AGUAS ROJAS by Anabel García

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Son prácticas del turismo, venir con la toalla a cuestas, silla plegable, bocadillo y refresco para pasar el día en primera línea de playa. La crema, el pareo, las raquetas dan el perfume, color y ruido adecuado antes de darse un buen chapuzón.

No importan demasiado los efectos de las extinciones masivas que tiñen de rojo los océanos. Las olas tienen un nuevo tinte que recuerdan a una de las maldiciones de Egipto, o a una macrofiesta dionisíaca, y los paseos por la orilla, tan buenas para la circulación, son la excusa perfecta para reconocer y coger huesecillos en vez de conchas.

«Oh mirad…cráneos sin mandíbulas, fémures astillados, restos de costillas redondeadas»…

Los bañistas nadan del mismo modo, se salta la espuma, se busca la risa en familia o el ligoteo en los torsos más musculosos.

La primera sensación fue extraña al acercar los pies y sentir frío en un líquido que desde cierta distancia nos transmitiría calor, pero somos criaturas que olvidan pronto, el horror ha perdido intensidad y la atmósfera, conjugado con la temperatura, el viento, mantiene un clima muy parecido al de siempre lo que ha borrado los temores y ascos.

Otra cosa es el salitre y el sabor que deja el agua de este mar en la piel que quieras que no, no es el mismo. Los amantes más ávidos se besan y se llamen entre ellos los chorretones en una comunión satánica muy en boga, aunque genere ciertos comentarios entre los más conservadores.

Algunos, dentro de esta línea de pensamiento, incluso han visto de mal gusto la práctica de deportes acuáticos en estas circunstancias, pero los veleros y las tablas de surf se deslizan con la misma pericia y después de varios meses se ha decidido no prolongar en demasía un luto compartido.

Las competiciones tienen además un añadido heroico. Una especie de búsqueda de la instantánea más auténtica y televisiva que muestre las poses más regias sobre las olas más grandes, o llegando los primeros en las carreras de resistencia. Las gotas rojas en los bañadores y las viseras de sus gorras, en los brazos y muslos crea una sensación de supervivencia muy del público postapocalíptico.

 Pero todo es muy distinto ante las tormentas y las marejadas más violentas. Entonces nadie quiere estar cerca del mar. Se está muy atento a las noticias meteorológicas de las zonas costeras, más incluso que a las quinielas que se rellenan sobre los partidos de fútbol.

No hace falta que se precinten los paseos marítimos ni que se envíen avisos para que los incautos eviten los acantilados más expuestos. Nadie se atreve, ni quiere contemplar las corrientes de agua sanguinolenta en su estado más salvaje. Un miedo antiguo los mantiene alejados y las supersticiones más bizarras se muestran en amuletos que se ponen en las ventanas, en camisetas y en los retrovisores del coche, llamando al chamán que llevamos dentro para alejar a los vientos y las tormentas lo antes posible.

Seamos directos sobre todo quieren obviar los regalos que dejan en las playas. Porque una cosa es el color del agua y los huesos fuera de sus envoltorios, y contextos, y otra muy distinta encontrar trozos de carne, reconocer este cetáceo, esa especie de cefalópodo, aquella cabeza de pez sin ojos junto a un nido de mejillones y almejas arrastrados en una maraña de sangre putrefacta entre algas y medusas.

Pero para eso estamos nosotros, el equipo de limpieza, para eliminar de la arena melindres, muerte y otras incomodidades. Los rastrillos arañan las vísceras, los restos de aletas, ventosas y esponjas. Se vuelca su contenido en las palas de pequeñas excavadoras que esconden de la vista el nuevo desastre acumulado.

El último parte asegura una semana agradable, son grandes sobresaltos y con vientos suaves, muy acorde a las más altas expectativas y la inauguración, más que deseada, de una flota de motos acuáticas para alquilar.

Y es que el cambio de estación llama a los nuevos visitantes y los que llevamos el uniforme impermeable, teñido de rojo oscuro, sabemos lo que prevalece ante cualquier ocaso de los dioses.

Anabel 29Aug2026.


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