viernes, mayo 29 2026

La cofradía de los bares secretos.- Crónica.- Jesús Cello

Existía una leyenda urbana
que debajo de las calles de mi ciudad había una red de bares secretos, unidos a través de puertas escondidas, túneles coloniales y oscuros pasadizos. Eran bares que en la superficie siempre estaban semi vacíos y sin embargo bajo sus suelos estaban repletos, ocultos dentro de humildes y modestas galerías comerciales en ruinas, intrascendentes para la vista común. Minúsculos recovecos que ocultaban un mundo oficiando de una farsa ciudadana, de una mentira visual.
Los verdaderos bares estaban debajo, como un submundo del infierno y no era fácil llegar a ellos, había que tener un código secreto, una contraseña, una palabra mágica. Se decía que los lunes era el día de los lustrabotas y los canillitas, también era el día que solían ir los marineros y los estibadores del Puerto. Los martes iban los contrabandistas de toda calaña, los cafishos y los malandras. Los miércoles los anarquistas, los peones del campo, los cuchilleros y los soplones, los buches de la policía.
Los jueves eran los días de los santos curas arrepentidos ,excedidos de pecados por negociar con el diablo de las noches, los maridos engañados y los vendedores de ilusiones. Pero los viernes esos si que eran los mejores días porque iban los poetas y los locos, las dulces meretrices, los soldados y los revolucionarios aprendices, los eternos enamorados y los pobres olvidados.
Era cuando más se vendía, alcohol y sexo de todos los colores, de todos los días los viernes eran los mejores, se llenaban las mesas de mujeres y flores, de fantasmas y amores. Yo inventaba palabras y las puertas se abrían y cerraban solas, dejándome arrastrar por los oscuros pasadizos de la tentación apenas decorados con velas que iluminaban el trabajo y la geometría perfecta de las arañas a través de sus telas.
Todos los bares se conectaban entre si en un radio no mayor a dos manzanas subterráneas. Entrabas por 1 Junta y caminabas por debajo de San Martín hasta llegar a Mendoza y San Jerónimo, después, atravesando el Mercado de Abasto, terminabas en otro antro de la calle Salta.
Siempre me asustaba cuando veía a personajes urbanos, o ilustres artistas muertos en la vida real, pero vivos y felices bajo el pavimento oscuro de las cloacas y las cuevas negras del recuerdo.
Pero luego, lentamente, me fui acostumbrando a escuchar sus historias de ultratumba, de una ciudad que ya no existe, sólo quedan en la superficie estoicos edificios mudos del pasado.
Solo los sábados y los domingos esos bares permanecían cerrados, descansando, solo trabajaban de lunes a viernes cuando sus fantasmas desterrados, emergían a la superficie solitaria de las madrugadas y se mezclaban entre la gente. Así fue que a través de los años vi niños con juguetes nuevos en navidades tristes, que me saludaban sin conocerme, marginales que cantaban canciones locas sin tiempo y sin edad, mujeres que en las esquinas me guiñaban un ojo al pasar, un enamorado comprando flores para perfumar tal vez su soledad, un violinista que tocaba sin que nadie lo escuche y payasos secuestrados por sus propios globos que los invitaban a volar.
Caminando de vuelta a casa voy pensando en estas cosas al regresar.
@Jesús María Cello

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