La Mosca de Virgilio por Manuel Sánchez

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La mosca de Virgilio es una obra teatral en tres actos que toma como punto de partida una antigua leyenda atribuida a Publio Virgilio Marón, mi intención nunca fue reconstruir un episodio histórico con fidelidad documental, sino utilizarlo como herramienta literaria para reflexionar sobre asuntos profundamente humanos y sorprendentemente contemporáneos: el poder, la memoria, la corrupción, la libertad y el papel de la literatura frente al paso del tiempo.

La obra se sitúa en la Roma de Augusto, en el año 20 a. C., cuando Virgilio trabaja en los últimos años de su vida rodeado del prestigio que le han proporcionado las Bucólicas, las Geórgicas y la futura Eneida. Sin embargo, lejos de presentarlo como una figura solemne de mármol, decidí mostrarlo como un hombre vulnerable, sensible y profundamente solo. Su inesperado vínculo con una pequeña mosca de alas azules provoca las burlas de quienes lo rodean, pero también revela una necesidad de afecto que los demás personajes apenas comprenden.

Desde el punto de vista estilístico, he intentado combinar el humor con la emoción y la reconstrucción histórica con una mirada contemporánea. La obra transita constantemente entre la farsa y la elegía. Algunas escenas buscan la carcajada abierta; otras, en cambio, se apoyan en el silencio, la pérdida o la melancolía. Esa convivencia de registros responde a mi convicción de que la condición humana rara vez es una sola cosa. Incluso en los momentos más absurdos se esconden emociones auténticas.

ACTO I – Escena 1

Roma, año 20 a.C., bajo el gobierno del emperador Octavio Augusto.

Termas romanas. Vapor. Agua en movimiento. Mármol claro atravesado por reflejos azulados. El murmullo de conversaciones lejanas se mezcla con el eco de las piscinas. Algunos esclavos cruzan lentamente la estancia con telas y recipientes de aceite perfumado.

CORNELIO y QUINTO descansan junto al agua. VIRGILIO permanece algo apartado del resto. Observa distraídamente el aire, como si siguiera el vuelo de algo invisible. Visten túnicas blancas enrolladas a la cintura, cuerpos parcialmente descubiertos, sandalias, piel húmeda sugerida por la iluminación y el maquillaje. Un zumbido apenas perceptible atraviesa el silencio.

QUINTO.— El decreto ya circula entre los escribas del Senado. Lo he visto con mis
propios ojos.
CORNELIO.— (Ladea la cabeza.) Baja la voz.
QUINTO.— Aquí solo hay esclavos.
CORNELIO.— Los esclavos tienen oídos y sus amos tienen intereses.
Pausa.
CORNELIO.— ¿Cuántos patricios afectados?
QUINTO.— Dieciséis. Veinte si incluimos los mausoleos familiares de la Vía Apia.
CORNELIO.— (Frunce el ceño.) ¿Los mausoleos también?
QUINTO.— También.
Silencio. CORNELIO mira el agua.
CORNELIO.— Hay que encontrar el argumento correcto. El que suene a virtud.
Pausa. Toma aire, como quien ensaya.
CORNELIO.— Algo así como… En el principio, todo era oscuridad y, en la aurora del mundo, Roma iluminó el caos. Una lucha desigual, una batalla colosal contra la barbarie, con la tierra regada de sangre espesa, ensombrecida por el vacío de la muerte, donde el espíritu de nuestros antepasados imperó gracias al valor que tensó los músculos de sus brazos con la espada. ¿Qué opinas?
QUINTO.— (Impaciente.) ¿No sería mejor ir al grano? Me aburren los discursos grandilocuentes.
CORNELIO.— (Negando con la cabeza.) Ya nadie estudia a Cicerón. ¡Qué lástima!
Hemos perdido la virtud de la oratoria. Eres un imberbe, QUINTO.
QUINTO.— (Impaciente.) Ya no somos una República. Ahora el poder lo tiene uno solo y los demás fingimos que no. ¿De qué sirven las viejas costumbres?

CORNELIO.— ¿No conoces a nuestro enemigo? Piensa en sus debilidades.
QUINTO.— (Despectivo.) El gran amante de las artes y las virtudes. Valiente hipócrita.
CORNELIO.— Somos la civilización iluminada por los dioses. Aunque nadie crea en ellos.
QUINTO.— A veces pienso que Roma ya es demasiado grande.
CORNELIO.— Roma nunca es demasiado grande. Solo demasiado blanda.
VIRGILIO.— (Se aproxima con premura a CORNELIO y QUINTO.) ¡Por Cástor y Pólux! ¿La habéis visto?
QUINTO se incorpora bruscamente, salpicando agua fuera de la piscina. CORNELIO ni siquiera vuelve la cabeza.
CORNELIO.— Salve, Publio VIRGILIO Marón. ¿A quién?
VIRGILIO.— ¿A quién va a ser? A mi mascota.
QUINTO.— (Limpiándose los ojos.) ¿A tu mascota?
VIRGILIO.— (Agitando las manos y mirando por todos lados.) Sí, una mosca gorda de alas azules.
CORNELIO.— ¿Un moscardón aquí, tomando un baño en las termas?
QUINTO.— (Irónico.) ¿No sería más bien un abejorro gigante de rayas negras y amarillas, amigo VIRGILIO?
VIRGILIO.— (Con aspavientos.) ¡No, por todos los dioses! ¡Es mi corazoncito de alas celestes!
QUINTO.— Ya estamos.
CORNELIO y QUINTO ríen.
VIRGILIO.— No lo entendéis. Las criaturas diminutas sobreviven mejor que los imperios.

QUINTO.— Gracias a los dioses.
QUINTO se zambulle en el agua y finge que regurgita un chorro por la boca, a imitación de una gigantesca rana, como intentando atrapar algo en el aire.
VIRGILIO.— ¡No os burléis, hijos del mármol y la espada! —(enojado)— En cuerpos pequeños se agitan almas muy grandes. 1
VIRGILIO deambula de un lado para otro: agita las manos, le tiemblan las piernas, se agacha, se levanta y finalmente sale.
QUINTO.— (Riendo.) Por Júpiter Óptimo Máximo, ese poeta es un idiota.
CORNELIO.— (Acariciándose la barba de alabastro.) No.
QUINTO.— ¿No?
CORNELIO.— (Secándose con desdén con una toalla que le ofrece un esclavo.) Es famoso… Las Bucólicas y las Geórgicas son obras de altura. Y tiene buen padrino.
Silencio.
QUINTO.— ¿Te refieres a ese amanerado ridículo de Cayo MECENAS?
CORNELIO.— ¡Chisss! ¡Estás loco! —(en voz baja)— ¡Es el ojito derecho de AUGUSTO!
QUINTO.— (Mirando a un lado y otro.) No me acostumbro… Tienes razón, hay espías en todas partes. En la política no existe la Pax Romana.
CORNELIO y QUINTO se recuestan en dos camillas de masaje. Entran dos esclavos corpulentos que extienden el aceite sobre sus espaldas y comienzan a batirlas con un movimiento rítmico fuerte, pero agradable.
CORNELIO.— Dicen que el Prínceps está encantado con el nuevo poema de VIRGILIO.
QUINTO.— La Eneida.

1 Frase original atribuida al poeta Virgilio.

CORNELIO.— «La fortuna favorece a los audaces» 2 . Sí, hay que admitirlo, es una buena frase. Creo que deberíamos invitar a nuestro amigo a una cena. Dada su proximidad a los círculos de poder, nos vendría bien como aliado.
QUINTO.— Si los rumores son ciertos, vamos a tener problemas. Hay que desactivar como sea ese nuevo decreto que prepara el zorro de MECENAS.
Silencio.
CORNELIO.— El pueblo siempre exige justicia. Hasta que descubre cuánto cuesta. Esta semana hablaré con los otros. Interésate por esa maldita mosca, llévale algo a VIRGILIO, un regalo, y gánatelo.
QUINTO.— Pero ¿qué comen las moscas?
Pausa.
CORNELIO.— (Sonríe.) Mierda.
Oscuro.

Libro: La mosca de Virgilio
Autor: Manuel Sánchez
http://www.manuelsanchezescritor.com

2 Audentes fortuna iuvat. Probablemente la frase más conocida de Virgilio en la Eneida.


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