Voces alzadas desde el silencio.- Mari Trini y Cecilia, dos cantautoras bailando con la censura por Lucía Pastor Dueñas

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Voces que se encuentran

Hoy quiero rescatar y dar fuerza a las voces de dos cantautoras españolas fundamentales que, a mi parecer, no ocupan el lugar que verdaderamente les corresponde. No puede decirse que hayan sido olvidadas por completo, porque sus canciones continúan formando parte de nuestra memoria colectiva, pero sí que su importancia como creadoras ha quedado algo desdibujada con el paso del tiempo. Me refiero a Mari Trini y Cecilia.

Nacieron con apenas un año de diferencia: Mari Trini, en 1947, y Cecilia, en 1948. Las dos comenzaron a destacar en un mundo en el que ser mujer ya era difícil y mucho más si se pretendía escapar de las funciones tradicionalmente asignadas a las mujeres. No entraremos ahora en todas las limitaciones políticas, jurídicas y sociales de aquella época, pero sí debemos recordar que vivían bajo la dictadura franquista y en una España que todavía arrastraba una profunda posguerra cultural.

Mari Trini y Cecilia no fueron únicamente cantantes. Escribían sus letras, componían sus canciones y las interpretaban de una manera absolutamente personal. Escogieron, además, una forma propia de presentarse ante el público y se atrevieron a abordar cuestiones que resultaban incómodas o sobre las que apenas era posible hablar con claridad.

Aunque compartieron una manera semejante de entender la canción como espacio de expresión y libertad, sus vidas fueron muy diferentes. Mari Trini pudo desarrollar una larga carrera, atravesar distintas etapas creativas, conocer el éxito y también periodos de menor presencia pública, además de asistir a los grandes cambios experimentados por la industria musical. Cecilia, en cambio, murió en un accidente de tráfico en 1976, cuando solo tenía veintisiete años. Su trayectoria quedó interrumpida en plena juventud y en uno de los momentos de mayor reconocimiento de su carrera.

Señas de identidad

Si atendemos a sus biografías, encontramos dos puntos de partida casi opuestos que posiblemente influyeron en su manera de escribir y de posicionarse ante el mundo. Mari Trini, cuyo verdadero nombre era María Trinidad Pérez de Miravete, nació en Murcia. A los siete años contrajo una enfermedad que la obligó a permanecer durante mucho tiempo en cama. Podemos imaginar a aquella niña enferma, aislada en una habitación y obligada a contemplar la vida desde cierta distancia. Aquellos años marcaron su carácter y favorecieron en ella una mirada melancólica, observadora e introspectiva.

Fue precisamente durante esa etapa cuando comenzó a escribir canciones y encontró en la música una manera de expresar lo que quizá no podía comunicar de otra forma. La limitación física contribuyó, paradójicamente, a enriquecer su mundo interior. Más adelante viajaría y se formaría fuera de España, pero aquella primera habitación quedó, de algún modo, incorporada a su manera de mirar.

Cecilia, cuyo verdadero nombre era Evangelina Sobredo Galanes, era hija de un diplomático y tuvo una infancia muy viajera. Vivió en diferentes países y entró en contacto con otras lenguas, culturas y músicas. Algo que hoy puede parecernos relativamente habitual resultaba extraordinario en la España de aquellos años.

Las influencias británicas y norteamericanas se entrelazaron en su obra con la tradición popular, la literatura y la realidad social española. De aquel cruce nació una autora difícil de encasillar: delicada en apariencia, pero también crítica, irónica y capaz de provocar incomodidad con una facilidad sorprendente.

Mari Trini comenzó a descubrir el mundo desde una habitación; Cecilia lo conoció recorriendo
distintos países. Una se inclinó hacia una escritura más introspectiva, melancólica y sentimental; la otra desarrolló una mirada más narrativa, irónica y directamente social. Sin embargo, aquellos caminos tan diferentes terminaron desembocando en un mismo territorio: el de la rebeldía y la defensa de una mujer con derecho a elegir su propia vida.

Escribir tu propia historia
En aquellos años era habitual que las mujeres interpretaran canciones escritas y compuestas por hombres. Podían ser admiradas por su voz, su belleza, su vestuario, la escenografía o la puesta en escena, pero no siempre se las valoraba como creadoras.

Mari Trini y Cecilia rompieron aquel esquema. No se limitaron a cantar: escribieron, compusieron e interpretaron sus propias obras. Se situaron al otro lado de todo aquel adorno con el que frecuentemente se envolvía a las cantantes. Eran artistas, no mujeres complacientes decoradas como bolas de Navidad ni figuras necesitadas de aprobación masculina para poder avanzar.

En sus vidas y en sus canciones aparecían mujeres que mostraban lo que realmente pensaban; mujeres que podían desear vivir solas, marcharse o negarse a aceptar el lugar al que la sociedad pretendía confinarlas. No criticaban que alguien eligiera una vida tradicional, sino que esa vida se impusiera como única posibilidad.

Lo que hoy puede parecernos evidente no lo era entonces. Ellas se atrevieron a defenderlo de
manera pública y valiente. Al contar sus propias experiencias y formular sus propios deseos,
comenzaron también a convertirse en referentes para otras mujeres.

Bailando con la censura
Las dos tuvieron que convivir con la censura franquista. Aunque recurrieran a la ambigüedad, sus canciones contenían mensajes suficientemente claros para quien quisiera escucharlos. Bajo la apariencia de una canción de amor podía esconderse una afirmación de independencia, porque para ellas el amor y la libertad no debían ser conceptos incompatibles. El ejemplo más evidente es Yo no soy esa, de Mari Trini. Su protagonista rechaza ser la mujer sumisa que un hombre imagina, desea poseer como un trofeo y quiere que lo espere en casa como el «ángel del hogar». El propio título es ya una declaración: no soy la mujer que has inventado para mí.

Cecilia mantuvo enfrentamientos todavía más directos con la censura. Sus letras fueron modificadas, algunas canciones tuvieron dificultades para difundirse y ciertos proyectos discográficos fueron transformados antes de publicarse. En Mi querida España, los versos originales hablaban de «esta España viva» y «esta España muerta», así como de una España blanca y otra negra. En la grabación tuvieron que ser sustituidos por expresiones menos conflictivas: «esta España mía, esta España nuestra». Sin embargo, la letra original consiguió aparecer impresa en la carpeta del disco.

La censura podía intervenir en la grabación, pero el mensaje encontraba otra rendija por la que
escapar. ¿Por qué resultaba tan peligrosa la expresión «España muerta»? ¿Muerta culturalmente? ¿Muerta por la ausencia de libertades? ¿Muerta porque sus ciudadanos no podían hablar con claridad? La censura intentaba pintar, disfrazar y decorar la realidad, pero no siempre conseguía impedir que el significado llegara hasta el público.

Las dos aprendieron a jugar aquella difícil partida. A través del lenguaje amoroso enviaron mensajes relacionados con el poder, la dignidad y la libertad. Se dirigían a las mujeres como ejemplo de que era posible aspirar a otra vida, pero también a los hombres, como advertencia de que muchas mujeres no estaban dispuestas a aceptar eternamente las imposiciones sociales.

Por eso puede decirse que bailaron con la censura: porque tuvieron que moverse a su alrededor, esquivarla y procurar que no llegara a marcarles todos los pasos.

Voces propias

Mari Trini expresaba su rebeldía a través de canciones amorosas en las que la mujer no siempre espera, perdona o permanece. Sus protagonistas pueden marcharse, negarse a perder su dignidad y defenderla hasta las últimas consecuencias.

También su imagen pública se alejaba del modelo de mujer frágil y sumisa. Tenía una presencia seria, aunque no adusta, y una manera de vestir elegante y austera. No parecía dispuesta a representar un papel diseñado por otros y precisamente por eso marcó una tendencia.

Cecilia se refugió con frecuencia en la ironía. En Dama, dama puso de relieve la doble moral de
una mujer aparentemente respetable y perfecta, tras cuya conducta se escondían contradicciones y pequeños «deslices». En Me quedaré soltera cuestionó el matrimonio como destino obligatorio y la consideración de la mujer no casada como una «solterona» fracasada.

En otras canciones abordó la posesión amorosa, la guerra, la hipocresía social y la realidad política del país. Sus melodías podían parecer dulces —quizá más dulces que las de Mari Trini—, pero
contenían preguntas incómodas. Ambas poseían estilos y lenguajes propios y no fueron intercambiables. Sin embargo, vistas desde hoy, encarnan figuras semejantes: la mujer que se
niega a convertirse en un objeto, que no desea obedecer las normas sociales y que se atreve a
escribir y cantar públicamente sobre sus derechos.

Permanencia y ausencia
Mari Trini alcanzó una enorme popularidad en España y en Hispanoamérica. Fue una autora muy prolífica y canciones como Amores, Yo no soy esa, Ayúdala o Una estrella en mi jardín acompañaron a varias generaciones. Sin embargo, con el paso del tiempo, su importancia como compositora quedó diluida. Llegó un momento en que Mari Trini pareció desaparecer parcialmente del relato de la música española, sin que resulte fácil explicar por qué una figura que había alcanzado semejante popularidad dejó de ocupar un lugar central.

En el caso de Cecilia sabemos exactamente qué interrumpió su carrera. Murió trágicamente cuando regresaba de un concierto celebrado en Vigo. Se encontraba en pleno despegue vital y artístico y trabajaba en nuevas composiciones, entre ellas un proyecto relacionado con la poesía de Ramón María del Valle-Inclán.

Nunca podremos saber cómo habría evolucionado. Quizá habría mantenido la misma dirección crítica o habría explorado caminos completamente distintos. Tampoco sabemos si, con los años, su figura se habría desdibujado como sucedió con la de Mari Trini. Su muerte la dejó detenida en la juventud y convirtió todas esas posibilidades en una incógnita.

Más allá de la nostalgia

Mari Trini y Cecilia fueron dos mujeres pioneras en la canción de autor española. No solo interpretaron temas populares, sino que contribuyeron a ampliar aquello sobre lo que una mujer
podía escribir y cantar. Hablaron del amor, pero también de independencia, soledad, dignidad,
matrimonio, hipocresía, poder y libertad.

Sus canciones fueron ampliamente escuchadas, aunque quizá no siempre se valoró con la misma atención la inteligencia de sus letras ni la dificultad de haberlas escrito en aquel contexto. Recuperarlas no constituye únicamente un ejercicio de nostalgia. Significa reconocer a dos creadoras que abrieron caminos cuando todavía resultaba arriesgado recorrerlos. En definitiva, hablar hoy de Mari Trini y Cecilia no es únicamente recordar unas canciones que tuvieron mucho éxito. Es volver a mirar a dos mujeres que escribieron e interpretaron su propia obra cuando hacerlo no era fácil y que, desde lenguajes muy diferentes, defendieron el derecho a decidir quiénes querían ser y qué lugar deseaban ocupar.

Bailaron con la censura porque no podían ignorarla, pero procuraron que fuera la censura la que perdiera el paso. Y mientras aquella España vigilaba sus palabras, ellas fueron dejando en sus canciones algo mucho más difícil de prohibir: la conciencia de que una mujer podía escribir su propia historia y cantarla con su propia voz.

@Lucía Pastor Dueñas

@Imagen Pinterest


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