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Chau papá, chau mamá. By Diana González

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Llegó a la puerta y jaló el picaporte con el ceño fruncido. Quería salir, irse, su instinto de conservación la instaba a guardar tanta piedad como silencio. A punto estuvo de darse vuelta y decirles que si iban a guardar tan mal un secreto  se hubieran planteado la posibilidad de contarle todo cuando era una niña. Ahora con treinta y seis años y tres hijos en el carro ya no quería más aclaraciones, sobre todo si eran para salvaguardar las culpas que les roían y de las que ella no pensaba hacerse cargo. No les iba a allanar el camino queriendo saber. Demasiado le había costado llegar hasta allí, buscando explicaciones.

Se giró, su madre mantenía esa cara de ofensa que le era tan propia y usaba a diario. Él, el hombre que más amaba sobre la tierra, el que la había criado, de quien llevaba su apellido con la misma sobriedad de siempre, la miraba y la saludo cuando solo se despidió alzando la mano.

— Chau papá, chau mamá.

Solo se escucho la voz de él.

— Chau hija.

Afuera, en el auto, como siempre la espera Carlos.

—¿Y?

—Nada.¿Sabes? Lo prefiero así. Querían que les contara si alguna vez alguien me  “dijo alguna barbaridad”.

—¿Cómo?

—Sí, indagaron mal, si alguna vez alguien me había contado algo que ellos no supieran. Especialmente la familia de Pascual.

—Y qué les dijiste.

—Que no.

De pronto largó una carcajada entre divertida y nerviosa.

—¿Qué?

—Que estaba mi mamá argumentando y mi viejo como de costumbre con su despiste va y me aclara que él no tiene ninguna duda.

—De qué.

—No sé, dijo hasta ahí. Mamá argumentaba por su reputación.

Y al decir esto se puso a llorar, intensamente, en silencio. Él la miró, detuvo el auto y la abrazó.  Entonces se abrieron sus treinta y seis años de dudas y comenzaron a sucederse sus palabras  sin pausa como tantas veces, las había recuperado de su memoria, nada más que esta vez salían a la luz. Entredichos, voces bajas, silencios. Esos comentarios ambiguos que tuvo que presenciar desde su más tierna infancia.

—Sabés, cuando era chica, me miraba las manos, el pelo, el cuerpo y buscaba parecidos entre mis tíos, mis primos.

Y volvió a llorar.

Y volvió a recordar en voz alta.

La vez que aquella mujer que decía conocerla le contaba cosas de un pasado que ella desconocía. De una desgracia sucedida a Cholita en su juventud. Y luego el bochorno de su madre a los gritos tironeando de su brazo flaco, apenas adolescente, mostrando partidas de casamiento, hablando de fechas. Su madre, siempre tan atenta al qué dirán. Tan censuradora de las conductas ajenas, tan de llamarla puta.

La vez que el hijo mayor de Pascual le dijo que la amaba, eran dos niños de poquísimos años y aquella puesta en escena frente a Pascual al día siguiente. Y la voz de Cholita exasperada, diciendo sin importarle si la escuchaba.

—No pueden Pascual. Te das cuenta, ellos no pueden.

Y lloraba, otra vez tenía la cara empapada, otra vez ese dolor a mitad del pecho. Preguntándose por qué, si ya lo sabía, si ya lo había pasado y repasado veinte mil veces

por la cabeza, por qué.

 

Y entonces la memoria, las veces que siendo niña la dejaban todo el día en la casa de Pascual, sobre todo cuando venía su madre. Y como aquella mujer de cabellos blancos la sacaba a pasear y le hablaba de muchas cosas, acariciaba su cabello, le hacía regalos.

Y todas las veces que Cholita no le contaba a su padre que las había visitado Pascual.

Ni aquel día que al enterarse de su miopía Pascual, casi alborozado dijo que los anteojos se los regalaba él, que él sabía. Y sabía, porque a diferencia de sus padres, Pascual era miope.

Ni aquel silencio de su padre, de tantas veces, de tanto tiempo.

Miró a Carlos con sus ojos nublados y con verdadera angustia entre sollozos y remedos de desafortunadas risas le preguntó

—¿Por qué?

—Porque no lo pudieron hacer mejor. No supieron.

—No. Por qué, si ya lo sabía, me duele tanto. No es una sorpresa, es una confirmación, nada más.

Carlos volvió a abrazarla. Era su apoyo, su solidez. No censuraba, no condenaba, no renunciaba. Sus brazos eran el cobijo que alisaba sus dudas. Esas dudas que todos tenemos ante la necesidad de ser queridos.

Siempre hablaban del tema como de una tragicomedia, siempre a caballo del llanto y la risa. Porque la risa es un recurso para el dolor.

—Tendría que sentirme dichosa.

—Si. Te pareces a Da Vinci y a Jesús.

—Me quieren los tres.

Aquella noche, al apoyarla sobre la almohada,  sintió que la cabeza le pesaba. Entonces los chicos vinieron a darle las buenas noches y de paso, como todos los días a ver una peli, y ella como todos los días,  los dejó hacer.

Volvieron a pasar por su cabeza todos los acontecimientos más o menos amargos que le habían tocado en suerte, volvió a tamizar el sentimiento de rabia porque se habían quedado con parte de su historia, después de todo era su vida y no se habían tomado la molestia de contarla.

Me prestaron una familia, me inventaron una historia, pero no me lo dijeron, no me dejaron participar, quizá sea eso lo que me duele, se dijo a punto de ser vencida por el sueño entre los abrazos de sus hijos.

Al día siguiente los chicos y Carlos fueron al super, ella se quedó rumiando la angustia que sabía debía dejar a un costado. Sonó el timbre. Era su viejo.

—Hola papá.

Dijo mientras le daba un beso. Él entró con su manera pausada. Dejó su gorra sobre la mesilla a la entrada  y con aquella su voz tranquila le dijo mientras entraban a la cocina.

—Está fresco. Vine a tomar unos mates.

—Genial pá. Hacelos vos que mientras aprovecho y le remiendo este pantalón al chiquito. Yo no sé qué hace este nene para romper todo.

Dijo acomodando el costurero a un costado, apoyando un parche sobre la rodilla de un pantalón pequeño.

—Y, eso, ser un nene chico.

Ahí su viejo, ese hombre sabio, de pocas palabras, las justas. Ese con el que se podía hablar de todo. Se lo quedó mirando, lo vió buscar la yerba, calentar el agua, encontrar la bombilla, cortar una cascarita de limón y ponerlas dentro del mate. Para, finalmente con mate y pava en mano acercarse a la mesa.

Como era inevitable no hacer silencio, como si fuera un hecho casual y cotidiano, como pensando en voz alta lo dejó caer

— Mirá que armar semejantes planteos porque  el otro día en la fiesta dije que la menor de Pascual está igualita a mí cuando  tenía su edad.

Entonces César alzó la vista y la miró directo a los ojos, como había hecho siempre. Como le había enseñado, a mirar de frente y hacerse cargo de la realidad que tocaba, y le dijo lo que venía a decir.

—Yo no tengo ninguna duda.

Lo miró también de frente, sintió que el abismo se abriría bajo sus pies, contuvo el vértigo. Cesar hizo una pausa de apenas unos segundos, cebó el mate se lo dió y agregó con sus ojos solo atentos a sus pupilas

—De que yo soy tu papá.

Entonces de la misma manera ella agregó

—Tampoco tengo yo ninguna duda de que soy tu hija.

Lo que había que decir, ya estaba dicho.

Sorbió aquel trago caliente amargo y con gusto a vivificante limón.

Y siguió Cesar cebando el mate y ella remendando roturas no tan viejas.

 

 

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