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Libertad by Mel Gómez

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Hallábase Ulises, el pavito real, caminando con su rabo desplegado, listo para enamorar a las mejores hembras que estaban en el corral. Los vistosos colores de sus plumas —azul y verde brillante—se levantaban majestuosos ante la mirada curiosa de las pavitas más jóvenes que nunca se habían apareado. Triste destino para ellas, pues una vez cayeran en las redes del orgulloso pájaro, tendrían que afrontar la difícil tarea de construir su propio nido y una vez nacidos sus polluelos, ocuparse de alimentarlos y cuidarlos sin la ayuda del padre. Las jóvenes sabían que Ulises tenía un harén, pero poco conocían del sufrimiento de compartir al macho.

Ulises era joven y brioso. Le habían contado que selva era un buen lugar para vivir. Los árboles más altos y frondosos proporcionaban protección y un lugar seguro desde dónde avistar a los réptiles y anfibios. En el corral, no había mucho que le estimulase, excepto la espera a que una de las pavitas decidiera dar el primer paso y escogerlo. Sentía que su extraordinaria belleza no conjugaba con el insípido chiquero en el que se encontraba y su corazón anhelaba hazañas para contarle a sus amigos.

Ya cansado de caminar con su cola magnífica extendida y de la indecisión de las hembras, se fue a un arbusto para prepararse para la noche. En eso su amigo Augusto, el colibrí zumbador, se le acercó molesto.

—Hoy me la he pasado danzándole a las hembras y no he tenido éxito. ¡Qué no sé qué ha pasado! A veces me dan ganas de irme a otro sitio. He visto más allá de las montañas un lugar precioso, una selva de árboles gigantes y tupidos, donde hay muchas flores y manantiales.

—¿Será esa la selva de la que el viejo Tomás me ha hablado? Él me contó que lo trajeron de ese lugar, donde no hace ni frío ni calor y los animales viven en paz y armonía.

—No lo sé —contestó Augusto—. Pero el viejo Tomás muchas veces chocheaba o se inventaba cosas. De todos modos, nosotros no somos tan mayores para saber si lo que decía era o no verdad —se quedó un rato pensativo—. Vamos a chupar un rato de las flores que siempre están dispuestas para mí —dijo con la despreocupación natural que tienen los jóvenes.

Así fueron los dos amigos buscando uno el néctar de las flores y el otro los pétalos. Cuando estuvieron ambos embriagados se miraron riendo.

—¿No te apetece algo de aventura? —preguntó Ulises—. Me gustaría llegar a ese lugar que me cuentas.

—¿No será peligroso?

—Eres un ave muy rápida y yo puedo comer hasta reptiles y subir a los árboles.

—¿Pero por qué tanto interés ahora? ¿No te tratan bien en el corral?

—Me dan comida, es cierto, pero no tengo libertad.

Augusto pudo entender la necesidad de su amigo. Él era libre e iba a dónde le placía. Alguna vez un humano trató de tenderle una trampa con la intención de encerrarlo en una jaula, pero él fue más rápido y astuto y pudo escapar. Solo pensar que lo hubiera conseguido le daba escalofríos.

Le preocupaba que Ulises no volaba largas distancias, ni tan alto como él. Habría que hacer el viaje despacio, pero le hacía ilusión la aventura y sobre todo que su amigo consiguiera la libertad anhelada. Nada empacaron de aquel lugar. Estaban seguros que por el camino conseguirían todo lo necesario para vivir. Ulises se despidió de sus amigos del corral: del gallo cantador, del pato, del faisán, la codorniz y del avestruz.

Emprendieron su camino al alba, con un dejo de melancolía y un poquito de miedo. Ulises nunca había conocido nada que no fuera el corral, allí había nacido. Su padre le había contado historias de cuando era libre, por eso soñaba con serlo.

A la madre nunca le había parecido bien que lo incitara con esas historias, pues nada era más seguro que el corral y en él Ulises era un príncipe de plumas preciosas.

Decidieron ir por las cercanías del río, allí había muchas flores, insectos y anfibios para alimentarse. Ulises daba saltos largos a los que llamaba volar y Augusto reía viéndolo hacer el ridículo. Claro, no se mofaba porque era muy buen amigo y volaba despacio para que el otro le alcanzara. Cuando llegó la noche del primer día, Ulises buscó un árbol donde treparse para dormir. Augusto se quedó cerca, pendiente de que no viniera ningún predador que pudiera hacerles daño.

El viaje era pesado, sobre todo en lugares donde hacía calor extremo, pero ambos amigos estaban determinados a llegar sin importar los obstáculos. Una tarde estando en la orilla del río, Augusto vio un gato que se acercaba sin que Ulises lo hubiera notado. Él también tenía miedo del animal pues sabía que de un zarpazo podía atraparlo para su cena. Sin embargo, haciéndose de todo el valor posible, se le tiró encima y con su afilado pico le hizo explotar los ojos. Al verse ciego, el gato huyó maullando histérico tan rápido que solo podía verse su celaje.

—Gracias, amigo —dijo Ulises cuando se dio cuenta de lo que pasaba. Ahora, más que nunca apreciaba a su compañero, que había arriesgado su propia vida por él —. Te debo una.

Continuaron su camino durante el día y en las noches se escondían para no ser víctima de los depredadores. Augusto tenía una mejor visión de lo que ocurría en la tierra y del camino que les faltaba por recorrer. Luego de la experiencia del gato fueron más cuidadosos, no se quedaban mucho tiempo a la orilla del río porque era más fácil que los divisaran. Aun así, una serpiente intentó comerse al colibrí, pero Ulises intervino a tiempo y no solo lo rescató, sino que se la almorzó. Todavía sentía en sus entrañas los movimientos desesperados del reptil intentando salir de su estómago. Augusto veía como la cabeza de deslumbrantes escamas de color naranja y negras salía y entraba de la boca de su amigo quien volvía a tragarla hasta que la culebra se cansó. Luego Ulises eructó satisfecho.

Había pasado una semana cuando divisaron los primeros árboles gigantes. Se dieron cuenta de que el río había cambiado de colores semejantes a los del arcoíris. El agua era más dulce que lo normal y los peces saltaban alegres al verles llegar. Según fueron adentrándose en la selva sintieron que el viento era suave y traía un olor abeto. Augusto intentaba volar más alto, pero no podía llegar al tope de los pinos. Ulises se quedó maravillado por el verdor que nunca antes había visto, en el corral no habían árboles así. Miraba alrededor buscando el lugar en el que iba a descansar y pronto se dio cuenta de que no podía alcanzar ninguna de las ramas porque estaban muy altas.

Llegaron a un claro en medio de la espesura en donde había flores de múltiples colores, algunos jamás imaginados ni siquiera por la paleta del más talentoso artista. Augusto se lanzó a disfrutar del dulce néctar tan almibarado que parecía miel. Con tristeza se dio cuenta de que estaba tan espeso que su pico se tapaba y tenía que ir al río para tomar agua. Ulises quiso probar los pétalos de una flor de un color bermellón fascinante, pero eran tan duros que apenas podía tragarlos.

Tan entretenido estaba Ulises tratando de probar las flores que casi no escuchó el rugir de un tigre que estaba a sus espaldas. Cuando giró, pudo verse reflejado en los ojos amarillos del animal rayado. Saltó y voló algunos metros, lo que hizo que el tigre se riera de él. Parecía tan fácil la presa. El tigre intentó agarrarlo y de nuevo el pavito real le brincó por encima. Así estuvieron un rato y el animal ya estaba rabioso. Decidido a no dejar escapar su cena el tigre dio un gran salto, solo se oía a Ulises glugluteando desesperado, cuando se escuchó un disparo. En ese momento todo se detuvo.

Augusto pudo ver al tigre tirado, sangrando, respirando forzosamente. El cazador se le acercó y de una patada le fracturó el cuello. Miró a Ulises y corrió tras él atrapándolo fácilmente. Lo amarró de las patas y a una rama que cargaba sobre su hombro. Todo estaba perdido.

—¡Augusto, Augusto! —gritaba el pavo sollozando.

—Esta vez no puedo salvarte amigo. El hombre es el peor de todas las bestias, destruye la naturaleza. Aún con tu plumaje hermoso no vas a poder evitar que acabe contigo.

Cuando llegó a la vivienda el hombre llamó a su mujer quien cuando vio las plumas de Ulises las arrancó una a una para adornar sus cabellos, hacer aretes y ponerlas en sus floreros. Cuánto echaba de menos el pavito su corral y lucir su cola de colores brillantes, orgulloso. Ahora estaría dispuesto hasta de hacer un compromiso con una sola hembra, hacerle el nido y ayudarla a cuidar de los críos, pero era tarde.

A las cinco de la tarde la mujer puso la olla con agua a hervir. Salió al patio en donde Ulises estaba amarrado, lo desató y agarrándolo por el cuelo le dio varias vueltas desnucándolo. Lo destripo y despedazó ante la triste mirada de Augusto, quien decidió regresar a casa. Se dio cuenta de que las flores de su jardín eran más hermosas. La libertad muchas veces es sentirse seguro.

Dos horas más tarde el cazador y su mujer cenaban a Ulises mientras el colibrí iniciaba su viaje de regreso.

 

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