cambió.
III. La máscara de porcelana
Era aproximadamente la segunda hora del ciclo de oscuridad. La nebulosa de condensación del sistema de ventilación —siempre más densa en los Niveles Inferiores, donde las cañerías tienen décadas de sedimentos obstruyendo los filtros— llegaba esa noche hasta los tobillos, blanca y silenciosa bajo la iluminación anaranjada. El silencio era casi completo: solo el rumor constante de los motores de ajuste de presión en algún lugar dentro del casco, y el sonido más lejano aún, casi inaudible, de Kepler-9 moviéndose a través del espacio.
Estaba a unos veinte metros de la entrada de la capilla cuando vi a la pareja. Él era joven. Treinta años, quizás menos, con ese aspecto de quien ha pasado la mayor parte de su vida trabajando con las manos: hombros anchos, cuello grueso, piel que tiene la textura ligeramente quemada de quien trabaja cerca de los reactores de presión. Llevaba un traje de mantenimiento de tercer nivel, naranja con franjas reflectantes, el tipo de uniforme que te ponen cuando eres nuevo y todavía no has acumulado suficientes horas para elegir turno. En una bolsa cruzada al hombro, un kit de herramientas.
Ella era otra cosa. Llevaba un traje ajustado de un negro tan profundo que parecía recortar su silueta contra la penumbra del pasillo como una incisión. Iba sin casco. Sin la protección de presión para las secciones exteriores. Los labios y las uñas exhibían un carmesí tan denso que rozaba el azabache —el color de la sangre cuando ha pasado demasiado tiempo fuera del cuerpo. El cabello, liso y oscuro, caía con esa precisión artificial de quien jamás necesita peinarse; inmóvil, sin viento ni gravedad que lo desordenara.
Era magnética de una forma que no tenía que ver con la belleza convencional. Era la clase de presencia que hace que el cerebro se detenga un momento y se pregunte qué está mirando exactamente.
Pasé cerca de ellos. Mantuve el paso. Activé el sensor de bio-signos de mi comunicador con el gesto discreto que he practicado miles de veces en situaciones de campo. Los resultados del sensor me detuvieron en seco, aunque seguí caminando porque el instinto periodístico de no revelar lo que estás registrando es más fuerte que el miedo.
Él: latido cardíaco 72, temperatura 36.4, flujo respiratorio normal, composición de gases exhalados dentro de parámetros estándar. Ella: sin latido detectable. Temperatura ambiente —exactamente la temperatura del pasillo, 18.2 grados. Sin flujo respiratorio. Sin composición de gases exhalados.Seguí andando. Conté hasta diez. Me detuve junto a una de las columnas de soporte del pasillo y los observé desde la sombra. Ella no parpadeaba. Había algo en eso que tardé un momento en procesar. Los humanos parpadeamos cada tres o cuatro segundos, de forma involuntaria, un reflejo tan profundo que es casi imposible de suprimir consciente y permanentemente. Ella no lo hacía. Sus
ojos, desde la distancia, parecían normales —iris oscuros, esclerótica blanca. Pero cuando un ángulo de la iluminación los capturó en el momento justo, vi lo que realmente eran: dos cavidades de un negro absoluto. No había iris. No había esclerótica. Era el negro del espacio exterior mirando desde dentro de un rostro perfecto. Cómo miraba al técnico era lo que más me perturbó.
No con deseo. El deseo tiene una temperatura, un tipo de inclinación hacia el otro, algo que reconocemos instintivamente porque forma parte de nuestra comunicación más antigua. Lo que ella expresaba era diferente. Era la atención quieta y absoluta del depredador que ya sabe el resultado, que no tiene ninguna urgencia porque el resultado es inevitable y lo único que queda es el tiempo que precede al momento. Un gato mirando un ratón a través del cristal de una terraza. La ecuanimidad del hambre que sabe que será satisfecha.
Me quedé donde estaba. El técnico reía. Ella inclinó la cabeza con un gesto de escuchar que era perfectamente humano, perfectamente calibrado, sin ningún tipo de calor. Deje el pasillo para rodear la capilla por el lado exterior para seguir mi ruta, sin darme cuenta que ella me había visto.
El mirador panorámico…
Continuara…
Josep Catalá
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