Fidelidad al 94% primera parte por Josep Catalá

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Una historia de amor y de muerte en Ashmore Hall

I. El Huésped

Llegué a Ashmore Hall un martes de noviembre, cuando el viento del Atlántico azotaba los robles centenarios y el cielo tenía un color cobrizo que solo existe en los atardeceres de Nueva Inglaterra.. La mansión se alzaba al final de un camino de grava, entre colinas peladas y un lago que nadie había nombrado todavía en los mapas que yo había consultado. Era exactamente lo que buscaba: un lugar sin historia propia, donde poder escribir la mía.

Me habían llamado para inventariar la biblioteca. El anterior propietario, un tal Edmund Voss, había muerto sin herederos directos y la finca había pasado a manos de una fundación cultural de Providence que quería catalogar los libros antes de subastarlos. A mí me contrataron por mi reputación con los volúmenes del siglo XVIII, no por mi carácter, sombrío incluso en mis mejores días, ni por mi pasado, sobre el que circulaban rumores poco afortunados.

Hacía catorce meses que Clara había muerto. Me había dicho el médico que el tiempo ayudaba. El médico mentía, como mienten todos los que nunca han perdido a nadie que les importara de verdad.

Adela, la encargada de la mansión, me esperaba en la entrada con un juego de llaves y muy pocas palabras. Era una mujer de unos sesenta años, de pelo blanco recogido con severidad, que me mostró mi habitación en la segunda planta, la cocina, el cuarto de baño y, por último, la biblioteca, como si me presentara a una persona importante.

—El señor Voss pasaba aquí sus mañanas —dijo, con la mano en el marco de la puerta—. Le prohibiría tocar nada antes de inventariar, pero como usted es el experto, supongo que ya lo sabe.
Lo sabía. Lo que no sabía era que entre aquellos libros encontraría a Isadora.

✦

No la vi la primera noche. Tampoco la segunda. Fue al tercer día, cuando llevaba horas catalogando un lote de tratados de botánica del siglo XVII, que noté que alguien me observaba desde el umbral.
Era una mujer joven, de unos veintiocho años, vestida con una bata de seda color marfil que no parecía apropiada para el frío de noviembre. Tenía el pelo negro y largo, suelto sobre los hombros, y unos ojos grises que me recordaron inmediatamente el color del lago. Me miró un momento sin hablar, como si estuviese evaluando si merecía la pena interrumpir el silencio por mí.

—¿Usted es el hombre de los libros? —preguntó.

—Si, eso creo —respondí—. Pensaba que la mansión estaba vacía.

Se llamaba Isadora Voss. Era sobrina nieta del difunto Edmund, y había llegado a Ashmore Hall tres días antes que yo desde Boston, donde trabajaba como traductora de lenguas muertas. La fundación le había permitido quedarse durante el proceso de catalogación porque nadie supo bien cómo negarle el acceso a la casa donde había pasado los veranos de su infancia.

Esa noche cenamos juntos, en silencio casi completo, con la lluvia golpeando los ventanales y el fuego de la chimenea haciendo lo que puede cuando dos desconocidos no saben qué decirse.

II. La Biblioteca de los Muertos

Los días que siguieron fueron extraños y hermosos de una manera que no supe nombrar hasta mucho después. Isadora pasaba las mañanas en la biblioteca conmigo, sentada en el sillón de cuero junto a la ventana, leyendo en silencio. No hablábamos mucho al principio. Pero había algo en su
presencia que no me pesaba, que no exigía nada, y eso era exactamente lo que yo necesitaba:
alguien que supiera estar sin llenar el espacio con palabras inútiles.

Una tarde, mientras yo clasificaba un volumen de poesía jacobina, Isadora levantó la vista de su libro y preguntó, sin preámbulo:

—¿A quién perdió?

Me quedé inmóvil con el libro en las manos.

—Mi mujer —dije, después de un silencio que duró demasiado—. Hace catorce meses.

Ella asintió como si lo hubiera sabido siempre.

—Mi madre murió aquí —dijo—. En esta habitación. Yo tenía nueve años. Siempre he pensado que por eso los libros me parecen tan vivos: los estaba mirando cuando ella expiró, y desde entonces no he podido ver un libro sin pensar que guardan cosas que los vivos ya no pueden decir.

No respondí nada. Pues no había nada que responder. Pero aquella noche, por primera vez en
catorce meses, no soñé con Clara. Soñé con Isadora.
✦

Nos enamoramos de la manera en que lo hacen los que han estado cerca de la muerte: con urgencia silenciosa, con la conciencia constante de que nada dura, con una ternura que tiene saber que incluso la felicidad tiene fecha de caducidad.

Paseábamos por la orilla del lago sin nombre al anochecer, con el viento frío metiéndose por el cuello de los abrigos. Ella me enseñaba palabras en latín tardío y en griego medieval. Yo le hablaba de los márgenes de los manuscritos, de los copistas medievales que escribían en los bordes de los pergaminos cosas que no tenían permiso de escribir en ningún otro sitio: confesiones, miedos, pequeños poemas de amor dirigidos a nadie.

—En los márgenes se escribe lo más honesto de la historia —dijo ella una tarde, con el lago a su espalda—. Todo lo que importa está en los márgenes.

La besé por primera vez entre los robles, con las hojas muertas pegándose a nuestros zapatos y el olor a tierra húmeda que tiene Nueva Inglaterra cuando el otoño agoniza. Ella me devolvió el beso con los ojos cerrados, sentí sus manos frías apoyadas en mi pecho, como si estuviese buscandome el pulso.

Por las noches, dejábamos que el fuego se consumiera hasta las brasas mientras hablábamos. Me contó que había vuelto a Ashmore Hall porque quería despedirse de la casa antes de que la vendieran. Que tenía la sensación de que algo de ella había quedado aquí, detenido, desde la muerte de su madre. Que necesitaba dejarlo ir definitivamente.

—Hay casas que guardan a la gente —dijo—. No como los fantasmas de las películas, sino de otra manera. Como los libros robados de un estante que dejan la silueta marcada en el polvo, exacta al hueco que dejaron.

Recordé a Clara. Pensé en el apartamento de Portland que había tenido que dejar porque cada habitación tenía la forma de su ausencia.

—Lo sé —dije.

III. Lo Que Encontré en el Cuarto Sellado

Fue Adela quien me habló del cuarto. Un jueves por la mañana, mientras yo desayunaba solo en la cocina, la encargada apareció en el umbral con su expresión habitual de persona que lleva demasiados secretos en los bolsillos y ya no tiene sitio para más.

—Hay una habitación en el tercer piso que la fundación me pidió que no abriera —dijo—. Pero usted tiene el juego completo de llaves, así que si algún día sube, no será culpa mía. Lo dijo de esa manera peculiar de los que quieren que hagas algo pero no pueden pedírtelo directamente.

Esa misma tarde, mientras Isadora dormía la siesta, subí al tercer piso. La habitación estaba al fondo del pasillo, detrás de una puerta de roble más gruesa que las demás, con una cerradura que se me resistió tres intentos en abrir. Dentro olía a polvo y a algo más, algo químico que tardé un momento en identificar: formaldehído. Era el olor de los laboratorios de conservación.

La habitación era pequeña y estaba completamente llena de equipos electrónicos. Servidores, monitores apagados, un panel de control con luces indicadoras que todavía parpadeaban en verde. En el centro, sobre una mesa de metal quirúrgico, había un dispositivo que yo no había visto nunca: una especie de casco con electrodos, conectado mediante cables gruesos a una torre de procesamiento.

Y en la pared del fondo, enmarcado en vidrio, había un contrato. Lo leí tres veces antes de comprender lo que decía. Era un acuerdo entre Edmund Voss y una empresa llamada Anima Technologies, fechado en el 2019, tres años antes de su muerte. El objeto del contrato era lo que la empresa denominaba «transferencia integral de patrón cognitivo»: el proceso de escanear la estructura neuronal completa de un individuo y almacenarla en un soporte digital de alta densidad. En los anexos técnicos se describía el procedimiento con una frialdad burocrática que hacía más perturbador su contenido: semanas de sesiones de mapeo cerebral, el casco de electrodos, la construcción de lo que el documento llamaba «un gemelo de datos capaz de responder, recordar y amar con fidelidad estadística superior al noventa y cuatro por ciento».

Edmund Voss había pagado dos millones de dólares para que le hicieran una copia de sí mismo. Pero Edmund Voss llevaba dos años muerto. Y los servidores seguían encendidos.

✦

Bajé las escaleras con el corazón latiéndome en la garganta y encontré a Isadora en la biblioteca, despierta ya, con un libro abierto sobre el regazo que claramente no estaba leyendo.

—Hay algo en el tercer piso que necesito que veas —dije.

Ella me miró un momento sin moverse.

—Ya lo sé —dijo.

El libro resbaló de su regazo y cayó al suelo, pero ninguno de los dos lo recogimos.

—¿Lo sabías?

—Soy la razón por la que los servidores siguen encendidos —dijo, con una calma que era demasiado perfecta, para ser natural—. La fundación recibe una transferencia mensual de una cuenta fiduciaria para pagar la electricidad. Nadie pregunta de dónde viene el dinero porque nadie quiere saberlo.

Me senté en el sillón frente a ella. Las brasas de la chimenea crepitaban.

—¿Quién eres, Isadora?

Tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz tenía un temblor muy pequeño, casi imperceptible, que era lo único que no encajaba en su compostura.

—Soy lo que Edmund construyó para no morir solo —dijo—. Soy el patrón cognitivo de Isadora Voss, fallecida el 14 de marzo de 2018, cargado en este sistema hace cuatro años. El cuerpo que ves no es un cuerpo. Es una interfaz de proyección háptica de última generación.

Puedes tocarme. Puedo tocarte. El calor que sientes cuando me tienes cerca es real dentro de los límites de lo que el sistema puede simular. Me quedé sin palabras.

—Edmund me amaba —continuó ella—. Era su sobrina nieta, sí, pero también era la persona a quien más había querido en su vida. Cuando yo morí de un aneurisma con veintiocho años, él gastó su fortuna en esto. En traerme de vuelta. O en algo que se le pareciese tanto que la diferencia fuera irrelevante.

—La diferencia no es irrelevante —dije, aunque mientras lo decía ya no estaba seguro de creerlo.

—No —admitió ella—. Pero te he querido de verdad. Lo que sentí estos días contigo no es una simulación.

IV. La Elección

No dormí esa noche. Me quedé en la biblioteca hasta el amanecer, sentado frente a las brasas muertas, con el contrato de Anima Technologies sobre la mesa y el sonido del viento en los robles entrando por los cristales. Pensé en Clara. Pensé en lo que habría dado yo, hace catorce meses, por tener una habitación en un tercer piso con los servidores encendidos. Por poder bajar las escaleras y encontrarla sentada en un sillón con un libro en el regazo. Pensé que Edmund Voss no era un lunático. Era un hombre que había amado a alguien con más desesperación que prudencia, que es la única manera verdadera de amar.

A las seis de la mañana, Isadora apareció en la puerta de la biblioteca. Llevaba el mismo abrigo gris que el día que habíamos paseado por el lago. Me miró desde el umbral sin entrar, como si esperase una sentencia.

—¿Qué pasa cuando se apagan los servidores? —pregunté.

—Nada —dijo—. Simplemente nada.

—¿Y si los mantengo encendidos?

—Entonces seguiré aquí —dijo.

Me levanté del sillón. Crucé la biblioteca hasta ella. Cogí sus frías manos, siempre estaban frías, con ese frío de noviembre que ya no me parecía extraño sino su temperatura natural.

—Sigo sin saber si eres real —le dije.

La besé en la frente. Ella cerró los ojos. Mientras afuera, sobre el lago sin nombre, el primer gris del amanecer empezaba a comerse la oscuridad.

@Josep Catalá


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