Mujeres en femenino y en plural.- Congreso de oftalmología por Maripau González Bodeguero

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Había acudido a un Congreso de Patología macular y sus retos con Pablo. No suelo acompañarle porque, por supuesto, él aprovecha para ponerse al día y casi siempre acabo haciendo turismo yo sola. Esta vez me animé. El destino, San Petersburgo era un acicate imposible de ignorar. El resort donde nos alojamos era sensacional. Teníamos un jacuzzi en la suite, y me encantó la luz de la ciudad desde el primer instante. El primer día mi esposo hacía su exposición a primera hora de la tarde, lo que nos permitía un tiempo de pareja sin molestias. Mis hijos tienen quince y diecisiete años.

Llevamos dieciocho casados, que se dice pronto. No sé cómo, hemos mantenido las ganas y la
ilusión el uno por el otro. Por la noche salimos. Desde la plaza que toca al Hermitage se ve fenomenal el atardecer. Por la mañana él quería asistir a una mesa redonda de su interés, y yo me quedé en la cama. Habíamos tenido sexo gratificante y tranquilo, tal vez más grato por los dos vodkas que ni sé cómo puede tomar en la cena. Me recordaba a los “Destornilladores” de mi juventud, seguramente. Como a las once, decía una nota informativa del hotel, iniciaban una clase de bailes de salón. A Pablo no le gusta bailar, y lo comprendo, lo que tiene de buen oftalmólogo lo tiene de nula capacidad de ritmo en sus miembros, o en su manera de cantar. Yo no soy buena bailando, lo sé, pero de vez en cuando, me gusta pensar que tengo un desarrollado sentido del ritmo. El instructor era ruso pero hablaba inglés y español con relativa soltura. Con esa tez blanquecina, el cabello rubio y musculado por el ejercicio se veía atrayente. Su pantalón era ajustado y a mi juicio, no llevaba ropa interior. Me invitó a acompañarle. Se movía de maravilla, sensual y rítmico, con los bailes latinos en especial.

La hora se me hizo corta y cuando nos despedíamos, me fue haciendo preguntas, y charlando. Parecía buscar hacer una amiga. En un momento dado había creído sentir su miembro contra mi cintura, era muy alto, pero luego pensé que eran elucubraciones mías. Quedamos a las cuatro, en el hall del hotel. Quería hablarme de las obras secretas de catalina la Grande, y mi curiosidad es ilimitada, así que, tras despedirme de Pablo con el café, muy bueno, me reuní con él. Le expliqué que estaba felizmente casada, así, de entrada, por no dar pie nada extraño, y le mostré la foto que nos habíamos hecho,
sonrientes los dos, la noche previa.

Tomándome de la mano, fue hablando de la fascinante historia de Catalina, con su sed sexual, que tanto diera que hablar. Cuando me agaché por mirar una imagen de su móvil, un sillón con imágenes inequívocas de falos, me besó en el parte posterior del cuello. No sabría decir si me sonrojé por vergüenza, o por ansiedad. Yo suelo llevar le pelo recogido. Me separé dando un respingo. El restaurante donde tomábamos café olía a un pachulí extraño y sonaba un jazz de ambiente evocador y suave. Él acarició mi mano, de nuevo, y suavemente acercó su boca, bien definida, a la mía. No pude pensar, ni quise, más que en besarle. Y dejar que su lengua recorriera los rincones de mi pasión
que recién se despertaba. Calibré ir a nuestra suite y allí dejamos de fingir la educada lejanía del ascensor. Sus manos recorrían mi cuerpo completo, me quitaba las piezas de mi ropa con una suavidad y destreza que se alejaba de las maneras torpes de Pablo.

Aprisionó mis senos entre sus manos sin detener sus besos, para luego dejar que sus labios se posaran en mis pezones, que empezaba a succionar, mientras decía, “supuse que eran así”. Yo no he tenido mucho pecho nunca, pero por ello, con la edad no se han descolgado siguiendo las leyes de la gravedad. Su miembro erecto rozaba mi ingle izquierda. Sonó su teléfono, pero lo apagó para tirarlo lejos luego de un zarpazo al aire.

Yo tenía el mío mudo, pero Pablo tenía una jornada que, me comentó, que sólo por esas ponencias valía la pena ir. Nunca le había sido infiel a Pablo, porque le quiero, pero no quise parar la pasión, el fuego que iba ascendiendo desde mi ingle hacia mis entrañas.

Noté mi sexo húmedo y quise que cabalgara mi cintura, pero me rechazaba, con su inhiesta bravura a la vista. Descendió hacia el delta de mi salado de mi entrepierna. Su lengua era suave y cálida, y comenzó a lamer alrededor de mi clítoris, mientras yo no podía dejar de hacer movientes de acoplamiento, que eran, delicadamente, rechazados.

No soy nada ruidosa, no lo he sido nunca, quizás porque con los niños, que llegaron muy pronto, no me podía permitir manifestar mi placer, pero por primera vez dejé que mi voz dejase ir los gemidos que nacían en mi interior.

Notaba cómo el calor, en oleadas concéntricas, me iba llevando al clímax, sin poder evitarlo, rindiéndome a sus labios, sabios, tercos, pacientes. La primera contracción, el primer espasmo, me dejó con una tirantez muscular en la espalda que no supe identificar con ninguna sensación previa. Mi mano se posó en su bandera, que seguía en estado de arrebato, pero no permitió que le masajeara. Me besó, con ese gusto a mar de los deltas vivos, y me dejé llevar, de nuevo por los caminos del ardor que mi sexo seguía acumulando. Me sentía una mariposa sobre un corcho, ante la mirada inquisitiva de un entomólogo, pero no sentía vergüenza alguna. Me miraba embelesado, me acariciaba, sin dejar de besarme, la entrada de mi vulva, con dedos expertos, y que se deslizaron sin prisas ni problemas, por la húmeda garganta de mi sexo. Notaba cómo, de nuevo, las espirales concéntricas del placer me tomaban de la mano, me desarmaban la voluntad, me dejaban exhausta, palpitante, anhelante pero satisfecha. Unos gemidos me hicieron sentir que el mundo estaba vivo. Eran mis gemidos, lo supe luego. Me rendí a sus manos. Él sonreía gozoso.

—“Nada me causa más placer que ver y sentir tu placer”, me dijo.

Me abandoné. Bajaba de la meseta del clímax pero él seguía insistiendo. No sé si buscaba ese punto G tan raro que dicen y que nunca había explorado, pero las ganas de miccionar se mezclaban con el placer más hondo que podría describir. Un cielo de promesa al alcance de la mano. Una sima sin fondo donde dejarse llevara al infierno.

Sus ojos de verde aceituna sobre los míos, en envite entre mis muslos, su potencia henchida entre mis pernas, desencadenaron nuevas oleadas de placer, distintos y más profundos movimientos de espasmos. No pensé, ni un instante, si llevaba protección o no. Me dejé llevar. Me morí en sus brazos, en la suave muerte de los orgasmos que nacen para explotar generando vida.

Cuando él se derrumbó, con un gesto de placer de niño recién comido, miré el reloj. Pablo estaba al llegar. Le di un beso al derrumbado hombre que yacía en la cama. El espejo del baño me devolvió las mejillas rojizas de una Laura que ni recordaba ser. La ducha me sentó de maravilla. Mientras cantaba bajo la lluvia artificial le oí hablar por teléfono en ruso. Discutía. Desde la puerta del baño me dijo que tenía que irse.

—“Un beso, Laura. Te adoro”, dijo con su voz de tenor.

—“Un beso, Peter”, le grité al aire.

Pablo sigue sorprendido de cómo nuestra vida sexual se ha mejorado desde el Congreso de Patología macular de San Petersburgo, desde la segunda tarde. Yo le doy la razón, hemos mejorado mucho.

—Estás genial, Lola, cada día más joven- le dije, con sinceridad, porque tiene un tipo envidiable para nuestra edad.

—Ay, tú no te quejes, y no me adules, que no cuela.

—¿Cómo te va con el profe? – Me atreví a preguntar poco después

—Como tenía que ir, Laura. Finito, se acabó, caput- contestó. No parecía triste, tal vez enfadada.

— ¿Y eso? ¿Qué ha pasado?

—Pues lo que tenía que pasar, amiga, lo que tenía que pasar.

—Cuenta mujer, que me tienes en ascuas

—Mi amiga Paula es la mujer de un amigo de Joan. Imagino que sin querer algo debió decir, y mi marido, una noche empezó con un interrogatorio de aquí te espero. Ni el CNI, chica, qué directo en las preguntas…vaya un desastre, y acabé confesando, ya ves.

—Igual te has quedado más descansada, porque eso de engañar ha de ser muy complicado, ¿no?

—No te imaginas, y con la poca memoria que tengo, no aconsejaría a nadie tener una aventura, la verdad.

@Maripau González Bodeguero

@Imagen Pinterest


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