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El regreso de Malbor by Pedro García

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El viejo Malbor abrió la colmena de corcho, cubierto por el pesado traje de apicultor y sumergido en una nube del espeso humo gris que producían las acículas de pino al quemarse. El enjambre le saludó con un coro de zumbidos, y le ofrecieron su más preciado tesoro. Malbor tomó los panales repletos de miel y los dejó en un cubo junto al resto de la cosecha. Aquel sería un buen año para hacer hidromiel, o al menos, haría una buena cantidad.

Cuando se dio la vuelta para volver a su casa, encontró una figura demasiado familiar junto al apiario. Era Habis, su antiguo compañero de armas, vestido con la armadura de cazador de brujas. No paraba de espantar abejas como si estuviera bailando de forma extraña, así que Malbor lo invitó a entrar.

Le sirvió una gran jarra de hidromiel, que apuró con rapidez y volvió a rellenar.

—Bueno, hace tiempo que no te veo. Creía que te habrías retirado ya, hace años que no aparece ningún mago al que echar mano. ¿Todavía os mantiene el duque?

—Malbor, llevas tanto tiempo viviendo en el campo que crees que el resto del mundo es igual, pero no.

—Estoy aquí porque no había ninguna razón para continuar buscando un enemigo que ya no existía. Dime que no te has convertido en mercenario y usas esa vieja armadura como recuerdo…

—No, tranquilo, todavía no vendo mi espada por un poco de comida rancia y vino malo. Ya sé que entonces no teníamos trabajo y la cosa tenía muy mala pinta, pero todo ha cambiado.

—A ver si lo adivino, más brujos…

—Sí, como todo en este trabajo. Parece que la gente ya no se acuerda de las hogueras en las que asábamos a esos infieles, y algunos pobres idiotas han comenzado a adorar de nuevo a los dioses antiguos.

—¿Y por qué vienes a contarme esas cosas? Ya soy demasiado viejo como para importarme lo que hagan cuatro locos en la ciudad.

—Porque los nuevos cazadores son todos unos mequetrefes creídos que nunca han visto convertirse a un compañero en una bola de fuego, ni usado la fe para protegerse de la magia. Además, estarás viejo para esto, pero no tanto como para ignorar la recompensa del duque.

Habis arrojó una bolsa de monedas de oro sobre la mesa, que se desparramaron hasta las manos del apicultor. Tomó una y la miró de cerca, era oro de verdad, y de bastante pureza.

—Está bien… dame más detalles de esos desgraciados. Pero necesitaré nuevo equipo, el mío lo vendí a un herrero para que hiciera clavos. Ya no tengo ni mi arcabuz, se lo regalé a un cazador…

—Tendrás lo que necesites… a cambio de varias botellas de esto. Es genial, prométeme que no venderás la receta al duque o no volveré a probarla. Te contaré los detalles del trabajo en los cuarteles, nos veremos allí.

Su amigo se fue con un zurrón lleno de botellas, más alegre de la cuenta por culpa del alcohol, y Malbor se quedó solo de nuevo. No le apetecía nada volver a aquel horrible trabajo, pero ese dinero le vendría muy bien para comprar un equipo de destilación y empezar a hacer brandy, mucho más caro que el hidromiel.

Dejó su casa cerrada y marchó hacia la ciudad, donde no volvía desde hacía casi quince años. En todo ese tiempo había olvidado lo desagradable que era la vida urbana, pero lo recordó nada más cruzar las puertas de las murallas. Calles embarradas llenas de basura que arrojaban desde las ventanas, el apestoso olor a putrefacción que ascendía de las aguas estancadas del río, los gritos de la muchedumbre y mercaderes que anunciaban sus mercancías a toda voz. No estaba seguro si siempre había sido así o aquello era nuevo, pero no se arrepintió de haberse ido de allí.

Tras atravesar media urbe, llegó a los cuarteles de los cazadores de brujas, donde le esperaba Habis junto con diez soldados más, ninguno con más de veinticinco años. Ellos serían sus compañeros en aquella misión.

—Mirad, este es Malbor, el veterano del que os hablé. Si queréis salvar vuestros culos, pegaos a él o a mí como garrapatas. Y ahora que estamos todos, atended, no pienso repetirlo ni una vez más. Os acordaréis que hace una semana os dije que varios asesinatos de este mes tenían pinta de ser un sacrificio, ¿verdad? Pues tenía razón, se trata de una secta que vive en las catacumbas abandonadas. El duque quiere que los exterminemos, y eso haremos.

—¿Sabes a qué dioses adoran? —preguntó Malbor.

—Ni idea, puede que incluso haya varios cultos, yo que sé. Esto ya no es como antes, viejo amigo, ahora se mezclan entre ellos para ser más fuertes, habrá que estar preparado para todo. Si nadie tiene ninguna pregunta más, coged vuestras armas, saldremos enseguida.

El grupo marchó hasta que llegaron a uno de los puentes de la ciudad. Bajo su estructura, una quejumbrosa reja, vieja y oxidada, daba acceso a las viejas catacumbas, un laberinto frío y húmedo, con olor a moho. Encendieron las antorchas y las mechas de sus arcabuces y se adentraron en la oscuridad.

Tras un buen rato andando en silencio, llegaron hasta la entrada de una gran sala abovedada, donde dos jóvenes estaban inmersos en un rito prohibido.

—No hagáis ruido, los sorprenderemos. Dejadnos esto a Malbor y a mí, os demostraremos el poder de la fe.

Con sus crucifijos en la mano y cantando un salmo en voz baja, entraron, uno con la espada desenvainada, el otro con su arcabuz en ristre. Los brujos continuaron con su ritual como si nada hasta que los cazadores estuvieron a pocos metros, cuando callaron.

En un instante se dieron la vuelta, y una llama los envolvió durante un buen rato, hasta que el hechizo desapareció. El Único los había protegido de la magia, y entonces, les tocó atacar.

El disparo del arma de fuego destrozó la cabeza del primer adversario, mientras que el segundo fue atravesado como si fuera mantequilla por la espada de Habis. Fueron rápidos y precisos, pero aquel jaleo los delató. Ya no tenían el factor sorpresa a su favor, y decenas de magos empezaron a aparecer y a atacarles.

—¿Qué mierda es esto? ¡Me dijiste que era un grupo nuevo, aquí hay demasiados!

—¡No creía que fueran tantos, había calculado unos diez, veinte como mucho! ¡Y vosotros, pasmarotes, venid aquí y ayudadnos!

Los diez novatos entraron blandiendo sus alabardas y espadas y se unieron a ellos. Lucharon bien, aunque no todos tenían suficiente fe, algunos cayeron ante los encantamientos y acabaron convertidos en carbón o con las tripas desparramadas, pero vencieron.

—Bueno, ya está —dijo Habis—, se acabó esto. Ya puedes recoger tu recompensa y volver a esa choza perdida llena de abejas que tanto te gusta.

—No, no se ha acabado —dijo una voz extraña a sus espaldas.

Un torbellino inundó la habitación, apagó las antorchas y removió los restos de pergaminos que había por el suelo. Frente a ellos se encendió un círculo de velas, en cuyo centro apareció un joven vestido con túnica roja.

—Ah, bueno, supongo que serás el jefe de todos estos imbéciles. Muchachos, os lo dejo para vosotros.

Los jóvenes cazadores de brujas se abalanzaron sobre él, pero antes de que llegaran se apagaron las luces de nuevo. Cuando volvieron a encenderse los veteranos pudieron ver que lo único que quedaba de ellos era una pulpa roja esparcida por el suelo.

—¡Por el Único, esto no puede ser verdad! ¿Qué mierda eres?

—Soy un archimago hematomante, siervo de Xaphan, Yama y Zaebos. Y vosotros, su próximo sacrificio…

—No… no puede ser, hace cien años que no hay hematomantes. ¡Corre Malbor, corre!

—Oh, claro que puede ser —dijo el brujo sonriendo mientras unas figuras hechas de sombras aparecían a su lado y salían corriendo tras ellos.

La fe los protegía, pero solo hasta cierto punto. Los archimagos eran demasiado fuertes para ellos y solo un santo estaba a su altura. Corrieron a oscuras por aquellos pasillos sin saber muy bien por donde se dirigían, hasta que vieron la salida al fondo.

Malbor alcanzó la verja, seguido pero no lo haría Habis. Justo en la salida cayó de bruces, se incorporó y fue a coger la mano de su amigo cuando una zarpa horrible lo cogió del tobillo y tiró hacia el interior del pasillo. Lo último que escuchó de él fueron sus gritos mientras era arrastrado por el suelo hasta el interior de la catacumba.

Ya no podía hacer nada por él, cualquier intento de rescatarle habría sido un suicidio. Solo podía hacer una cosa, vengarle, y eso mismo haría. Se inscribió de nuevo en el cuerpo, tras tantos años de retiro. Los brujos estaban volviendo y con ellos el mal. Alguien tendría que pararlos y ese alguien sería él.

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