La fiebre te ha levantado de la cama, donde no te abandonaba la señora Afify, que se ha enamorado de tu sonrisa de enfermo y te persigue por toda la pieza, mientras te empeñas en tus abluciones. Te miras en el espejo, con trozos sin bruñir (como los del callejón) y el reflejo te devuelve un diente tuyo que piensas de un muerto, como los del falso dentista Booshy.
Desperezado, piensas que has vuelto a la vida cuando descubres a Hamida entre los libros que olvidaste la noche anterior en el salón. Ahora te miras en sus ojos, pero, entre las sombras, aparece Abbas, el barbero, loco de amor, con su cara de asesinado y toda la tristeza de su vida.
Es la fiebre, piensas, pero te encuentras hablando con Darwish, que ensaya contigo su inglés de pegatina, mientras te empuja hacia un vasito pequeño, que esconde una esencia impronunciable.
Te vistes, mientras te parece oír, entre el sol del callejón, las discusiones de Husniya y Yaada, mujer y marido, como si fueran las primicias de una tormenta. Quieres salir pronto a la calle, aspirar el aire tibio de los membrillos y la humareda olorosa de las habas. Pero te detiene una alfombra. No es una alfombra estampada, con el rubor de los epígrafes ofrecidos a la vista como manjares; más bien simula un saco o una estera, con la función única de preservar tus pies de la humedad.
Tropiezas. Como si esa alfombra vulgar te hiciera perder el pie del callejón de los milagros, caes solo para despertar dentro de una ambulancia. Crees que los ojos de la joven enfermera son los de Hamida. Pero ella solo busca colocarte el suero y el respirador, mientras os perdéis, envueltos en la nube roja y ruidosa de la sirena, en avenidas de El Cairo que jamás mencionaste en tus novelas…
Naguib Mahfuz (1911-2006) retrató como nadie las calles (más bien callejones) populosos de El Cairo, con ese aire de renacimiento social que puede contemplarse en la aquí troquelada El callejón de los milagros o su Trilogía (Entre dos palacios, Palacio del deseo y La azucarera), verdadera enciclopedia viva de los usos de su ciudad. Su estilo siempre es indagatorio y luminoso, detectivesco (leyó muchas novelas de este tipo), el de un narrador que se va nutriendo de la vida que descubre en la calle, a medias entre un novelista del XIX y un exquisito de la palabra interior, como Proust o Joyce. Una película mexicana recrea El callejón de los milagros en la Ciudad de México de los años 90. La alfombra troquelada fue el desencadenante de la muerte del novelista, que también sufrió un atentado fanático. Confieso sin apuro que, para mi fortuna, debo a su Nobel de 1988 mi conocimiento de su obra.

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