Zacarías nació pequeño, en una familia media de un pueblo medio de una provincia media. Era el primer varón después de varias hermanas. Para las mayores Zacarías era el juguete: lo lavaban, lo vestían y lo sacaban a pasear. Era una “monada”, guapo y tranquilo, se dejaba hacer. Todas las niñas del pueblo lo querían achuchar.
Zacarías creció arropado por la familia. Era tan bueno, tan bueno, que todo el mundo decía que iba para cura. Pero no fue así. A Zacarías le gustaba divertirse, con los amigos en la bodega, con las mozas en el baile. Era joven.
De la noche a la mañana todo ha cambiado.
Zacarías se levanta temprano, antes que nadie en la casa. No aguanta más tiempo en la cama. Se va al baño, se lava las manos y la cara, se afeita. En el espejo hay un viejo. Un anciano que se llama Zacarías. ¿Cómo ha pasado el tiempo tan rápido?
Su hija le prepara el desayuno mientras él hace sus ejercicios en pijama, medio gimnasia, medio yoga, medio estiramientos. Los fines de semana hace esos mismos ejercicios con sus nietos. Y luego se los lleva a pasear por el centro. Siempre quiso tener un hijo varón para enseñarle lo que ahora les enseña a sus nietos. Refranes pasados de moda, chistes de Jaimito, batallitas en definitiva.
Zacarías fue joven y apuesto, trabajador, emprendedor y juerguista. Algo inconcebible para sus nietos, que no se lo imaginan nada más que así como es ahora: viejo.
«Mi abuela decía que las personas no son viejas, viejos son los trapos. Las personas son mayores»
Zacarías mira a su yerno, que sale de casa temprano para ir a trabajar. Y que no vuelve hasta la noche. Que apenas mira a los niños, que siempre está cansado y de mal humor. Igual que el mismo Zacarías cuando tenía su edad. Le dan ganas de decirle que la vida es corta y hay que aprovecharla. Aprovechar los momentos con los niños cuando son pequeños. Momentos que se van y no vuelven. Momentos con la familia que no se pagan ni con todo el oro del mundo.
Pero Zacarías se calla porque sabe que su tiempo ya pasó. Pasó su infancia, pasó su juventud, formó una familia, trabajó de sol a sol para ganar un duro y ahora es viejo. Su opinión ya no importa, son otros tiempos. Su experiencia no vale, es otro mundo. Su cuerpo ya no responde. Y dentro de poco tampoco responderá su mente. Su vida se apaga, a pasos agigantados.
El nieto mayor se ha apuntado al equipo de futbol del colegio. A Zacarías se le ha encendido una bombilla. Se ha ido a su habitación y ha sacado una pequeña maleta del fondo del armario. Una maleta llena de fotos antiguas. Y se ha pasado la tarde con el nieto, ordenando las fotos del abuelo, de cuando jugaba en segunda división. Y marcaba goles a algunos de esos equipos que ahora salen en la televisión.
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