masticadoresdeLetrasEspaña

MEIGA by Manuela R. Gallego

Imagen tomada de Pinterest

Como cada tarde , abandonó su casa, a pasos lentos fue escalando, hasta llegar

a lo más alto del acantilado.

Como un endemoniado, al que Satán tenía ya embargada su aĺma para la eternidad.

Gritó su nombre.

Más fuerte y más claro. Gritó su nombre.

¡No hay ninguna posibilidad de que lo escuche!

Entre los dos, hay cuatro mil metros de distancia.

Pasados a Kilómetros parece poco, ¡Solo cuatro kilómetros!

Una distancia infinita.

Está el  mar por medio,

Ese mar es tan embravecido, que hasta las rocas esconden su cara con cuidado,

aún así las va despedazando.

Aquí es donde Tritón juega a la pelota con las olas, ninguno cede para perder el juego.

Grita otra vez su nombre.

Solo la vio una vez, una maldita vez

que una mágica  escoba  la acercó hasta el pueblo.

Se tropezó en una esquina, con unos ojos hechos de arcoiris y un cabello color de un fuego tan intenso, que al acercarse olía a hoguera.

Debió de hacer lo de todas las almas que se cruzan con ella,

girar sus pasos y esconderse en el refugio de su hogar, 

al calor de una mujer con cara de haber dado ya por perdidas todas las batallas.

Pero una atracción de ultratumba le obligó a mirarla.

Ella, sonrió mientras el aroma a mirto hierbabuena y laurel, lo embriagó más que las diez tazas que cada noche se bebe en la taberna.

Y él, inocente, ¡devolvió la sonrisa!

En un instante sintió que su alma, salía de su cuerpo, con el dolor de un vómito y marchaba tras ella.

¡Nunca más apareció por el pueblo la bruja de la isla!

Pero el tiene la perpetua condena,

de cada tarde subir al acantilado y voz en grito, repetir ese nombre que ni conoce.

La esperanza es, una tarde atisbar un instante el cabello de fuego.

Su mujer se va secando, como las hojas del otoño, mientras mirando de reojo, adivina que lo ha perdido para siempre.

Hoy, mientras la luna se ha adentrado clara y transparente, en el cielo de zafiro,

en la distancia de los cuatro mil metros,

ve brillar el cristal de unos ojos.

Corre hacia ellos, con la desesperación de los alcohólicos con síndrome de siglos de abstinencia.

Por la mañana el mar deposita en la playa un cuerpo roto en mil pedazos.

Solo su sonrisa permanece intacta.

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