Qué la memoria es frágil lo sabe cualquiera, y que ésta, a su vez, juega malas pasadas y crea confusiones en los recuerdos, también lo sabe cualquiera. Por eso me asaltan algunas dudas de que pudiera ver el mundial de 1962, celebrado en Chile, donde la selección de Brasil se alzaría con la segunda copa del mundo consecutiva, que ya habían conquistado en 1958, en Suecia.
Sin embargo, mis recuerdos me llevan a una bonita y espaciosa sala con un televisor en blanco y negro, del casino municipal de la localidad donde yo había nacido y residía. Acompañaba a mi padre, que era socio y podía entrar en ese recinto. Por supuesto, en las casas proletarias y modestas, como era la mía, en esa época, no se podía comprar un televisor: el salario exiguo de un ferroviario, como era mi padre, no permitía ese tipo de lujos. Porque tanto un televisor, como un frigorífico (mi padre construyo uno bellísimo, blanco, de formas redondeadas, donde en la parte superior se colocaban los paralelepípedos de hielo), una estufa, una cocina eléctrica, y otros electrodomésticos, estaban fuera del alcance de la mayoría de las familias asalariadas de aquellos años negros del último período de la larga dictadura.
Hablo por teléfono con mi padre – que ya ha pasado de los cien años – sabiendo que no va poder recordar si yo fui con él a ver aquel mundial de 1962, en el que yo contaba tan sólo con ocho años de vida. No obstante, sí recuerda perfectamente que yo acudí con él a ver más de un mundial en aquel casino (bastante interesante desde un punto de vista estético, con una gran escalinata que arrancaba de un gran patio, que permitía acceder al piso de arriba, que estaba enmarcado por un corredor cuadrado al que se asomaban ventanas semicirculares) que aún permanece en mi memoria. Tampoco he olvidado que el escudo de dicha institución lo había diseñado mi tío Aurelio que, aunque trabajaba como director de una oficina bancaria en la localidad, tenía las suficientes aptitudes artísticas para producir aquel diseño.
En mi memoria, me veo todavía bastante pequeño, por lo cual estoy casi seguro que presencié aquel mundial de 1962. Con toda seguridad el de Méjico de 1970, porque aún no teníamos televisor. Yo ya estaba en Madrid, pero aún no había comenzado a vender mi fuerza de trabajo: lo haría el penúltimo día de julio, al año siguiente.
Volvamos, no obstante, al fútbol, del que apenas sé nada, vaya por delante. Desde luego, el “culpable” de que yo comenzara a amar de una manera absoluta a la “canarinha”, fue mi querido padre. Empecé, como ya he dicho, a ir con él a ese casino para ver los mundiales. Y ahí, al margen de todo y de todos, surgió el flechazo entre Brasil y yo, que aún no se ha roto, a pesar de que aquel “jogo bonito”, que practicaron en aquellos años gloriosos de los Pelé, Tostao, Jairzinho, Rivelino, etc., ya no es tal. Dios, ¡cómo jugaban aquellos chicos! Lo recuerdo perfectamente. Era coger el balón, y la alegría se desbordaba. El movimiento de piernas, como en una especie de baile improvisado, mareaba y confundía a los rivales. Cuando esos jugadores mágicos arrancaban desde la portería, no había quien los parara, marcasen o no gol en la puerta contraria.
Mientras escribo, pasa por mi cabeza algo que presencié, hará un par de años, en un parque de Madrid, concretamente el de Eva Perón, en los aledaños de la antigua Plaza de la Alegría, hoy llamada de Manuel Becerra, donde he llegado a vivir durante algunos años. Estoy sentado en uno de los bancos de ese parque, porque estoy haciendo tiempo para acudir a una cita, cuando mis ojos se detienen en un muchacho (que no tendrá más de diez o doce años), que juega con una pelota. Acaba de llegar con una señora que debe ser la madre. Enseguida me doy cuenta de que ese crío tiene magia en las piernas. Mueve el balón de una manera que me recuerda a cómo lo suelen hacer los jugadores brasileños. Al poco rato, llega otro chaval de su misma edad, más o menos. Se ponen a regatear entre los dos. El recién llegado no logra detener ese regateo mágico de su compañero de juego. Mis ojos siguen observando, sin apenas pestañear. Estoy entusiasmado viéndole mover al balón. Después de un buen rato, el compañero de juego se marcha, el “mago” intenta hacer algunos tiros contra una portería que acaba de habilitar entre dos árboles del parque. En esa portería, como cancerbero, cancerbera, se ha situado la señora que le acompaña. Ella hace alguna que otra parada y señala alguna que otra cosa al joven jugador, por lo que puedo percibir desde el banco donde estoy situado.
Después de un rato de disparos a balón parado, la mujer vuelve a su asiento, que no está muy distante del mío. El chaval sigue jugando con la pelota, haciendo algún que otro malabarismo con ella. Es entonces cuando decido levantarme e ir hacia el lugar donde está sentada la mujer. Es la madre, como ya había intuido desde el principio. Su acento denota claramente que es brasileña. A una de mis preguntas, confirma que su hijo también lo es. Le digo que, a mi entender, tiene un gran futuro como futbolista, porque he estado siguiendo con atención los movimientos que hacía con el balón. Ella asiente, y me explica que intenta que juegue con algún equipo del barrio donde vive. De sus palabras, denoto que sabe muy bien lo que tiene que hacer con ese joven “diablillo” que hace magia con la pelota. Me marcho feliz a mi cita después de haber asistido a lo que he asistido.
Volvamos de nuevo a la selección brasileña. Es verdad que en los últimos años ha sufrido enormes altibajos en su juego. A decir del seleccionador holandés, Guus Hidding, en el mundial de Francia de 1998: “Brasil se ha convertido en un equipo demasiado defensivo. Cuando era niño me hacía soñar. Ahora todo es diferente. Han cambiado su mentalidad y han empezado a sacrificar su arte en busca de un resultado. Para los brasileños se ha convertido en una necesidad. Para los amantes del fútbol, es una vergüenza. Hoy en día, los holandeses damos más espectáculo que los brasileños con nuestros toques. Asumimos más riesgos que ellos, que últimamente quieren demostrar que pueden marcar.” Puedo mostrarme de acuerdo, en lo esencial. Sin embargo, en el mundial de Sudáfrica, en el partido contra Brasil, los holandeses masacraron, con una sucesión imparable de faltas, a los jugadores brasileños, que perdieron por 2-1 en los cuartos de final. La venganza, curiosamente, llegaría de manos de la selección española en la final, ganando por vez primera la copa mundial de fútbol.
Pero volvamos, por un momento, a ese mundial de Francia de 1998, donde los brasileños cayeron en la final frente al país anfitrión. El “affaire” Ronaldo Nazario, con su desaparición del hotel donde estaba concentrado el equipo, siempre me hizo sospechar. Se ha pretendido explicar en fechas recientes, por el propio Ronaldo, lo que realmente aconteció con su rodilla y demás. Sólo voy a contar lo que yo supe en aquel momento. Por supuesto seguí esa final, donde a pesar, como ya he indicado antes, de que no soy ningún entendido de fútbol, a mi me pareció que estaba habiendo “tongo”, y que los brasileños se estaban dejando ganar a propósito: es lo que a mí me parecía. En esa época, acudía con regularidad a una cafetería llamada “Cervantes”, tal vez porque estaba situada (desapareció en la niebla del tiempo), en la calle de León, cercana a la iglesia de los trinitarios, donde fue enterrado Miguel de Cervantes Saavedra. En esa cafetería, trabajaba una camarera natural de Brasil. No voy a hablar de la belleza tranquila y deslumbrante de aquella joven; sólo de lo que ella me contó con absoluta certeza. Me dijo lo siguiente: “En Brasil, todos sabemos que se han dejado comprar por dinero…” Esa explicación suya coincidía con lo que yo había sentido al ver esa final. Después, que cada uno piense lo que quiera. Mi amiga hablaba con el corazón en las manos. Ella también desapareció en la retícula del tiempo.
Al margen de todo, hay que resaltar que Brasil ha participado en todos los campeonatos que se han disputado hasta la fecha. Y algo nada baladí: es la única selección que tiene cinco títulos, aunque en los últimos veinticuatro años no haya vuelto a ganar ninguno. Dando por bueno eso que comentaba el seleccionador holandés, no he dejado de seguir a esa selección en todos estos años. Confesaré, por si a los lectores aún no les hubiese quedado suficientemente claro, que mi selección es Brasil, y no España, la de mi propio país. Y lo es, por lo que ya he escrito al principio. Eso sí, tengo que confesar que, en esa final de Sudáfrica, la que España ganó, hice un experimento sociológico, y me lancé a la calle para seguir en la Plaza de Cibeles, en la pantalla gigante que habían instalado, esa final. Pude disfrutar de la alegría que se derramó, que fue algo más que alegría, cuando Iniesta marcó el gol que dio el triunfo definitivo a la selección. Puedo asegurar que vi cosas que jamás he vuelto a ver entre los seres humanos que abarrotaban esa plaza y todos los aledaños. No voy a mentir, y diré que ese triunfo también me alegró a mi mismo, seguidor y simpatizante de Brasil. Tal vez, como he dicho un poco más arriba, porque mi selección, Brasil, fue vengada por los españoles, en esa final contra Países Bajos.
Hace un par de mundiales, también hice otro experimento. Acudí a ver algún que otro partido de Brasil, a la “Casa do Brasil”, moderno e interesante edificio situado a la entrada de la Universidad Complutense de Madrid. Mezclarme con esa afición tan especial que es la “torcida brasileña”, fue una experiencia inolvidable. Desprenden tan “buen rollo”, que te reconcilia con la especie humana. Y no estoy exagerando nada.
Pero vamos a situarnos por un instante en este mundial de 2026. He visto dos partidos de Brasil. El primero, contra Marruecos, que acabó en un empate: 1-1. No jugaron nada bien, no había ni ideas, ni imaginación sobre el campo. Sólo la aparición fugaz de un jugador, al que no recordaba del mundial de 2022, que responde al nombre de Vinicius Junior, hizo que el desastre no se produjese. ¡Dios, cómo se mueve, y como baila con el balón entre sus pies, Vinicius! Lo iba a volver a comprobar en el partido contra Escocia, en el que Brasil ganó por 3-0. No vi, por las altas horas de la madrugada en la que tuvo lugar el enfrentamiento, el choque contra Haití, donde también ganó por un contundente 3-0. Leí algún comentario en el que no hablaban demasiado bien del juego desarrollado por Brasil, a pesar del resultado. No obstante, frente a Escocia, el juego mejoró muchísimo. Incluso se atrevieron a jugar con cierta rapidez y fluidez para penetrar con facilidad hasta la meta contraria. Y Vinicius, con ese movimiento que despliega, me recordó durante unos instantes a Pelé. Me encanta como celebra sus goles, poniéndose a bailar, como hacen la mayoría de jugadores brasileños cuando marcan un gol: es la Joie de Vivre.
- Mientras acabo este texto, sé que Brasil ya está en octavos de final, tras derrotar a Japón por 2-1. Menos mal que no pude seguir el partido en directo, porque me hubiera tocado sufrir de lo lindo. Perdían por 1-0 tras llegar al descanso. Tras ver un amplio resumen del partido, veo que han jugado bien. Incluso vuelvo a ver a un Vinicius Junior, que hace diabluras con la pelota, y que no marca gol, después de unos pases mágicos, porque lo impiden el portero y el poste. Sigo soñando con esta selección, al margen de que lleguen, o no, a la final, y ganen, o pierdan, el campeonato. Y la afición, ¡Dios, qué buen rollo tiene esa afición!, a la que como ya he dejado constancia en el texto, también adoro.
La imagen que encabeza el texto es una fotografía de la selección de Brasil en el Mundial de Mexico 1970. Ahí están los Pelé, Tostao, Rivelino, y compañía. Inolvidables todos ellos.
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