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En las sombras by Paulina Barbosa

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True Crime / Serie Negra / Barcelona

Hace mucho que ha anochecido, aunque en algunos rincones de Barcelona aun hay turistas recorriendo las calles. Una pequeña sombra se mueve deprisa entre callejones y avenidas poco transitadas, es tarde, ella lo sabe se ha retrasado en su hora de vuelta, pero no ha sido realmente su culpa el que le detuvieran dos gendarmes, “Mamá Gracia entenderá”, — se reconforta. Después de lo que para ella ha sido una eternidad dobla en un callejón, sus pasos le guían hasta lo que parece un edificio abandonado en pleno Barrio del Raval, se cerciora de que no haya nadie y levanta ágilmente un tablón por el que ingresa a aquel lugar corroído por el paso de tiempo.

Camina a oscuras entre vagabundos y prostitutas, de vez en cuando le alumbra la luz de un cigarro, sube un par de pisos en las entrañas de aquel sitio que en otros tiempos fue un departamento.

  • ¿Dónde te habías metido Maru? – le pregunta atemorizado un crío de siete años
  • ¿Mamaita? – la niña mira nerviosa en todas direcciones, él le señala la única habitación que aún conserva puerta

Entonces ella ingresa a aquel cuarto, donde una mujer regordeta fuma un puro de buen tamaño, alza la vista al mismo tiempo que levanta su pesado cuerpo de un sillón y se dirige a ella, le suelta una bofetada.

  • ¿Dónde? – alguien más le ha dicho
  • En la Rambla Mamaíta – la chiquilla suprime el llanto y cierra los puños
  • ¿Salvaste algo? – la mujer le mira impaciente, la niña se desfaja la playera roída y deja caer el botín: dos carteras, un reloj y un par de anillos – Buena niña, ve con tu hermano
  • Sí, Mamá Gracia – la mujer le da una palmada en la cabeza antes de salir

No hay mucho en aquel sitio, la niña va y se recuesta junto al niño en una alfombra polvosa, la única cama es de Mamá Gracia, el pequeño ha comenzado a lloriquear, lo cierto es que no son hermanos de sangre, sino de condición, de su pasado recuerdan poco pero es suficiente para reconocer que tuvieron otra vida mucho mejor.

 

Dos de la mañana. Un hombre mira fijamente una foto de una pequeña. “Desaparecida. 23/10/89. Inés 5 años y 7 meses, piel clara, cabello castaño, ojos chocolate. Vestía uniforme escolar deportivo. Cualquier información se agradecerá”, — se lee al pie de la hoja.

Suena el teléfono.

  • ¿No puedes dormir? – le dice una voz femenina del otro lado de la línea
  • Ya son 4 años, será su cumpleaños, otro que su familia pase – suspira, no termina la frase – sólo pienso que no tendrían que haber matado a la madre así, con tanta saña, sólo para quitarle a la niña.
  • Fue un caso muy extraño, sin pistas sin nada que perseguir – silencio. Tenemos un niño perdido, su familia es de Portugal, ¿sabes del nuevo hotel?
  • Voy para allá

El hotel es como otros tantos de Barcelona, hay policías afuera de la habitación 308, saluda con un movimiento de cabeza antes de ingresar, allí resuenan con más fuerza los alaridos de una mujer, el dolor de una madre por no saber de su hijo, el padre reposa la cabeza entre sus manos, se dirige a él.

  • ¿Castellano? – el hombre levanta la cabeza
  • Sí – en su rostro consternación – mi esposa es de Lisboa, entiende un poco
  • ¿Vasco? – asiente – Cuénteme que pasó
  • Comíamos, ya sabe, mi esposa fue al baño, Fer se quedó conmigo, tiene 4 años, me volteé unos instantes – se pasa la mano por la cabeza y niega
  • No se preocupe – le da una palmada en la espalda – mañana cuando este más tranquilo pase por la comisaría

Sale de la habitación tan sigilosamente como ingresó.

 

Alguien le acaricia el pelo, ella despierta, un hombre la mira, ella sabe que es malo, no es otro vagabundo, ese tipo le da escalofríos, nota que hay alguien más allí, una sombra se mece en un rincón sollozando suavemente. Hay un nuevo niño entre ellos.

  • Dile a Gracia que estoy aquí –ella mira al niño, luego finalmente se pone de pie, desaparece por unos instantes tras la puerta de la recámara y vuelve con la matrona rolliza envuelta en una bata siguiéndole los pasos, la chiquilla se adelanta y abraza al pequeño del rincón
  • ¿Qué es eso? – la mujer señala al niño
  • Necesito más espacio – alegó el hombre – No quiero seguir allá entre todos – ella le indica que guarde silencio con una mano
  • Primero tengo que ver la mercancía – a una señal la niña se aproxima llevándolo con ella, la mujer lo jalonea, le abre la boca y revisa sus dientes, palpa sus brazos y finalmente mira sus manos — Es muy chico aún pero me servirá, puedes llevar tus cosas a uno de los cuartos desocupados —El chiquillo ha guardado silencio, pero mira receloso a la mujer
  • Gracias – al salir el hombre le guiña el ojo al tercer crío que miraba la escena desde el tapete, él le saca la lengua
  • Lo único que me ha traído es problemas — murmura mientras vuelve a su cuarto, – desde que llegó al Raval sólo ha traído problemas y golpea la puerta dejando a los niños solos

El niño corre a la puerta pero la pequeña lo detiene: “No estamos solos”, susurra y él vuelve a llorar.

 

Ha amanecido, se ha quedado dormido en el sofá de su oficina. Tocan la puerta y se incorpora cuando ella entra.

  • ¿Otra vez? – se remite a entregarle un vaso con café – Ya les tomaron la declaración, también a uno de los meseros
  • ¿Por qué ostias al mesero? – se pone de pie y se dirige al escritorio
  • Dijo que antes del alboroto había corrido a un mendigo, un tío que siempre les ahuyenta a los comensales – lo ve sacando una botella de un cajón y vaciar un poco de whisky en el café
  • ¿Sigue aquí? –ella negó y se encogió de hombros, — Vale, leeré la declaración
  • Hay más –se remite a acomodar los cojines del sofá antes de tomar asiento
  • Habla María, no tengo paciencia, lo sabes
  • Dos mossos del barrio de la Rambla detuvieron a una carterista – hace una pausa y continúa, Era ella, Inés
  • ¿Dónde la tienen? –se puso de pie impaciente
  • Se escapó, no le dieron importancia hasta que vieron el retrato en la comisaría –él se deja caer de nuevo en la silla derrotado. Le ayudaron a escapar, dos adolescentes armaron alboroto. — Después de unos momentos él se pone de pie y sale sin mediar otra palabra
  • ¿Vienes? – ella le sigue muy a su pesar

 

Medio día, la Rambla está atascada de turistas, un festín para los carteristas y ladrones. Los dos inspectores toman asiento en una de tantas cafeterías.

  • ¿Por qué no pensé en esto? –le dice a su compañera, un mesero se acerca al a mesa, él saca su insignia y el mesero se aleja
  • Pensar en qué, en ser carnada de maleantes –María no está cómoda, pero le sigue el juego y mira alerta a su alrededor
  • Era lógico, Inés seguía entre nosotros –enciende un cigarro
  • Estás obsesionado Iñaqui, veremos si da resultado o saldremos mal parados con Zaragoza –le hace una seña al mesero, esté se acerca con un cenicero

Después de un rato aparece entre la multitud una niña sola, aunque por la facha bien podría pasar por niño, se mueve rápido entre el gentío y es casi imperceptible a menos de que se le esté buscando. Iñaqui reacciona inmediatamente, se pone de pie y acelera el paso, María le sigue.

La chiquilla se acerca a un quiosco y con ojos llorosos suelta al dependiente: “me quieren llevar” —señala a Iñaqui a lo lejos, el alboroto no tarda en armarse y ella se esfuma entre la gente, aliviada de haber salvado el pellejo.

  • ¡La madre que me parió! – el Inspector grita mientras lo sostienen dos mossos
  • Señor tendrá que venir con nosotros –le repiten. María llega en ese instante
  • Viene conmigo – les dice mostrando su insignia
  • Inspector – lo sueltan, Iñaqui se golpea la cabeza
  • Tan cerca – María se le acerca y le sostiene, él se quita
  • Ya se enterará su superior de lo que habéis hechos ustedes dos –los amenaza mientras se aleja, la gente ha comenzado a dispersarse

La niña observa la escena escondida detrás de un coche. Tiene dudas, pero Mamá Gracia ha sido tan buena con ella, le ha cuidado desde… no recuerda. Luego piensa en el niño nuevo, que no hablaba castellano, ni catalán, en Pepe, su hermano. Sabe lo que puede pasar si pierde el botín, si no regresa al Raval, donde ella vio niños ir y venir. Sus pies se mueven, camina despacio e insegura.

“¿Y si no son malos?”, recuerda la frase de su hermano de la otra noche.

 

 

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