Una de las gárgolas que hay…. que había, como soportando el balcón de la casa de la esquina, donde la tienda de discos… Había dos: una cabeza de ángel y otra de demonio. Pues esa: la del demonio fue la que cayó sobre ella y le destrozó la cabeza. La suya. Ni se enteró. La dejó seca… La casa no está en ruinas ¿Cómo alguien iba a pensar que algo cayera? Claro que tiene años pero está bien cuidada. Ya se preocupaban los antiguos dueños de que estuviera en condiciones; y cuando la compró el ayuntamiento bien que la forraron de andamios, más de seis meses estuvieron los chicos de la escuela de oficios repasando todo… digo yo que hubieran visto el desperfecto si lo hubiera habido, porque algunas cosas si se vio que las repararon… Y da como repelús que haya sido una cabeza de demonio lo que mató a la chica. Muchas veces hablamos de que ya eran ganas de poner esas cosas en las fachadas pero debía ser la moda de cuando se hizo el edificio…
La chica no era de por aquí, del barrio, al menos yo no la había visto nunca. Creí que había llegado en el tren de la montaña… por nada, porque era domingo, como las ocho y traía una mochila de las que llevan los que salen con asiduidad al monte…grande, con buenos cintos para asegurarla al cuerpo y que no te haga extraños. Con bolsillos para todo, mapas, el botellín de agua… y el saco de dormir enrollado y atado arriba del todo…
Yo estaba en la terraza del bar de la estación, ella se sentó en la mesa contigua y pidió un te. Hablaba bajito y tuvo que repetir un par de veces a la camarera. Yo había levantado los ojos de los papeles que tenía para leer, la vi acercarse y desprenderse de aquella enorme mochila… Claro que la miré. Era una mujer menuda, morena, de treinta y algunos. Pelo negro y muy corto. Botas cómodas para largas caminatas por el campo. Los calcetines no sobresalían. Es algo que me llama la atención, yo no puedo llevarlos así. Tomaba su té mientras anotaba cosas en una pequeña libreta que acababa de sacar. Supongo que con caligrafía menuda porque los movimientos de la mano eran casi imperceptibles. Además los excursionistas siempre ahorran peso, están preocupados por no llevar un gramo más de lo estrictamente necesario así que imagino que aquella mujer apuraría hasta el límite incluso los márgenes de la libreta si es que los tenía… Diez o doce minutos tomando apuntes, no sé, yo estaba con mi lectura y más que verla, la percibía en mi campo visual, por eso supe que se levantó y entró en la cafetería. Guardó la libreta en el bolsillo de media pierna en el pantalón, uno de esos de estética militar, y el boli en su lugar en la mochila que dejó apoyada en la pared cuando se levantó y entró en el bar. Al aseo, supongo. Tardó un poco. O lo que a mí me pareció tardar, que tampoco… pero miré la mochila y … no me gustó. A ver: si fue al servicio, no iba a llevar aquel bulto enorme así que era razonable que la hubiera dejado allí. Pero ¿había ido al aseo? ¿Cómo podía yo saber que no se había marchado por la otra puerta del bar? ¿En la mochila había lo que llevan los excursionistas? Los que subieron a los trenes en Madrid y en Londres llevaban mochilas y no llamaron la atención de nadie, así que… en fin que por un momento sentí un escalofrío y ganas de salir corriendo. Pero no lo hice. Me quedé sentado tranquilamente pensando que si había ido allí a leer aquellas redacciones y ahora estaba sentado justo donde una mujer se había ido dejando allí una mochila grande y discreta… en otro momento no sé, pero aquella tarde no me dio la gana de salir corriendo. ¿Y cómo irse? ¿Avisando a los demás? ¿de qué? ¿De que una mujer había ido al baño dejando sola su mochila en un bar donde paraban excursionistas asiduamente? La chica volvió a su mesa y terminó tranquilamente la taza de te. Encendió un cigarrillo y al pasar la camarera la llamó para preguntarle si había tabaco en el bar. “No, no hay, antes sí pero con la nueva ley hemos preferido quitar la hasta la máquina. Aquí, en la terraza sí se puede fumar, dentro no.” Y como final al casi monólogo, la camarera le señaló dónde había un estanco, cerca. La chica de la mochila dijo que iría y algo así como mitad informar, mitad pedir permiso para dejar allí la mochila y pedir otro te. Las dos mujeres salieron en direcciones opuestas, la una hacia dentro del bar, la otra en dirección al estanco, pero no llegó… Oí un ruido sordo, algunos gritos de espanto, un frenazo…. Volví la cabeza al origen del escándalo y la escena estaba como congelada: La chica en el suelo con la cabeza deshecha en un manantial de sangre…. Manos en las bocas de algunas personas ahogando un grito que no tenían fuerzas para dar, un hombre con la portezuela de su coche abierta y medio cuerpo fuera pero al que el miedo o el horror no dejaban bajar del auto, otros vehículos parados detrás que, acaso presintiendo la tragedia, no osaban protestar por la inmovilidad…. Yo tampoco pude moverme. Bueno me puse en pie como por resortes y me hicieron eco todos los que estaban en la terraza. Nos mirábamos esperando quien sabe qué ni por cuánto tiempo…. Al unísono quebraron el silencio el silbato de un policía que llegó y el frenazo de la moto de un repartidor de pizza que esquivaba coches como cada día, como cada vez que salía con un encargo. Se paró, puso pie a tierra y clavó los ojos en la mujer que yacía en el suelo, acaso pensando las veces que le habían advertido que así acabaría él en alguna de sus maniobras a la caza un segundo en una entrega. El policía también se quedó bloqueado por la escena pero reaccionó enseguida y llamó a más policías y ambulancias. En minutos se llenó todo de sirenas y luces giratorias azules y anaranjadas que decoloraban el atardecer, voces que decían cosas ininteligibles, la figura terrible de un sanitario en pie, con su maleta en la mano, sin abrirla porque sabía que era inútil, que sus años de estudio y la pericia del chófer de la ambulancia, ahora no servían para nada… y la cabeza de diablo desgajada de la pared, tirada en el suelo mirando al cielo… al fin la manta dorada cubrió el cuerpo de la mujer. Fue el punto final de un párrafo y el inicio de otro en el que los silbatos de los policías reordenando el tráfico, la cinta blanca y roja delimitando la zona, el juez de guardia, el traslado, la autopsia, la prensa preguntado. Y yo allí, junto a mi mesa del bar, sintiéndome cada segundo peor que el anterior porque había pensado mal de aquella mujer, muerta a veinte metros de mi, elevando un poco su voz para pedir su te a la camarera y ahora tirada en un charco de sangre… y yo tan desconfiado ¿como cualquier otro? albergando sospechas, mirando de reojo. Pensando mal.
Se acercó un policía preguntando. No le pudimos decir mucho. Informarle de que aquella mochila era de la chica, que tomaba notas y nada más. El agente estudió la mochila sin tocarla. Intentó hablar por su radio. No le contestaron y se la llevó. Eso sí, debió ver curiosidad en nuestras miradas por el aparato medio aplastado que llevaba en la mano y mostrándonoslo dijo que debía ser el teléfono móvil de la chica, que la ambulancia o el coche del juez lo habían pasado por encima y que había que examinarlo como un dato más.
Al fin nos fuimos todos. En la calle quedó solo el silencio y una tímida brisa de otoño.
Mira lo que dice el periódico. ¡Mierdamierdamierdamierda!! La mochila era explosiva y con el móvil la habría hecho estallar. ¡Joder! Así que ahora sería yo uno de los que estarían donde el forense, con mi nombre en una lista de muertos y una etiqueta atada en algún sitio. ¿Será la suerte, el destino?… una confabulación de qué sé yo qué para que a un asesino no le salgan las cosas… una cabeza de diablo mató a quien iba a matarnos a nosotros por una reivindicación que desconozco y un coche (el poli dijo que el del juez o una ambulancia) dejó inservible el mando del detonador. No me hace gracia haber acertado con mis sospechas. Claro que celebro seguir aquí, pero me gustaba más ayer, cuando me sentí sucio por haber pensado mal.
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