Cuando van a buscarla, Kristen arrastra un baúl de periódicos y revistas hacia una pared. Todavía tiene que colocar sillas forradas de terciopelo, seis cajas llenas objetos metálicos y varios muebles.
—Vaya —dice Alora—. ¿Es este mi almacén? —Sonríe mientras gira sobre sí misma—. Si quieres, puedes venir mañana para terminar el trabajo. Por mí no hay problema. También había pensado ordenar la tienda. Y, viendo los resultados, me encantaría contar contigo. —Abre el bolso para sacar la cartera, pero su padre le aparta las manos.
—No es necesario —dice—. Ha sido un favor.
—Gary, ha estado toda la mañana metida en el almacén. Creo que… Por Dios, Kristen, ¿qué te ha pasado?
—Se me cayó un libro encima —responde Kristen.
—Tenías que habernos avisado. Hay hielo en la nevera.
—Estoy bien. ¿Nos vamos? —Se agacha para recoger la caja de basura. El cartón se dobla bajo la presión de sus dedos y tiene que levantarla por la base. La barra sigue oculta bajo los plásticos y el cartón. Su peso es lo único que le recuerda que continúa ahí.
—¿Qué es eso? —dice su padre.
—Basura.
—¿Basura?¿Cómo se te ocurre tirar nada? Aquí hay cosas valiosas. —Se inclina sobre la caja con intención de mirar en su interior—. Déjame ver.
—Oh, vamos Gary —dice Alora—. Aquí hay demasiada basura. Ella no es tonta; confío en su criterio. —Camina hacia la salida y Kristen aprovecha para seguirla. Su padre, tras un instante de duda, va detrás.
En la calle, la lluvia les recibe: gotas minúsculas que trazan regueros por el asfalto. Alora abre un paraguas y se acerca a Kristen para cubrirla. Para evitarlo, su padre se interpone entre ambas. Cierra la puerta con llave y baja la persiana metálica—. ¿Hasta mañana, entonces?
—Hasta mañana —dice Kristen.
—Adiós, Gary. —Antes de marcharse, Alora cruza una mirada con él. Luego, evitando los charcos, se pierde tras la esquina. Su padre agita una mano en el aire, pero como Alora no le ve, el gesto queda ridículo. Kristen espera a que él se ponga en marcha. No quiere moverse para no llamar la atención. Teme que, sin Alora delante, vuelva a interesarse por la caja. Pero pasa a su lado como si no existiera. Kristen lo sigue a unos pasos de distancia. La lluvia ablanda la caja y tiene que apretarla contra el pecho para evitar que se deshaga. Su padre gira a la izquierda y, al llegar a la altura del Suzuki familiar, cambia de acera.
—¿Piensas llevarla a casa? —dice. Kristen localiza un contenedor al final de la calle y se dirige hacia él sin prisas. El pegamento se vuelve pesado y Kristen reduce el paso. Impaciente, su padre toca la bocina dos veces. Kristen deja la caja en el suelo, sobre un charco. Recupera la barra de hierro que, en comparación con el peso del pegamento, es liviana. El claxon del Suzuki vuelve a sonar. Regresa al coche con la barra guardada a la espalda. Su padre la vigila detrás del movimiento de los limpiaparabrisas. Pisa el acelerador y el motor brama. La lluvia se escurre por la barra y entumece los dedos de Kristen. Se detiene junto al coche y la levanta por encima de la cabeza. Su padre abre la boca en un grito que se pierde bajo la lluvia. Kristen golpea el capó del Suzuki. El golpe le sacude las muñecas hasta los hombros y la obliga a aflojar la presión. Apenas ha conseguido hacer una hendidura. Rodea el coche hacia el lado del acompañante mientras que su padre forcejea con el cinturón de seguridad. Kristen vuelve a alzar la barra y golpea el espejo retrovisor. La pieza cruje y se abre en dos; una mitad cae al suelo y la otra se queda colgando de un cable.
—¡Qué coño…! —dice su padre. Deja la puerta abierta y avanza hacia Kristen con los puños cerrados. Ella eleva la barra. Su padre evalúa el daño del espejo retrovisor y, al girarse hacia Kristen, echa el brazo atrás para golpearla. Kristen grita. Su voz se convierte en la de su madre. Unas manos invisibles se unen a las suyas cuando deja caer la barra. El hierro impacta en la rodilla izquierda de su padre. El crujido del hueso vibra en la barra—. ¡Puta! —La rodilla cede. Se apoya en el coche y resbala hasta el suelo—. ¡Zorra, maldita zorra!
—Esto es de mamá. —Kristen le golpea la cabeza dos veces: primero en la frente, luego en la coronilla. Su padre se desploma. Jadeante, Kristen espera. La lluvia tintinea contra el capó y le resbala por las mejillas. Patea a su padre. No responde. Sin soltar la barra, se inclina sobre él y le da la vuelta. Un hilo de sangre se desliza desde la frente hacia los charcos. Segura de que no va a moverse, deja la barra a un lado, lejos de su padre. Saca el pegamento; se le cae porque le tiemblan los dedos. Lo recoge. Ya no pesa y desenrosca el tapón. Con la manga de la sudadera seca la boca de su padre. Es un gesto inútil: la lluvia lo empapa todo. Acerca el pegamento a los labios y aprieta con suavidad. El orgasmo que brota es espeso. Lo extiende sobre la boca y la aprieta para sellarla. No funcionará, piensa. Bajo la lluvia es imposible. Afloja la presión. Los labios han quedado unidos. Su padre mueve la cabeza y Kristen aprovecha el movimiento para girarla en su dirección. Introduce el pegamento en una fosa nasal y la llena. Hace lo mismo con la otra. Le pinza la nariz hasta cerrarla.
Entonces deja de llover. El aire se llena de silencio. Kristen guarda el pegamento en el bolsillo trasero del pantalón. Su padre convulsiona. Se le crispan las manos, los músculos del cuello se le tensan. Abre los ojos y divaga hasta encontrar a Kristen. Se lleva los dedos a la garganta, alargándolos hacia la boca. Quiere limpiársela. Intenta meter los dedos en la nariz. Sacude las piernas y golpea el aire con las manos. Mira a Kristen con los ojos muy abiertos. Ella aparta los suyos, concentrándose en el reflejo de los edificios en los charcos. Espera a que los ruidos de su padre cesen. Después se aleja del coche. El motor sigue encendido y no le importa. Tampoco abandonar la barra. Tirita de frío y arrastra los pies. Se palpa el bolsillo: el pegamento ha desaparecido. Se coloca la capucha de la sudadera y sigue caminando sobre las calles mojadas.
El coche azul se detiene en el semáforo. Lleva las ventanillas bajadas y el hombre apoya un brazo fuera. Golpea la puerta al ritmo de una música que Kristen no puede oír. Saluda a la anciana, pero ella habla con el yorkshire y no se da cuenta. El perro la contempla con devoción.
En otra calle, los dos hermanos gritan, ríen y bajan la cuesta con la bicicleta. Sus voces se alargan en la calma de la tarde. Kristen se detiene para sentir la placidez del sol. Los rayos atraviesan el enramado de nubes y borran el recuerdo de la lluvia. Los charcos resplandecen con ellos, convirtiendo las gotas que caen de los árboles en estrellas fugaces. Desde una rama, un pájaro canta. Silba la melodía de un tiempo que regresa. Kristen respira hondo. Sí: el tiempo vuelve a empezar. Sonriendo, se dirige a casa, hacia esos brazos suaves y libres que la esperan.
FIN
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