Lagunas de Ambroz: cuando una antigua mina se convierte en refugio natural por Leonel Schoijedman

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En el este de Madrid hay un paisaje que no nació para aparecer en una postal. No fue diseñado como parque, ni como paseo familiar, ni como zona verde para mejorar el mapa urbano. Su origen es mucho más áspero: excavaciones, tierra removida, maquinaria, polvo y una actividad minera ligada a la extracción de sepiolita, una arcilla de uso industrial. Durante años, aquel terreno fue leído
como lo que parecía ser: un espacio alterado, abierto, incómodo, marcado por el impacto humano.

Con el tiempo, sin embargo, ocurrió algo que rara vez aparece en los planes administrativos. Al cesar la actividad extractiva, las cavidades abiertas en la tierra empezaron a llenarse de agua. Primero fueron charcas. Después, lagunas. Alrededor de ellas aparecieron plantas, insectos, anfibios, aves,
pequeños mamíferos, hongos y una red de vida que fue tomando cuerpo sin pedir permiso.

Así surgieron las Lagunas de Ambroz, un humedal urbano formado en una zona fronteriza entre San Blas-Canillejas, Vicálvaro y Coslada. La historia tiene algo de paradoja. Un lugar nacido de una herida industrial terminó convertido en refugio para especies que encuentran cada vez menos
espacio en una gran ciudad. Donde hubo taludes y cortes de terreno, algunas aves encuentran lugares para criar. Donde muchos veían un descampado, vecinos, naturalistas y colectivos ambientales empezaron a reconocer un ecosistema joven, frágil y valioso. Esa diferencia de mirada no es menor. A
veces, el destino de un lugar empieza a decidirse por la palabra con la que se lo nombra.

No es un paisaje domesticado. Ambroz tiene otra belleza: taludes, matorral, tierra seca, charcas temporales, lagunas, vegetación espontánea y una mezcla de dureza y vida que no se deja maquillar. Recuerda que la naturaleza urbana no siempre aparece con forma de parque cuidado, césped recortado y bancos alineados. A veces brota en los márgenes, en los huecos, en los espacios que
la ciudad dejó a medias. Y precisamente por eso incomoda: porque no encaja del todo en la idea ordenada que solemos tener de lo verde.

El valor ecológico del lugar ha sido señalado por asociaciones vecinales y conservacionistas a partir de inventarios de biodiversidad realizados con participación ciudadana y apoyo de especialistas. En el entorno se han citado más de un centenar de especies de aves, junto con invertebrados, anfibios,
reptiles, mamíferos, hongos y una flora variada. Entre las aves registradas aparecen nombres como avión zapador, abejaruco, somormujo lavanco, búho real, alcaudón o cernícalo. Para quienes conocen estos ecosistemas, esos nombres dicen mucho: indican que allí hay alimento, refugio, agua, taludes,
vegetación y condiciones suficientes para que la vida silvestre se instale.

El caso del avión zapador es uno de los más reveladores. Se trata de un ave pequeña que excava sus nidos en paredes arenosas o arcillosas. En Ambroz, los cortes del terreno dejados por la minería pueden servirle como zona de cría.

La imagen es fuerte: una actividad que alteró el suelo dejó formas que algunas especies han sabido ocupar. Donde la mirada humana ve un borde roto, otras especies encuentran una oportunidad concreta para vivir.

Pero Ambroz no es una postal ecológica con final resuelto. La zona sigue atrapada entre intereses distintos: la presión urbana, los planes de desarrollo, las infraestructuras y la posible continuidad o reactivación de actividades extractivas. Está en juego la manera en que una ciudad decide mirar sus
bordes. Unos los ven como espacios pendientes de ordenación. Otros, como lugares donde ya existe un orden propio, aunque no haya nacido de un despacho.

Una mirada entiende el suelo como recurso: materia prima, superficie disponible, oportunidad económica, espacio que debe producir algo medible. La otra lo mira como sistema vivo: un conjunto de relaciones entre agua, tierra, especies y comunidad. En medio queda una pregunta difícil: ¿qué ocurre cuando un terreno degradado genera un ecosistema propio? ¿Debe seguir pesando solo su origen industrial o debe reconocerse lo que ha llegado después?

La respuesta no es sencilla; la sepiolita tiene valor industrial. Las  administraciones deben gestionar suelo, permisos, proyectos y necesidades urbanas. Madrid necesita vivienda, infraestructuras y actividad económica. Pero esa parte de la discusión no cancela la otra. La ciudad vive una realidad
ambiental cada vez más exigente: calor extremo, pérdida de biodiversidad, falta de sombra en muchos barrios, necesidad de corredores ecológicos y escasez de espacios naturales cercanos para la población. En ese contexto, cada humedal urbano cuenta más de lo que parece.

Las lagunas no solo son importantes por las especies que acogen. También importan por lo que representan. En una ciudad grande, donde el suelo se mide muchas veces por su rentabilidad, Ambroz plantea una pregunta incómoda: ¿somos capaces de reconocer valor en un lugar que no fue planificado como naturaleza? ¿O solo protegemos aquello que llega con una etiqueta oficial
desde el primer día?

Esa es una de las claves del caso. Un parque suele nacer en un plano: se delimita, se presupuesta, se inaugura. Un humedal espontáneo aparece de otra forma. Crece sin discurso, sin campaña institucional, sin cartel de bienvenida.

Cuando su valor se vuelve evidente, puede encontrarse ya rodeado de expedientes, concesiones, intereses cruzados y calendarios que no fueron pensados para él. La vida avanza a su ritmo; la administración, al suyo. El problema llega cuando ambos tiempos chocan.

Los defensores de Ambroz reclaman que las lagunas se entiendan como parte de una red verde más amplia en el este madrileño. No hablan solo de conservar unas charcas aisladas, sino de conectar espacios, proteger corredores de fauna y equilibrar una ciudad donde los grandes pulmones
verdes no se reparten de manera pareja. La idea de una gran zona natural en este lado de Madrid aparece, así, como una posibilidad real de reparación territorial. No se trata únicamente de salvar un enclave bonito, sino de corregir una forma desigual de distribuir naturaleza, sombra y salud urbana.
Aun así, conviene no idealizar el lugar. Ambroz no es naturaleza virgen. Su origen es artificial, su suelo fue intervenido y su paisaje conserva marcas de explotación. Precisamente ahí está su fuerza. Nos obliga a revisar una idea demasiado pura de lo natural. No todo lo valioso nació intacto. No todo lo digno de cuidado está lejos de la ciudad. No todo lo salvaje vive en montañas, selvas o reservas protegidas. A veces, la conservación empieza en terrenos rotos.

Las ciudades del siglo XXI tendrán que aprender a mirar estos espacios con mayor atención. Antiguas canteras, riberas degradadas, solares abandonados, bordes ferroviarios o terrenos industriales pueden transformarse en refugios inesperados para especies que han perdido hábitat. No reemplazan a los grandes espacios naturales, claro. Sería ingenuo afirmarlo. Pero pueden cumplir un papel decisivo en zonas urbanas densas, donde cada metro de agua, sombra y vegetación tiene un peso ambiental y social. En tiempos de crisis climática, los márgenes ya no son secundarios.

En Ambroz, el lenguaje también forma parte de la disputa. No es lo mismo decir “descampado” que decir “humedal”. No es igual hablar de “terreno minero” que de “refugio de aves”. Las palabras preparan decisiones. Si un sitio se presenta como vacío, parece disponible para cualquier uso. Si se reconoce como ecosistema, exige cuidado, evaluación y responsabilidad. Por eso las palabras
no son un adorno del debate: son parte del terreno donde se juega la protección.

Quizá por eso las Lagunas de Ambroz han movilizado a vecinos, científicos, naturalistas y colectivos ambientales. Defienden una forma distinta de entender la ciudad. Una ciudad que no mire sus márgenes como sobrantes, sino como lugares donde todavía puede aparecer futuro. Una ciudad capaz de admitir que la vida no siempre llega donde se la invita, sino también donde encuentra una
grieta.

La imagen final es simple y poderosa: una laguna donde antes hubo una mina. Un hueco abierto para extraer materiales que terminó lleno de agua, vegetación y aves. Esa escena habla de daño, pero también de reparación. Habla de la capacidad de la naturaleza para reorganizar la vida incluso en terrenos difíciles.

Y deja una advertencia clara: lo que el tiempo ayudó a recomponer puede perderse rápido si no se reconoce a tiempo.

Ambroz sigue siendo una pregunta abierta para Madrid. ¿Qué hacemos cuando la vida aparece en un lugar que no estaba previsto para ella? ¿La protegemos  o la tratamos como un obstáculo?

¿Aceptamos que un paisaje herido puede convertirse en refugio o insistimos en leerlo solo por su pasado industrial? La respuesta no solo dirá qué ocurre con unas lagunas del este madrileño.

También dirá qué clase de ciudad estamos dispuestos a construir: una que borra sus márgenes o una que aprende a cuidarlos.

@Leonel  Schoijedman


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