El tren anterior: La delgada línea entre el viaje y la tragedia por María José Luque Fernández

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«Hay una ráfaga de segundos en los que la vida se divide en un antes y un después»

He querido dejar pasar un poco de tiempo para gestionar mis pensamientos de manera adecuada y sosegada y poder canalizar mis sentimientos y emociones después de esta trágica experiencia vivida de manera tan cercana, antes de escribir esto:

Hay momentos en la vida donde el tiempo se detiene y la normalidad se desvanece sin previo aviso.

Viajábamos de Madrid a Sevilla en un trayecto que debía ser uno más, un regreso a la ciudad de Sevilla para una gestión que debía realizar mi hija para un certamen de moda. Sin embargo, nuestro tren se detuvo en mitad de la vía y pasaba el tiempo y el silencio de la megafonía oficial contrastaba con la creciente inquietud dentro de los vagones sin saber nada sobre la causa de esa parada.

La verdad de lo que ocurría no nos llegó de las autoridades ferroviarias, sino a través de las pantallas de nuestros teléfonos que de repente se activaron, el sonido de las llamadas y los mensajes empezó a multiplicarse en un eco angustioso. Familiares y amigos nos preguntaban, con la voz rota, si estábamos bien. «Ha habido un accidente muy grave de dos trenes», nos decían. Fue así, a través de la preocupación de los nuestros y de las primeras e impactantes publicaciones en la red social X, como nos enteramos de la magnitud de la tragedia que ocurría más atrás de nuestra posición.

En ese instante, el vagón se transformó y nos invadió un dolor inconsolable por lo que sabíamos que estaba pasando, mezclado con una sensación abrumadora y difícil de procesar: el sentirnos agraciados por estar vivos, la certeza de saber que, por cuestión de minutos o de un billete diferente, no éramos nosotros quienes estábamos allí.

A pesar del caos, la luz emergió en forma de humanidad ya que desde el primer momento, la solidaridad de los vecinos y de las personas del entorno de las estaciones, tanto en Madrid, Urdax y en Santa Justa, demostró el verdadero valor de la empatía comunitaria en los momentos más oscuros.

Cuando finalmente logramos avanzar, lo hicimos remolcados por una locomotora de tracción manual; la catenaria se había cortado para paralizar todo el tráfico ferroviario y prevenir más accidentes. Al llegar a la estación de Sevilla, el panorama era desolador: los medios de comunicación ya estaban apostados y el desconcierto era absoluto. Hasta las seis de la tarde imperó el vacío de información sobre qué hacer aunque finalmente nos devolvieron el dinero de los billetes de regreso a Madrid, sí, pero el dinero no resuelve el desamparo.

Fue en ese escenario de crisis donde apareció la peor cara de nuestra sociedad. Con el tráfico ferroviario suspendido, la necesidad de la gente se convirtió en un negocio para unos pocos. Mientras algunas personas se resignaban a pasar la noche en el suelo de la estación, otros buscábamos desesperadamente una alternativa de transporte o alojamiento mientras los precios de los billetes de avión, de los autobuses y de los coches de alquiler se triplicaban de forma vergonzosa; aun así, se agotaron. Los hoteles inflaron sus tarifas a niveles prohibitivos, aprovechándose de la vulnerabilidad de cientos de pasajeros atrapados.

El cuerpo se resiente ante el impacto de la mente y yo que no soy nada aprensiva y si una persona muy tranquila, pasé la tarde sentada en la estación, junto a los baños, sufriendo una descomposición brutal causada por la angustiosa situación. Finalmente, ya cerca de las siete de la tarde, logramos encontrar un alojamiento cuyo precio no estaba demasiado desorbitado y compramos unos productos básicos de higiene para intentar descansar un poco esa noche.

A las seis de la mañana ya estábamos de nuevo en marcha en la estación encontrando en la entrada un altar con velas y flores que rendía homenaje a las víctimas, dónde el dolor colectivo se había materializado. Conseguimos el último coche de alquiler disponible y emprendimos el regreso a casa en un viaje de siete horas de trayecto alternativo por carreteras colapsadas, desviándonos por Huelva hacia la frontera de Portugal, subiendo por Mérida y Cáceres hasta llegar a Madrid.

Hoy estamos en casa, sanos y salvos en lo físico, pero con un desasosiego tremendo incrustado en el pecho por el hecho de vivir la tragedia de manera tan cercana, que sin duda alguna, deja una marca invisible.

Nos duele profundamente el sufrimiento de las familias de las víctimas y de los heridos y nos golpea el trauma del trago amargo que pasamos y nos indigna la marea de mentiras y versiones contradictorias que se transmiten en los días posteriores.

Nos queda el alivio de haber vuelto, pero también la firme convicción y la rabia de saber que este era un accidente que jamás tenía que haber sucedido y una palabra que alguien pronunció en los primeros momentos que no conseguimos comprender «obsoleto» queda en nuestras mentes dejando entrever no sabemos que.

@María José Luque Fernández
Mi respetuoso sentir hacía todos aquellos afectados por esta tragedia, no quería dejar de contar esta cercana experiencia nuestra por qué no podemos dejar que nos supere la indiferencia, que no pase nada cada vez que haya un desastre sea una Dana, un accidente de tren o cualesquiera otro. Gracias a la solidaridad y la humanidad que siempre deben estar presentes en nuestras vidas y una llamada a la reflexión a esas personas que en el dolor solo conocen culpar a los otros o enriquecerse en momentos de necesidad.

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