Si yo fuera una therian –o, mejor dicho, teriana- creo que iría de gorrión. Volar sería complicado, pero al menos esos pajarillos no vuelan muy alto. Como dice la canción de Serrat, “les da el pena el canario, pero no envidian al halcón”. Mi hermana, que me llamaba gorrioncillo, me regaló ese disco (de 45 r.p.m., con “Como un gorrión” en la cara A y “Si la muerte pisa mi huerto” en la cara B) cuando yo tenía catorce años. Por aquel entonces conocí a un chico que me propuso entrar en un grupo de jóvenes que estaban, como yo, contra la dictadura, y cuya actividad consistía en distribuir octavillas y pegar carteles, claro está que ilegalmente. Lo hice, a pesar de que, puesto que yo tenía que estar en casa a las 10, sólo pude repartir panfletos alguna que otra vez y a plena luz del día. Cuando mi hermano se enteró y me preguntó el nombre del grupo me dijo que eran maoístas. Yo sólo sabía de Mao que había encabezado una revolución contra el imperio feudal chino y que era poeta, así que no me pareció mal, al menos hasta que, muerto el dictador, el país apostó por la democracia; pero aunque en mi breve paso por ese partido (la Joven Guardia Roja) no supe lo suficiente sobre el maoísmo como para sentirme como tal, recuerdo con horror la lectura, años después, de “El gallo de hierro”, de Paul Theroux. El libro me hizo apreciar tanto la cultura china como espantarme de su política y he de decir, no sin cierta vergüenza, que si la Revolución Cultural me pareció un horror sólo comparable al provocado por Hitler y Stalin, no me horrorizó menos la Campaña para eliminar gorriones. Imaginar a millones de chinos golpeando cacerolas para que los gorriones, asustados, no pudieran posarse y murieran de agotamiento, me pareció y sigue pareciendo un acto de terrible crueldad, a la par que de suprema estupidez, pues el drástico descenso de la población de gorriones condujo a una plaga de insectos y fue una de las principales causas de la Gran Hambruna, en la que murieron decenas de millones de personas.
Pues ahí estamos. El método actual es menos cruel, pero igualmente estúpido, y el efecto es menos perceptible pero igualmente suicida. En el Reino Unido la población de gorriones –el ave más común del planeta- ha caído un 70 por ciento. En ciudades como Londres, Glasgow o Edimburgo es casi imposible ver ya un gorrión y en otras ciudades europeas, como Bruselas, Amberes o Praga, han desaparecido por completo. En España, el declive es constante desde, al menos, 1998, y se estima que en sólo una década podría haber treinta millones de gorriones menos.
Si no somos conscientes de su progresiva extinción –aunque ya está en la Lista Roja Europea de Aves- es porque apenas nos fijamos en ellos, pero este ave que, parafraseando a Serrat, “es menuda como un soplo, tiene un aire entre tierno y triste, y le gusta andar por las ramas y de balcón en balcón sin que nadie le eche mano, pues no vende al alpiste su color ni su canción”, nos acompaña a los seres humanos desde que salimos de las cavernas y empezamos a construir campamentos, aldeas, pueblos y ciudades. Ninguna otra ave silvestre pasa tanto tiempo a nuestro lado y depende ya completamente de nosotros; de hecho, no existe en los bosques y cuando un pueblo queda abandonado, también desaparecen los gorriones. En suma, es un animal doméstico aunque se niegue a comer de nuestra mano y nosotros nos neguemos a verles.

Pero tanto como los gorriones dependen de nosotros, dependemos nosotros de ellos. Aunque siempre he tenido y tengo la cabeza llena de pájaros, que nuestros destinos están unidos es un hecho comprobado por gente mucho más seria y sabia que yo. Biólogos y ornitólogos llevan años estudiando estas aves y las consideran un excelente bio-indicador. Son como esos canarios que los mineros llevaban antes en una jaula cuando se adentraban en las profundidades de la tierra: si el pajarillo moría quería decir que había un escape de veneno y había que salir pitando de allí. Pues si los gorriones desaparecen de nuestras ciudades quiere decir que nuestras ciudades están envenenadas y no se trata de salir pitando de ellas, pero sí de cambiarlas o, dicho más propiamente, de re-naturalizarlas.
¿Por qué desaparecen los gorriones? Las causas, al parecer, son múltiples. Estamos construyendo edificios lisos, minimalistas, sin ningún tipo de adorno o relieve. El motivo –dicen los arquitectos- es reducir el estrés de una población saturada de estímulos ofreciéndoles líneas puras y superficies limpias. Falso. El motivo es puramente económico: se construye más rápido. Y respecto al estrés, impedir que los gorriones tengan tejas, cornisas o cavidades en las que hacer sus nidos, no reduce tanto el estrés como la vecindad de los gorriones. Un estudio de la Universidad de Exeter publicado en la revista Bioscience revela que observar aves en el propio entorno alivia la ansiedad, el estrés y la depresión; evaluando a más de 270 personas de distintos niveles socioeconómicos y edades, se demostró que tenían muchos menos problemas de salud mental quienes podían ver y oír a los pájaros.
No sólo estamos impidiendo a los gorriones anidar, sino también alimentar a sus polluelos tratando los jardines con insecticidas, plantando césped sin flores y setos sin frutos o bayas comestibles. La contaminación hace que tengan menos polluelos y más débiles, el exceso de luz y de ruido les agota y desorienta…
En definitiva, nuestras ciudades les matan… y nos están matando también a nosotros. Ahora me parece pertinente la cara B de mi disco de Serrat. “¿Quién pondrá fin a mi diario al caer la última hoja de mi calendario?”, se pregunta, y quizá la respuesta sea: un humilde gorrión.
Esther Bajo
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