domingo, septiembre 6 2026

Los surcos del tiempo

                                                                                                                                                                                               Los surcos del tiempo

                                                                                                                                                                                                   Avelino Muleiro

Abordar el concepto del tiempo suele exigir una mirada a la física, a la astronomía, a la filosofía o a las agujas del reloj. No obstante, este texto no busca explorar la entropía ni la relatividad, como tampoco repasar las ideas que, desde Aristóteles y san Agustín hasta Einstein, intentaron descifrar la estructura de la realidad.

Desde mi perspectiva, el hipocampo, la amígdala y la corteza cerebral tienen mucho más que ver con el tiempo que las agujas del reloj o el movimiento de los astros en el firmamento. Mi objetivo aquí es más limitado, más básico, pero también más radical.

El tiempo, en su sentido puramente físico, es solo cambio y entropía: partículas moviéndose y energía dispersándose. Sin embargo, el tiempo humano es otra cosa: flujo y dirección —pasado, presente y futuro—, siembra y experiencia. Es, en esencia, un surco que se abre en la finca de la memoria.

El interés de esta reflexión se centra en explorar la raíz misma del tiempo, revelando su esencia, buscando su origen y situando la memoria humana como su fundamento sustancial. Visto así, podemos contemplar la vida como un terreno fértil sobre el cual el tiempo abre surcos en los que vamos sembrando vivencias a lo largo de nuestra existencia.

Al final de nuestra vida, todo ese recorrido se transforma en una historia personal, vitalmente integrada por los recuerdos y aprendizajes que prosperaron y nos ayudaron a triunfar. El silo que guarda esa cosecha habita en nuestro interior, blindado con un seguro a todo riesgo contra los embates del tiempo newtoniano, einsteiniano, termodinámico, cuántico o similares. 

Intento sustentar aquí que el tiempo no es un objeto físico -como las agujas del reloj o el movimiento de los astros-, sino una vivencia creada por la conciencia humana. La memoria nos rescata de la fugacidad del efímero instante, aportando al devenir una cierta consistencia, continuidad y sentido. Sin ese anclaje del recuerdo, la percepción del tiempo se disuelve en un vacío sin un antes ni un después.

A través de este enfoque trato de reflexionar adentrándome en la paradoja del tiempo vivido, donde recordar es la única forma de habitar el flujo de las horas y donde el olvido no representa un simple despiste mental, sino la desaparición de nuestra estructura y naturaleza temporal.

La memoria nos permite sembrar en los surcos labrados por el tiempo nuestras ideas, emociones, cultura y vivencias, para que en ellas germine nuestra propia identidad.  

Sin embargo, este proceso de labranza vital se halla permanentemente expuesto a una amenaza destructiva que conduce a la erosión y al desmantelamiento de los surcos. En la época actual, esa devastación toma la forma del mito homérico de los lotófagos encarnada en dos realidades devastadoras: las adicciones y la irrupción del Alzheimer.

La isla de los lotófafos

En esos días de agosto, de tórrida y sofocante calícula, llegó a las pantallas cinematográficas españolas la Odisea de Homero, adaptada por Christopher Nola. En ella, el director angloamericano desvió el dulce y anestésico loto de la isla de los lotófagos a los poderes de la hechicera Calipso, modificando así la versión original homérica. En la versión original, Homero narra así la llegada de Ulises (Odiseo) a la isla de los lotófagos:

Allí los lotófagos no tramaron la muerte de nuestros compañeros, pero les dieron a comer loto; y cualquiera de ellos que comía el sabroso fruto del loto no quería ya llevar noticias ni volver, sino que deseaba quedarse allí entre los hombres lotófagos, comiendo loto y olvidar el regreso.

Yo los conduje a las naves, obligándoles a ir; y, llorando, los arrastré y até debajo de los bancos, en las cóncavas embarcaciones. Y a los demás compañeros los exhorté a embarcarse a toda prisa en las rápidas naves, no fuera que alguno, comiendo loto, se olvidara del regreso. Ellos se embarcaron enseguida y, sentándose por orden en los bancos, batieron con los remos el espumoso mar (Homero: Odisea. IX, líneas 92-102).

Para la tripulación de Ulises, el fruto del loto actúa como un anestésico de la memoria. Al consumir esa planta, los hombres no sufren una amnesia violenta, sino un adormecimiento del deseo de volver a Ítaca. Ese episodio de los lotófagos del canto IX de la Odisea funciona como una alegoría sobre cómo la memoria y el olvido configuran nuestra percepción del tiempo y de la propia identidad.

Las adicciones:

1.- La droga

La droga es el loto del siglo XXI. Quien se queda en la isla de las adicciones abandona el arado del tiempo y descuida la tierra en cuyos surcos habría que sembrar. Los estupefacientes -el loto de la Odisea-, mediante la anestesia del recuerdo y la anulación de las expectativas, prometen un alivio inmediato frente al esfuerzo de la siembra, ofreciendo una evasión de la dureza del tiempo. Los surcos abiertos quedan abandonados en un presente perpetuo y vacío. Al anestesiar la memoria para esquivar la responsabilidad del pasado, el adicto destruye la semilla del mañana. Su finca carece de cuidado permanente sin llegar a dar ningún fruto, mientras su historia personal se interrumpe por el impulso dictatorial del instante narcótico.

La droga es el loto que conduce al olvido del presente y al vacío donde el tiempo se detiene, anulando así la identidad, ese atributo humano que solamente la continuidad de la memoria puede sostener.

¿Dónde está hoy el Ulises capaz de arrancarles a los drogadictos la flor de las manos, de arrastrarlos contra su propia voluntad fuera de la isla y atarlos al timón de su propia vida? Pienso que la educación y la formación son verdaderas candidatas para asumir ese papel.

2.- Las nuevas tecnologías.

Las pantallas y las redes sociales son la versión digital del loto homérico. Si en la Odisea el fruto dulce provocaba el olvido de Ítaca y la renuncia al regreso, hoy los desplazamientos constantes de contenidos en las pantallas (scroll) y el bombardeo incesante de alertas estruendosas producen una anestesia similar de la atención y del tiempo personal. Las nuevas tecnologías ofrecen un refugio placentero para escapar de las exigencias personales, del esfuerzo y de las tensiones de la vida cotidiana. Los actuales lotófagos digitales habitan las redes sociales y los medios de comunicación sensacionalistas, que después de comer el loto de la noticia del instante pasan a comer la siguiente olvidándose de la anterior.

Al igual que los compañeros de Ulises, los usuarios digitales experimentan un letargo de los deseos y de las iniciativas de futuro. El placer inmediato generado por los algoritmos actúa como el “dulce y anestésico loto”, reteniendo la mente en un presente perpetuo de estímulos breves que desconectan al individuo de sus proyectos y de su propia memoria histórica.  La tecnología pasa así de ser un instrumento de comunicación, a convertirse en una isla de loto donde la voluntad queda cancelada y la realidad sufre un ruinoso abandono.

El Alzheimer

Si las adicciones representan el consumo voluntario del loto, el Alzheimer es la imposición obligada y trágica de este mito. Esa enfermedad desmantela progresivamente la memoria, comenzando por los recuerdos recientes y retrocediendo hacia la infancia, desgarrando vertiginosamente la estructura del yo.

El Alzheimer es la erosión más devastadora de la mente, un terremoto que empuja a quien lo padece a comer, sin desearlo, el loto, la fruta de la desmemoria. La persona atrapada en esta enfermedad ve cómo sus vivencias, su identidad y los rostros de sus seres queridos se desvanecen.

No se trata de descuidar la finca de la memoria de forma deliberada, sino que aparece un tsunami neurodegenerativo que borra los lindes y soberanía de la tierra. Conforme el deterioro se acentúa, la mente renuncia a sus frutos uno a uno, iniciando esa renuncia con las cosechas del presente hasta llegar a erosionar las raíces de la niñez, allanando a su paso los surcos marcados por el tiempo. Cuando alguien olvida su meta y sus recuerdos, no solo pierde datos del pasado, sino también los cimientos de su propia identidad. La vida biológica continúa, pero la historia personal desaparece por completo.

Cuando la memoria se fractura, bien sea por el consumo voluntario de estupefacientes, por la anestesia de las nuevas tecnologías o por la pérdida involuntaria de la memoria, el ser humano queda reducido a su mero tiempo biológico, pero su vertiente mental del tiempo se extingue, robándole su historia y su identidad. Sin el recuerdo, el equilibrio psíquico colapsa y la historia personal se borra. Perder la memoria no es un simple fallo cerebral, es sencillamente vaciar por completo la propia existencia.

La escritura como siembra en el surco de la memoria

La vida humana se desenvuelve entre dos puntos que marcan el inicio y el fin a lo largo de un hilo temporal irreversible. El pasado es irrepetible, pero actúa como la brújula que orienta nuestro mañana. Es imposible vislumbrar el futuro sin mirar atrás, pues solo entendiendo de dónde venimos podemos saber hacia dónde nos dirigimos. No obstante, ¿es cierto que el pasado nunca vuelve?

En el Fedro, diálogo de Platón, el aristócrata ateniense Fedro le pide a Sócrates que le cuente lo que ha oído de los antiguos. Y Sócrates le relata entonces una conversación entre el dios egipcio Theuth y Thamus, rey de Egipto:

Fue Theuth quien, primero, descubrió el número y el cálculo, y, también, la geometría y la astronomía, y, además, el juego de damas y el de dados, y, sobre todo, las letras {…} Theuth se acercó a Thamus, y mostrándole sus artes le decía que debían ser entregadas al resto de los egipcios. Pero Thamus le preguntaba cuál era la utilidad que cada una de esas artes tenía {…} Cuando llegaron a lo de las letras, dijo Theuth: “Este conocimiento, oh, rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria (Platón: Fedro; 274c-277a).

En este texto platónico emerge el papel de la escritura como un eficiente fármaco de la memoria, recurso mnémico milagroso que rescata el pasado del olvido. Y, mientras la voz muere con el paso del tiempo, la escritura perdura fijada en el papel o en la pantalla LED liberándose de esa capitulación verbal. Esa misma función la utiliza el tocadiscos cuya aguja camina sobre los surcos del vinilo en el que se encuentra el pasado de las voces que se actualizan en el presente de cada giro.

No obstante, en un determinado episodio del mito se comprueba el escepticismo del rey Thamus respecto a ese fármaco prodigioso de la memoria que con tanto entusiasmo le describía el dios Theuth:

Habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes.

Estas palabras reflejan el recelo del rey ante la escritura, insinuando que su uso desplaza el esfuerzo mental de la persona favoreciendo, en cambio, la comodidad de replicar experiencias pasadas sin ningún tipo de examen crítico.

Desde mi punto de vista, Thamus critica la escritura considerándola un plagio, pues reproduce simplemente lo que dicen y piensan otros, y eso no se puede comparar al mérito y a la originalidad de pensar y de reflexionar por uno mismo.

Creo, sin embargo, que la propuesta del dios Theuth más bien sugiere un intento de apresar lo más exactamente posible el tiempo en la memoria. Está fuera de toda duda que toda palabra pronunciada lo es solamente en un presente -que es instantáneo y efímero-, pero una vez emitida se esfuma en el pasado. En cambio, la palabra escrita permanece, resultando ser un verdadero alivio de la memoria.

Por lo tanto, vista desde cada presente, la escritura es memoria, y gracias a ella podemos regresar al pasado, pues se hace presente siempre que el lector la lee.

En definitiva, el tiempo humano no se mide en el reloj ni en el movimiento de los astros, sino en los surcos que la memoria logra labrar en nuestra conciencia. Frente a las amenazas de nuestro tiempo —ya sean la fuga voluntaria de las adicciones, el sopor digital del scroll o la trágica erosión involuntaria del Alzheimer—, el ser humano corre el riesgo constante de quedar reducido a una mera existencia biológica vaciada de identidad. Ante este olvido, la palabra escrita se erige como un verdadero fármaco de la memoria que rescata lo efímero de la voz. Escribir y leer no son un ejercicio de plagio, sino un acto de resistencia, ya que en las letras la aguja vuelve a recorrer los surcos del pasado para revivir nuestra historia, dándole sentido, continuidad y futuro a nuestra propia existencia.


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