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La carta by Melba Goméz

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Tomamos un taxi en el aeropuerto que nos conduciría al hostal en Barcelona. Me sentía bastante cansada por el vuelo y por momentos dormitaba en el asiento de atrás del vehículo. Cuando el taxista se detuvo y nos mostró el edificio, me pregunté cómo sería por dentro. Era una estructura antigua, con un portón doble de acero. Sofía y yo miramos con fastidio la escalera que debíamos subir con el equipaje hasta un pequeño ascensor en el que apenas cabíamos. Marcamos el piso en el que debía estar la recepción. Un hombre de muy baja estatura y con un acento que a todas luces no era español, nos atendió y nos llevó a la que sería nuestra habitación. Luego puso en mis manos un llavero con varias llaves. «Más de las que necesito», pensé. El hombrecito desapareció por la puerta del pasillo luego de explicarnos rápidamente lo que teníamos a nuestra disposición: una cafetera, galletas de canela y agua. Todo estaba dispuesto sobre una mesa afuera de nuestro cuarto.

Sofía estaba bastante mortificada por el viaje y le dije que se bañara primero mientras yo hacía algunas llamadas a través del «Messenger». Ella, que tardaba bastante haciendo cualquier cosa, buscó la ropa que iba a ponerse y entró al baño. Un par de minutos después volvió a salir cubierta por la toalla a buscar algo que se le había quedado en el bolso. Luego regresó a ducharse. Mientras hablaba acostada en la cama, vi una carta que se había caído en el suelo. Me levanté despacio y la tomé. Me llamó la atención el sello, puesto que Sofía no tenía nada que ver —al menos eso pensaba yo—con ninguna agencia del gobierno federal de los Estados Unidos.

—Te llamo en un momento —dije a mi novio intrigada por el hallazgo.

Rápidamente abrí el sobre y empecé a leer el contenido con cuidado de que ella no me sorprendiera. Me daba cuenta de que era una gran falta de respeto, pero este documento me atraía de extraña manera. Hablaba de un tal proyecto HAARP, del cual nunca había escuchado. Supuse que Sofía les había escrito y esta era la contestación a su misiva. Según le explicaban, la idea que ella tenía sobre el «asunto» era totalmente errónea y producto de la mente de algunas personas paranoicas que habían estado en contra del plan desde el inicio. El proyecto HAARP —según la misiva, fue creado con el propósito de analizar la ionosfera e investigar el potencial para el desarrollo de la tecnología de mejora ionosférica para las comunicaciones de radio y vigilancia. Nada más. Con esta explicación despachaba el asunto un tal Herbert Wells, quien firmaba como administrador de proyecto.

Después de leer, me quedé aún más confusa. ¿Cuáles eran las ideas que Sofía tenía sobre este plan por lo que prácticamente le llamaban paranoica? ¿Y por qué razón me había pedido con tanta vehemencia que la acompañara a España en estos días? Cuando dejamos el país, dos terremotos sacudieron a México, y varios huracanes habían destruido parte de Texas, Florida y ahora la isla de Puerto Rico y las Vírgenes. Sofía se notaba nerviosa, agitada. Como si algo le preocupara, sin embargo, nada me decía.

Tan pronto salió del baño decidí enfrentarla con la carta.

—¿Me puedes explicar de qué se trata esto?

Sofía abrió sus ya inmensos ojos horrorizada.

—¿Estabas buscando en mis cosas? ¿Cómo te has atrevido?

—Sabes que soy incapaz de buscar o tomar nada de tus cosas. Esta cartita se cayó de tu bolso cuando saliste del baño a buscar algo que se te había quedado. Me llamó la atención el sello de la agencia federal de los Estados Unidos. Que sepa yo tú no tienes ningún vínculo con dependencia gubernamental alguna. Anda, dime de qué se trata esto.

—Es que no quiero involucrarte.

—Bueno, para no querer involucrarme lo has hecho bastante bien. Me llamas y me pides que te acompañe a España de un día para otro. No sé para qué vienes para acá, pero como el viaje no me disgusta te acompaño. Pero si hay algo más que yo deba saber, como que ya es tiempo de que me lo digas. No quiero abrir la puerta y encontrarme unos tipos con ametralladoras en el pasillo.

No había terminado de decir esto cuando tocaron a la puerta. Sofía se puso un pantalón y una blusa en un segundo. Agarró las botas en la mano y se puso el dedo en los labios, en señal de silencio. Caminó en puntillas hasta la ventana y me llamó para que mirara. Había cuatro coches negros, con los vidrios oscuros aparcados al frente del edificio.

—¿Y cómo estos cabrones subieron? ¡Se necesitan como cuatro llaves para llegar hasta aquí! —le susurré.

Volvió a ponerse el dedo en los labios para que me callara. Despacio, sin hacer ruido se puso las botas, agarró los bolsos y abrió la ventana de la habitación.

—Ven —me dijo señalando las escaleras para incendios.

Respiré profundo, con ganas de gritar por el pánico que me causaban las alturas, pero sabía que chillar no era buena idea. Saqué una pierna primero y luego el resto del cuerpo. Sentía el viento fresco de otoño darme en la cara.

—Avanza —dijo Sofía —. No podemos quedarnos aquí.

Menos mal que estábamos en el tercer piso y bajamos enseguida. Al caer abajo me dio el bolso y corrimos calle arriba. Cuando estuvimos seguras detuvimos un taxi y le pedimos que nos llevara a la estación de tren Sants. Cuando nos pidieron los pasaportes temimos que hubiese un reporte de nosotras o que nos detuvieran. La oficial no dijo nada y nos los devolvió. Tomamos el primer tren a Madrid. Ella miraba para todos los lados tratando de adivinar si alguna persona venía detrás nuestro.

—¿Me vas a decir, o ahora mismo sigo sola? —le dije porque ya estaba harta de no entender qué pasaba y por qué estaba huyendo.

—Es que tal vez sea mejor que no sepas nada. Si te agarran no tendrás nada que decir.

—Igual me matan, ¡pendeja! —grité furiosa.

Otros pasajeros me miraron muy serios. Bajé la voz y seguí hablándole.

—Mira Sofía, tengo que saber por qué me siguen.

Ella lo pensó por un momento. Luego me dijo que la siguiera hacia otro vagón del tren en donde solo estaba un hombre dormido y una muchacha de muy mala pinta.

—Si leíste bien la carta —dijo—, te habrás dado cuenta de que yo les pregunté sobre el proyecto HAARP y al parecer ellos me contestaron con mucha amabilidad. Pero desde mucho antes de yo recibir la respuesta, comencé a ver carros como los que viste en el hostal alrededor de mi casa. Una tarde llegué del trabajo y habían revuelto todo. Parecía que buscaban algo. Lo cierto es que todo lo que pudieron haber encontrado era una investigación casera que estaba haciendo sobre el programa. Yo pensé que era algo inocente lo que hacía, ya sabes que siempre estoy buscando información sobre cosas científicas. Al parecer otras personas antes que yo habían cuestionado las funciones de la agencia. Decían que HAARP podía controlar los fenómenos atmosféricos a voluntad y aniquilar países enteros con ellos como con cualquier arma. ¿No te diste cuenta de que ha habido terremotos y huracanes desde septiembre que han acabado con pueblos completos? ¿No lo has notado?

Me quedé pensativa. Sofía decía algo que me hacía mucho sentido. ¿Pero estaba yo dispuesta a morir por ello?

 

Taller de Escritura FlemingLAB / j re crivello Actividad 6: “Escribir un relato a partir de una carta, una imagen o un pictograma”.

Octubre02

 

 

 

 

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