Mujeres en femenino y en plural.-La magia del otoño en familia por Lola Jaramillo

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Era otoño y la familia salió a pasear por el bosque.

No hacía frío. Hacía esa luz de otoño que parece que todo está más cerca.

Las hojas iban cayendo. Marrones, cobrizas, ocres, amarillas, algunas todavía con un verde que se resistía. Caían despacio, como si no quisieran hacer ruido. Y al caer iban alfombrando el camino. A cada paso crujían un poco. Era como andar sobre una alfombra blanda que el bosque había
puesto solo para ellos.

Los niños iban delante, apartando las hojas con las botas.
Los árboles, mientras tanto, se iban desnudando. Sin prisa. Dejando ver sus ramas desnudas y, colgando de ellas, sus regalos de despedida.

  • Mirad – dijo el padre.

Allí estaban. Las granadas abiertas como sonrisas coloradas, los caquis brillando como pequeños soles de invierno, las chirimoyas escondidas entre las hojas, los últimos higos arrugados y dulces, y las uvas pequeñas, ya casi pasas, colgando de las parras del borde del camino.

Mas abajo, bajo los castaños, el suelo estaba lleno de erizos. Dentro, las castañas gordas, lustrosas. También había nueces y almendras caídas.

-Todo lo que el verano guardó, el otoño nos lo deja, – dijo la madre.

Llevaban una cesta, pero no solo para la fruta. También para lo que el bosque suelta y nadie recoge.
Piñas pequeñas, palitos torcidos, hojas perfectas de todos los colores, cortezas con forma de barquito, piedras lisas, trozos de lana de oveja enganchadas en los alambres…

  • ¿Para qué es esto? – pregunto la pequeña.

  • Para después. Para reciclarlo en casa.

Y así fue.

Por la tarde, ya en casa, con la mesa grande y las manos todavía frías del paseo, lo vaciaron todo.
Las hojas se hicieron corona y guirnaldas. Las piñas, animalitos con ojos pintados. Los palitos, marcos para fotos. Las castañas y nueces, con un palillo y un poco de cola, una familia entera de duendecillos del bosque. Con las granadas abiertas y las uvas, hicieron zumo y mermeladas.

No compraron nada. Solo recogieron lo que el otoño iba dejando caer.

Y cuando anocheció, la casa olía a castaña asada, a bosque y a pegamento.

Fuera, los árboles seguían desnudándose. Dentro, aquella familia había guardado un trocito de bosque para todo el invierno.

Y esa es la magia del otoño.

No hace ruido. No tiene prisa. No pide nada.

Solo nos enseña a soltar, como sueltan las hojas los árboles. A ver belleza donde otros solo ven suelo sucio. A entender que lo que cae no se pierde, se transforma.

Con cuatro hojas, unas piñas y una tarde en familia, también se puede alfombrar la casa por dentro.

@Lola García Jaramillo

@Imagen Pinterest


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